Señor Dame Paciencia

Capítulo 4 - Reglas De Convivencia

La grúa se llevó el auto rojo poco después del mediodía, arrastrando tras de sí lo que quedaba del orgullo automovilístico de Violet y, con él, cualquier posibilidad de que Joshua recuperara su tranquilidad en el corto plazo. La reja, por su parte, quedó apoyada contra la pared como un monumento provisional al caos, esperando a que alguien —probablemente Mateo, con evidente entusiasmo— se encargara de conseguir una nueva.

Bruno se marchó poco después de que el contrato estuviera firmado, no sin antes entregarle a Joshua una carpeta con instrucciones detalladas, números de contacto de emergencia y una lista de "cosas que Violet definitivamente va a intentar hacer y que usted debe impedir a toda costa", que incluía, entre otros puntos, escaparse sin avisar, hablar con periodistas, publicar fotos en redes sociales con ubicación activada, y —subrayado dos veces— "aceptar invitaciones de desconocidos que parezcan demasiado simpáticos".

—Esto parece el manual de instrucciones de una bomba —comentó Joshua, hojeando la carpeta con creciente desánimo.

—Es más o menos lo mismo —respondió Bruno, ya con un pie fuera de la puerta—. Cualquier duda, me llama. Cualquier emergencia real, me llama primero a mí, después a la policía, y solo después, si de verdad no queda otra opción, a la familia.

—¿Por qué en ese orden?

—Porque la familia entra en pánico más rápido que la policía, y el pánico de los Siller es considerablemente más caro de manejar.

Con esa frase, subió a su auto y se marchó, dejando tras de sí una nube de polvo, un contrato recién firmado, y a Violet Siller de pie en medio de la oficina de Pazcal Seguridad Privada, observando su nuevo entorno con la expresión de alguien que acaba de descubrir que va a pasar las próximas semanas en un país extranjero cuyo idioma desconoce por completo.

—Bien —dijo Joshua, cerrando la carpeta con un chasquido seco—, empecemos con lo básico. Va a quedarse en la habitación de huéspedes de mi casa, que está a dos calles de aquí. No en un hotel, porque un hotel tiene demasiadas entradas, demasiado personal y demasiadas oportunidades para que alguien la reconozca.

—¿Voy a vivir con usted? —preguntó Violet, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión que a Joshua no le gustó nada.

—Va a vivir cerca de mí, bajo supervisión, hasta que el asunto legal se resuelva. No es lo mismo.

—Suena exactamente igual.

—No lo es.

—Va a ser divertidísimo explicarle esto a mi hermana.

—Su hermana no tiene por qué enterarse de los detalles.

—Mi hermana se entera de todo. Es como si tuviera un sexto sentido específicamente diseñado para descubrir todo lo que hago que ella no aprobaría.

Joshua decidió, en ese momento, que la mejor estrategia era ignorar ese comentario y avanzar directamente hacia el tema que más le preocupaba: establecer reglas claras, específicas, y —esperaba, aunque con escaso optimismo— innegociables.

—Vamos a necesitar reglas —anunció, sacando una libreta del cajón superior de su escritorio, la misma que usaba para anotar procedimientos de seguridad y horarios de turnos—. Reglas claras, para que ambos sepamos exactamente qué esperar.

—Me encantan las reglas —dijo Violet, con un tono que sugería exactamente lo contrario—. Sobre todo las que puedo romper.

—Regla número uno —continuó Joshua, ignorando el comentario y anotando con letra pulcra en la libreta—: nada de salir sola, bajo ninguna circunstancia, sin avisarme primero.

—¿Ni siquiera para comprar café?

—Ni siquiera para comprar café. Yo la acompaño, o la acompaña Mateo.

—Eso suena a arresto domiciliario con beneficios.

—Regla número dos: nada de hablar con desconocidos sobre su verdadera identidad. Si alguien pregunta, es una prima lejana que viene de visita.

—¿Prima de quién?

—Mía. O de Mateo. Todavía no lo hemos decidido.

—Prefiero ser prima de Mateo. Parece más divertido.

—Regla número tres —siguió Joshua, sin darle importancia a la elección de parentesco ficticio—: nada de redes sociales con ubicación activada. De hecho, preferiría que evitara publicar cualquier cosa mientras esté aquí.

Violet se llevó una mano al pecho, con expresión escandalizada, en un gesto tan teatral que resultaba casi imposible determinar cuánto de sinceridad genuina había detrás.

—¿Me está pidiendo que renuncie a mis redes sociales? Eso es una violación a mis derechos humanos básicos.

—Es una medida de seguridad, no una violación de derechos.

—Para mí es lo mismo. Mi vida entera está documentada ahí. Es prácticamente mi diario personal, solo que con mejor iluminación.

—Su diario personal puede esperar dos semanas.

—Va a ser la tortura más elegante que he sufrido en mi vida.

Joshua cerró la libreta con las tres reglas escritas, satisfecho, al menos momentáneamente, con la claridad de los términos. No tenía forma de saber que, en menos de tres horas, Violet ya habría encontrado la manera de infringir las tres al mismo tiempo.

Todo empezó cuando, mientras Joshua terminaba unos pendientes administrativos en la oficina, Violet decidió que la sala de espera necesitaba "un poco de personalidad" y, sin pedir permiso, reorganizó por completo los muebles, movió las plantas simétricamente medidas de Joshua a posiciones que a ella le parecían "más armoniosas", y colgó, sin previo aviso, un cuadro que había encontrado en el almacén trasero y que, según su criterio artístico, "necesitaba mejor iluminación natural".

—¿Qué le pasó a mi oficina? —preguntó Joshua, saliendo de su despacho y deteniéndose en seco al ver el cambio radical.

—La mejoré —respondió Violet, con las manos en las caderas, contemplando su obra con orgullo—. Antes parecía una sala de espera de dentista. Ahora parece un lugar donde alguien podría querer pasar tiempo.

—Yo quería pasar tiempo aquí. Antes de que la reorganizara.

—Eso solo demuestra lo bajo que tenía sus estándares.




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