Señor Dame Paciencia

Capítulo 5 - Clara Mendoza y El Primer Café

A la mañana siguiente, Joshua descubrió que supervisar a Violet Siller implicaba, entre otras cosas, negociar cada actividad cotidiana como si fuera una operación de seguridad de alto riesgo. El simple acto de desayunar se convirtió en un debate de veinte minutos sobre si ella podía o no salir a comprar café "de verdad", en lugar de conformarse con el que Joshua preparaba en casa, que ella había descrito, la noche anterior, como "correcto pero emocionalmente vacío".

—No entiendo qué tiene de malo mi café —dijo Joshua, sirviendo dos tazas con la precisión de siempre, midiendo la cantidad exacta de agua y granos como si estuviera realizando un experimento científico.

—No tiene nada de malo. Es solo... funcional. Como todo en su vida.

—La funcionalidad no es un defecto.

—Nunca dije que lo fuera. Solo digo que a veces la vida necesita algo más que funcionar. Necesita, no sé, tener personalidad.

—Mi café tiene personalidad.

—Su café tiene la personalidad de una hoja de cálculo.

Fue así como, después de una negociación que incluyó promesas de discreción absoluta, un sombrero prestado con ala lo suficientemente ancha como para ocultar su rostro, y gafas de sol que Violet consideraba "innecesariamente dramáticas" pero que Joshua insistió eran obligatorias, terminaron caminando juntos las dos calles que separaban la casa de Joshua de la cafetería más cercana: un pequeño local de fachada azul llamado "Café Mendoza", regentado por una mujer de cincuenta años, sonrisa fácil y una energía maternal que se sentía desde la puerta.

—¡Joshua! —exclamó Clara Mendoza en cuanto los vio entrar, secándose las manos en el delantal antes de rodear el mostrador—. Qué milagro verte por aquí a media mañana. ¿No deberías estar organizando algo en este momento?

—Buenos días, Clara. Traje compañía.

Clara se giró hacia Violet, evaluándola con la misma mirada cálida y curiosa que probablemente había perfeccionado durante décadas de conocer a todos los habitantes del pueblo, y algunas visitas ocasionales que no encajaban del todo en el paisaje habitual.

—¿Y quién es esta señorita tan misteriosa con sombrero de espía?

—Es mi prima —respondió Joshua, con la rapidez de quien ha ensayado la mentira, aunque con la torpeza evidente de quien nunca ha tenido que mentir con frecuencia—. Está de visita.

—¿Prima de qué lado?

—Del lado... lejano.

—Muy lejano —agregó Violet, quitándose las gafas de sol con un gesto teatral, como si estuviera revelando una identidad secreta en una película de espías—. Tan lejano que ni siquiera compartimos apellido.

Clara arqueó una ceja, con la expresión divertida de alguien que ha escuchado suficientes mentiras a lo largo de los años como para reconocer una a kilómetros de distancia, pero que decidió, generosamente, no presionar el tema.

—Bueno, prima lejana, bienvenida a mi cafetería. ¿Qué se le antoja?

—Algo fuerte, algo dulce, y algo que definitivamente no sea lo que Joshua prepara en su cocina.

—Ah, entonces necesitas mi especialidad —dijo Clara, con una sonrisa cómplice, dirigiéndose ya hacia la máquina de café con movimientos ágiles y seguros, producto de años de práctica—. Un café de olla con canela y un toque de piloncillo. Joshua nunca lo pide porque dice que "tiene demasiados ingredientes para ser café", pero es lo mejor que vas a probar en cien kilómetros a la redonda.

—Suena perfecto.

Mientras Clara preparaba la bebida, Violet se paseó por el pequeño local, observando con genuino interés las fotografías enmarcadas en las paredes —imágenes antiguas del pueblo, retratos familiares, recortes de periódico amarillentos sobre eventos locales— y las mesas de madera desgastada que, a diferencia de la geometría perfecta de la casa de Joshua, tenían el encanto irregular de haber sido usadas, amadas, vividas durante años.

—Este lugar tiene alma —comentó, casi para sí misma.

—Lleva treinta años en la familia —respondió Clara, sin perder detalle de la conversación mientras trabajaba—. Mi madre lo abrió, yo lo heredé, y algún día, si mis hijos no deciden mudarse todos a la capital como amenazan constantemente, alguno de ellos lo heredará también.

—¿Y usted nunca quiso irse? ¿Probar algo distinto, en otro lugar?

Clara se detuvo un momento, pensativa, sirviendo el café en una taza de cerámica pintada a mano.

—Lo pensé, hace mucho tiempo. Pero después entendí que no todo el mundo necesita ver el mundo entero para sentir que ha vivido plenamente. Algunos encontramos todo lo que necesitamos en un pedazo pequeño de tierra, si sabemos cuidarlo bien.

La respuesta pareció afectar a Violet más de lo que ella misma esperaba, porque durante varios segundos se quedó en silencio, con la mirada perdida en algún punto indefinido de la pared, antes de recuperar su sonrisa habitual y aceptar la taza que Clara le extendía.

—Bueno, espero que este café valga la pena entonces.

—Pruébalo y me dices.

Violet dio un sorbo cuidadoso, y su expresión cambió de inmediato: los ojos se le abrieron ligeramente, las cejas se elevaron con genuina sorpresa, y una sonrisa auténtica, sin rastro de sarcasmo, se dibujó en su rostro por primera vez desde que Joshua la conocía.

—Esto es... increíble. Esto es, sin exagerar, el mejor café que he probado en mi vida, y he probado café en media Europa.

—Te lo dije —respondió Clara, con orgullo evidente, cruzando una mirada divertida con Joshua, que observaba la escena apoyado contra el mostrador con los brazos cruzados.

—Deberías abrir una sucursal en la capital. Te haría millonaria.

—No quiero ser millonaria. Quiero que la gente entre por esa puerta sintiéndose como en casa. El dinero es agradable, pero no es lo que me levanta cada mañana a las cinco.

—¿Y qué la levanta?

—El olor del café recién hecho y saber que alguien, en algún momento del día, va a necesitar un lugar tranquilo donde sentarse un rato. A veces eso es más importante que cualquier cosa.




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