Señor Dame Paciencia

Capítulo 3 - El Contrato Que Nadie Quería Firmar

Bruno Salcedo no perdió el tiempo. Apenas confirmó que Violet estaba ilesa —físicamente, al menos—, sacó su teléfono y empezó a hacer llamadas con la eficiencia de un hombre acostumbrado a apagar incendios ajenos, mientras caminaba en círculos pequeños alrededor de la reja destruida como si la geometría del terreno pudiera darle alguna respuesta que la situación en sí no le ofrecía.

—Sí, señora Siller, está bien, físicamente está perfecta —decía por teléfono, con una calma que a Joshua le pareció casi heroica, considerando el desastre que tenía enfrente—. No, todavía no hemos hablado de la parte legal. Sí, hay daños materiales. No, no es su auto lo único dañado... hay también una reja.

Colgó, se pasó una mano por el rostro y se giró hacia Joshua y Mateo con la expresión de quien acaba de decidir que el día no puede empeorar, aunque sabe, en el fondo, que probablemente sí lo hará. Guardó el maletín bajo el brazo y avanzó unos pasos hacia el interior de la oficina, echando un vistazo rápido a su alrededor con la mirada evaluadora de alguien acostumbrado a calcular en segundos si un lugar es lo bastante seguro, lo bastante discreto, lo bastante lejos de cualquier lente de cámara.

—Bonito lugar —comentó, casi como un cumplido automático, sin verdadero interés—. Tranquilo. Aislado. Exactamente lo que necesitamos.

—Este es un negocio, no un refugio —aclaró Joshua, aunque una parte de él ya empezaba a sospechar, con creciente incomodidad, hacia dónde se dirigía la conversación.

—Puede ser ambas cosas por un par de semanas —respondió Bruno, sin perder el ritmo, sacando ya su teléfono de nuevo para revisar una lista de contactos, como si estuviera acostumbrado a que la gente aceptara sus propuestas antes de que él terminara de explicarlas del todo.

—Necesito que alguien la vigile —le dijo a Joshua, sin preámbulos, mientras Violet se entretenía examinando las plantas de la oficina como si fueran lo más interesante del pueblo, ajena por completo a la conversación que decidía su futuro inmediato. Había tomado una de las suculentas entre las manos y la giraba lentamente, observando cada hoja con una curiosidad casi infantil, como si aquel objeto diminuto y perfectamente cuidado representara un mundo completamente distinto al que ella conocía—. Discretamente. Hasta que el escándalo en la capital se enfríe.

—Yo dirijo una empresa de seguridad, no una guardería —respondió Joshua, cruzándose de brazos, en un gesto que empezaba a convertirse en su postura oficial frente a cualquier cosa relacionada con Violet Siller.

—Le pagaremos el triple de su tarifa habitual.

—No es un tema de dinero.

—El cuádruple.

—Tampoco es un tema de escuchar la palabra "cuádruple" repetidas veces.

Bruno suspiró, guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se frotó los ojos con los dedos índice y pulgar, en un gesto que sugería años de práctica lidiando exactamente con este tipo de negociaciones imposibles.

—Mire, señor...

—Pazcal. Joshua Pazcal.

—Señor Pazcal, entiendo perfectamente su reticencia. Yo mismo llevo cinco años tratando de convencer a esta familia de que contrate seguridad permanente para Violet, y cada vez que lo sugiero me miran como si hubiera propuesto encerrarla en una torre. Pero la situación actual es distinta. Hay fotógrafos, hay periodistas, hay gente dispuesta a pagar sumas obscenas por una sola foto comprometedora de la heredera Siller escondida en algún rincón del país. Necesitamos que alguien confiable la mantenga fuera de problemas mientras resolvemos el tema legal en la capital.

—Y por "mantenerla fuera de problemas" se refiere a...

—A todo. Literalmente a todo. Que no maneje sola. Que no hable con desconocidos que puedan resultar periodistas. Que no publique nada en redes sociales sin revisión previa. Que, preferiblemente, no destruya más propiedad ajena.

Joshua abrió la boca para negarse otra vez, con el argumento ya perfectamente estructurado en su cabeza sobre por qué aquello era, en todos los sentidos posibles, una pésima idea, pero Mateo, que escuchaba la conversación con el entusiasmo de quien ve una serie de televisión en vivo, se adelantó antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.

—Aceptamos.

—Mateo.

—Hermano, mira la reja. Mira el auto. Mira tu presión arterial subiendo en tiempo real. Esta mujer necesita supervisión profesional y nosotros necesitamos ese dinero para arreglar la entrada que ella destruyó. Es simple economía. Además —agregó, bajando la voz, aunque no lo suficiente como para que Violet no lo escuchara—, hace mucho que no pasa nada interesante en esta oficina. Y por interesante me refiero a algo que no sea papeleo de vigilancia nocturna para bodegas vacías.

Joshua fulminó a su hermano con la mirada, pero no pudo rebatir del todo la lógica, por mucho que le disgustara admitirlo. La reja no se iba a reparar sola, y la aseguradora de Violet —según Bruno explicó con evidente vergüenza, revisando unos documentos en su maletín— tenía "algunas complicaciones" que retrasarían el pago, complicaciones que sospechosamente coincidían con el mismo escándalo mediático que los había llevado hasta ahí.

—Solo será por un tiempo corto —agregó Bruno, con el tono de alguien que ya ha usado esa frase demasiadas veces y sabe, con total certeza, que rara vez resulta cierta—. Dos semanas, tal vez tres. Lo suficiente para resolver el tema legal en la ciudad y que el interés de la prensa se enfríe con alguna otra noticia.

Violet, que hasta ese momento parecía absorta con una planta suculenta que sostenía entre las manos como si evaluara comprarla, se giró de golpe, dejando la maceta sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria.

—Un momento. ¿Quién dijo que yo necesito niñero?

—Todos, Violet —respondió Bruno, sin dudar, con la paciencia agotada de alguien que ha repetido el mismo argumento durante semanas—. Todos dijimos eso. Su madre lo dijo, su hermana lo dijo, yo lo dije hace tres semanas cuando le sugerí, con toda la delicadeza posible, que quizás debería tomarse un tiempo lejos de las cámaras, y usted decidió chocar un auto en lugar de escucharme.




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