Señor Dame Paciencia

Capítulo 6 - El Cómplice Del Caos

Si había una persona en todo el pueblo genuinamente feliz con la llegada de Violet Siller, esa persona era, sin lugar a dudas, Mateo Pazcal. Desde el primer día, había adoptado una actitud que Joshua describiría, con creciente exasperación, como "fomento activo del desastre", y que Mateo prefería llamar, con orgullo, "apoyo moral a la causa del caos".

-Tienes que dejarla hacer más cosas -le dijo a su hermano, la tercera mañana de la estadía de Violet, mientras ambos preparaban el reporte semanal de seguridad para uno de sus clientes corporativos-. La tienes encerrada como si fuera una prisionera de guerra.

-No está encerrada. Tiene límites razonables por su propia seguridad.

-Tiene límites diseñados por un hombre que considera "aventura" cambiar el orden de sus horarios de comida.

-Eso no es cierto.

-La semana pasada llamaste a esto "aventura" -dijo Mateo, señalando la pantalla de la computadora donde tenían abierto el calendario de la empresa-. Moviste tu hora de almuerzo quince minutos y lo escribiste en tu agenda personal como "cambio significativo de rutina".

Joshua no tuvo una respuesta inmediata para eso, principalmente porque era, dolorosamente, cierto.

La oportunidad perfecta para que Mateo pusiera en práctica su filosofía de "más caos, menos reglas" llegó esa misma tarde, cuando Joshua tuvo que ausentarse un par de horas para supervisar personalmente la inspección de rutina en el puerto, dejando a Violet, muy a su pesar, bajo la responsabilidad temporal de su hermano menor.

-Cuídala -le advirtió, antes de salir, con el tono de quien deja a un niño pequeño al cuidado de alguien de dudosa confiabilidad-. Nada de salidas no autorizadas. Nada de riesgos innecesarios. Nada de...

-Nada de diversión, sí, ya entendí el memorándum completo -interrumpió Mateo, empujándolo suavemente hacia la puerta-. Ve a supervisar tu puerto. Nosotros estaremos bien.

En cuanto Joshua desapareció por la calle, Mateo se giró hacia Violet con una sonrisa que solo podía significar problemas.

-Bien. Ahora que el sargento de reglas se fue, ¿qué te gustaría hacer realmente?

Violet, que había estado sentada en la sala de espera reorganizada, hojeando una revista con evidente aburrimiento, levantó la mirada con renovado interés.

-¿Estás sugiriendo que rompamos las reglas de tu hermano?

-Estoy sugiriendo que las interpretemos con creatividad. Hay una diferencia técnica.

-Me gusta cómo piensas.

Media hora después, ambos caminaban por el mercado local del pueblo -con Violet, eso sí, luciendo el sombrero y las gafas de rigor, además de una chaqueta que Mateo insistió que la hacía "verse como una turista cualquiera, no como una heredera fugitiva"-, explorando los puestos de frutas, artesanías y comida callejera que Joshua jamás visitaba, principalmente porque consideraba el mercado "innecesariamente desordenado".

-Esto es exactamente lo que necesitaba -dijo Violet, probando una fruta que no reconocía de un puesto de colores vibrantes, mientras el vendedor le explicaba, con evidente orgullo, las propiedades medicinales del producto-. Aire libre, gente normal, nada de horarios estrictos.

-Joshua se pondría furioso si nos viera aquí.

-Joshua se pone furioso con casi todo. Es parte de su encanto retorcido.

-¿Encanto? -repitió Mateo, arqueando una ceja con genuina curiosidad, deteniéndose frente a un puesto de dulces artesanales-. Interesante elección de palabra.

-No es lo que estás pensando.

-No dije nada.

-Tu cara lo dijo todo.

Mateo sonrió, pero decidió, sabiamente, no presionar el tema, al menos no todavía. En su lugar, la guio hacia uno de los puestos más concurridos del mercado, donde un hombre mayor preparaba, con destreza impresionante, unos dulces de coco que llevaban generaciones en la familia.

-Prueba esto. Es la especialidad del pueblo.

Violet probó el dulce y su expresión se transformó de inmediato, con la misma sorpresa genuina que había mostrado el día anterior con el café de Clara.

-Esto es delicioso. ¿Por qué Joshua nunca me trajo aquí?

-Porque Joshua evita los lugares con más de diez personas por metro cuadrado. Dice que "aumenta exponencialmente el riesgo de incidentes imprevistos".

-Suena exactamente a algo que él diría.

-Es literalmente algo que él dijo. Palabra por palabra. Lo escribió en un correo hace dos años cuando le propusimos hacer una actividad de integración de equipo en el mercado.

Mientras caminaban entre los puestos, Mateo aprovechó el momento de complicidad para hacerle a Violet algunas preguntas que llevaba días queriendo formular, con la curiosidad genuina de un hermano menor que se preocupaba, en el fondo, por el bienestar de Joshua más de lo que su actitud despreocupada dejaba entrever.

-¿Puedo preguntarte algo? -dijo, con un tono ligeramente más serio de lo habitual.

-Claro.

-¿Por qué elegiste este pueblo? De todos los lugares donde podrías haberte escondido, ¿por qué aquí?

Violet dudó un instante, examinando un collar artesanal en uno de los puestos sin verdadero interés, más como una manera de tener algo en qué ocupar las manos mientras pensaba la respuesta.

-Honestamente, no lo elegí con mucho criterio. Vi el nombre en un mapa, me pareció suficientemente lejos de todo lo que conocía, y conduje hasta aquí sin pensarlo demasiado. Es lo que suelo hacer cuando las cosas se complican: actuar primero, pensar después.

-¿Y no te preocupa? Actuar así, quiero decir, sin pensar las consecuencias.

-Me preocupa todo el tiempo. Solo que he aprendido a no dejar que la preocupación me detenga. Si lo hiciera, jamás haría nada.

-Eso suena agotador.

-Lo es. Pero también es la única forma que conozco de sentir que mi vida me pertenece a mí, y no a mi apellido.

Mateo asintió, comprendiendo, quizás por primera vez, un poco más de la complejidad detrás de la fachada despreocupada de Violet. Había algo en su forma de hablar, en esa mezcla de valentía genuina y cansancio acumulado, que le recordaba, de manera curiosa, a su propio hermano, aunque ambos hubieran elegido caminos completamente opuestos para lidiar con sus respectivas cargas.




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