Señor Dame Paciencia

Capítulo 7 - La Primera Pista De Leo Rivas

Leo Rivas no era, ni por asomo, el tipo de periodista que aparecía en las portadas de las revistas serias. Trabajaba para *Pulso Nacional*, una revista digital de escándalos empresariales y chismes de sociedad que la mayoría de sus antiguos compañeros de la universidad de periodismo miraban con una mezcla de lástima y desprecio, aunque ninguno de ellos podía negar que sus artículos generaban, sin falta, un tráfico escandaloso de visitas. Leo no aspiraba a un Pulitzer. Aspiraba, con una honestidad casi refrescante, a la exclusiva que finalmente lo sacara de la sección de rumores menores y lo llevara a la primera plana.

Y esa exclusiva, estaba convencido, se llamaba Violet Siller.

Sentado en la única posada del pueblo -un edificio de dos pisos con paredes color arena y un letrero desgastado que anunciaba "Habitaciones disponibles" con una vieja tipografía descolorida-, Leo revisaba las fotografías borrosas que había logrado tomar esa tarde en el mercado, maldiciendo en voz baja la calidad de su cámara y, sobre todo, la velocidad con la que sus dos objetivos habían desaparecido entre los puestos.

-Vamos, vamos -murmuraba, ampliando cada imagen en la pantalla de su computadora portátil, buscando algún ángulo, alguna pista, algo que confirmara sin lugar a dudas lo que su instinto ya le gritaba desde hacía semanas.

Llevaba casi un mes siguiendo el rastro del escándalo Siller, desde que las primeras fotografías filtradas de una fiesta privada habían sacudido las redes sociales y puesto a temblar a toda la junta directiva del imperio empresarial de la familia. Fotografías que mostraban a Violet en una situación comprometedora -los detalles exactos variaban según quién contara la historia, y Leo sospechaba, con razón, que la versión real era considerablemente menos escandalosa que los rumores que circulaban- y que habían desatado una tormenta mediática de la que Violet, según todas las fuentes de Leo, había decidido escapar sin dejar rastro.

Había sido un trabajo minucioso, casi arqueológico, reconstruir su posible paradero: una transacción con tarjeta de crédito en una gasolinera a doscientos kilómetros de la capital, un comentario descuidado de una amiga de la familia en una fiesta, una publicación borrada apenas segundos después de subirse pero capturada, providencialmente, por uno de los seguidores de Leo en redes sociales, siempre alertas ante cualquier pista relacionada con la heredera desaparecida. Todo aquello, sumado, lo había llevado hasta ese pequeño pueblo costero que, hasta esa semana, ni siquiera figuraba en sus mapas mentales del país.

Y ahora, después de semanas de callejones sin salida, finalmente tenía algo concreto: una mujer con sombrero y gafas oscuras, corriendo entre los puestos del mercado junto a un hombre joven de sonrisa fácil, con una complexión y una forma de moverse que coincidían, casi a la perfección, con las fotografías de referencia que había estudiado hasta memorizar cada rasgo de Violet Siller.

-Es ella -se dijo a sí mismo, con la certeza tranquila de quien finalmente conecta las últimas piezas de un rompecabezas-. Tiene que ser ella.

Su teléfono vibró sobre la mesa de madera desgastada, con el nombre de su editora iluminando la pantalla: Marisol Vega, la mujer que había apostado, contra el criterio de casi toda la redacción, a que Leo tenía instinto suficiente para encontrar lo que nadie más había podido encontrar.

-Dime que tienes algo -dijo ella, sin ningún preámbulo, apenas Leo contestó.

-Tengo más que algo. Tengo una ubicación.

Al otro lado de la línea, se escuchó un silencio breve, cargado de la misma expectativa contenida que Leo sentía burbujeando en su propio pecho.

-¿Confirmada?

-Al noventa por ciento. La vi con mis propios ojos, Marisol. Corriendo por un mercado como si el mundo se le viniera encima, con un hombre que no logro identificar todavía, pero que claramente la está ayudando a esconderse.

-¿Fotos?

-Borrosas. Necesito acercarme más, conseguir algo verdaderamente concluyente antes de publicar nada. Si me equivoco, o si publico algo a medias, pierdo la ventaja y le doy tiempo a la familia Siller de moverla a otro lugar antes de que pueda conseguir la historia completa.

-Tienes una semana, Leo. Tal vez menos. El interés en esta historia no va a durar para siempre, y ya hay otros dos medios olfateando el mismo rastro que tú.

La llamada terminó con esa frase colgando en el aire como una advertencia, y Leo se quedó mirando la pantalla de su computadora un rato más, repasando mentalmente su plan. Necesitaba ser cuidadoso. Un pueblo tan pequeño significaba que cualquier movimiento torpe, cualquier pregunta demasiado directa, corría el riesgo de llegar a oídos equivocados antes de que él tuviera la historia asegurada.

A la mañana siguiente, decidió empezar por el lugar más obvio y, paradójicamente, el más discreto: la cafetería del pueblo, ese tipo de establecimiento donde los lugareños se reunían a intercambiar noticias con la misma naturalidad con la que pedían un café. Si Violet Siller estaba realmente escondida ahí, tarde o temprano su nombre -o al menos una descripción sospechosamente parecida- terminaría flotando en alguna conversación de sobremesa.

La cafetería de Clara Mendoza tenía el aroma inconfundible de pan recién horneado y café recién molido, un aroma que a cualquier otro visitante le habría parecido acogedor, pero que a Leo, con su mente entrenada para detectar cualquier detalle fuera de lugar, le pareció el escenario perfecto para una investigación discreta. Se sentó en una mesa junto a la ventana, pidió un café que apenas probó, y se dedicó a escuchar, con la paciencia de un cazador experimentado, las conversaciones que flotaban a su alrededor.

-¿Escuchaste sobre el escándalo en la entrada de la empresa de seguridad? -comentaba una mujer mayor en la mesa contigua, dirigiéndose a su acompañante con el tono confidencial de quien comparte un secreto delicioso-. Dicen que una mujer chocó su auto contra la reja hace unos días. Un auto carísimo, según cuentan.




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