Señor Dame Paciencia

Capítulo 8 - Hotel De Carretera

La idea, en un principio, había parecido de lo más simple: un viaje de un solo día a la ciudad más cercana con oficinas legales, donde Bruno necesitaba que Violet firmara un par de documentos relacionados con el manejo de su patrimonio personal mientras se resolvía el escándalo mediático. Ida por la mañana, papeleo al mediodía, regreso antes del anochecer. Joshua lo había planificado con la misma precisión con la que planificaba todo lo demás en su vida: horarios exactos, ruta más eficiente, paradas mínimas.

-Vamos a estar de vuelta antes de la cena -anunció esa mañana, revisando el mapa en su teléfono mientras Violet terminaba de acomodarse en el asiento del copiloto-. Tres horas de ida, dos horas de trámites, tres horas de vuelta. Nada complicado.

-Nada en mi vida es nunca "nada complicado" -respondió Violet, ajustándose el cinturón de seguridad con una sonrisa que a Joshua, ya para entonces, le resultaba más una advertencia que un gesto casual-. Deberías saberlo a estas alturas.

-Esta vez va a ser distinto. Es un viaje simple, un trámite simple, y vamos a regresar exactamente cuando lo planeé.

Violet no dijo nada, pero la forma en que sonrió, mirando por la ventana mientras el auto arrancaba, sugería que ella ya sospechaba, con una especie de intuición casi profética, que la realidad tenía otros planes.

Las primeras dos horas del viaje transcurrieron, contra todo pronóstico, sin sobresaltos. Violet cambió la música del auto tres veces sin pedir permiso, comentó sobre cada paisaje que atravesaban con una mezcla de sarcasmo y genuino interés, y logró, en algún punto del trayecto, convencer a Joshua de parar en un puesto de carretera para comprar mangos, algo que él jamás habría hecho por iniciativa propia, pero que terminó disfrutando más de lo que estaba dispuesto a admitir.

El problema comenzó poco después de mediodía, cuando el cielo, hasta entonces despejado, empezó a oscurecerse con una rapidez alarmante, y las primeras gotas de lluvia golpearon el parabrisas justo cuando Joshua calculaba que les faltaba menos de una hora para llegar a la ciudad.

-Esto no estaba en el pronóstico -murmuró, encendiendo los limpiaparabrisas mientras la lluvia se intensificaba con cada minuto que pasaba.

-El pronóstico rara vez tiene la última palabra -respondió Violet, con una calma que Joshua encontró, en ese momento particular, más irritante que tranquilizadora.

Para cuando llegaron a la ciudad, la tormenta se había convertido en un aguacero torrencial que inundaba las calles y reducía la visibilidad a apenas unos metros. Los trámites legales, que en teoría debían tomar dos horas, se extendieron hasta bien entrada la tarde debido a un problema burocrático imprevisto con uno de los documentos -un error administrativo que Bruno, por teléfono, prometió resolver "en cuestión de minutos" y que terminó tomando casi tres horas de llamadas cruzadas y firmas adicionales.

-Va a oscurecer antes de que salgamos de la ciudad -observó Joshua, revisando su reloj con creciente preocupación mientras esperaban, en la sala de recepción de la notaría, a que terminaran de procesar el último documento.

-Podemos manejar de noche. No es tan grave.

-Con esta lluvia, sí lo es. Las carreteras de la costa se inundan con facilidad, y no conozco bien esta ruta en condiciones de mal tiempo.

Violet lo miró con una expresión que, por primera vez desde que la conocía, no tenía nada de sarcasmo ni de desafío, sino una especie de comprensión pragmática que Joshua no esperaba de ella.

-Entonces no manejamos de noche. Buscamos un lugar donde quedarnos y salimos mañana temprano.

-Eso no estaba en el plan.

-Nada de lo que me pasa a mí está nunca en el plan, Joshua. A estas alturas, deberías estar acostumbrándote.

Encontrar un lugar donde alojarse resultó ser considerablemente más complicado de lo que ambos habían anticipado. La tormenta había dejado varias carreteras cerradas, lo que significaba que decenas de viajeros varados competían por las pocas habitaciones disponibles en los hoteles cercanos a la notaría. Después de que los rechazaran en tres establecimientos distintos -todos completamente llenos-, terminaron frente a un motel de carretera de aspecto modesto, con un letrero de neón parcialmente fundido que anunciaba "Habitaciones" en letras rojas intermitentes.

-Esto no es exactamente lo que tenía en mente -comentó Joshua, observando el edificio con evidente desconfianza mientras aparcaban bajo la lluvia.

-Es esto o dormir en el auto. Yo prefiero el motel, personalmente.

El recepcionista, un hombre de mediana edad con expresión de aburrimiento crónico, les informó, sin levantar apenas la vista del televisor pequeño que tenía sobre el mostrador, que solo les quedaba una habitación disponible.

-¿Una sola? -preguntó Joshua, con la voz ligeramente tensa.

-Una sola, señor. Con esta tormenta, todo el mundo anda buscando techo. Tiene suerte de que quede algo.

Joshua miró a Violet, que ya había cruzado los brazos con una expresión que oscilaba entre la diversión y la resignación, como si estuviera calculando, en tiempo real, cuánto iba a disfrutar viéndolo lidiar con aquella situación.

-¿Tiene dos camas, al menos? -preguntó, con la última esperanza de mantener algo de normalidad en la situación.

-Una cama grande, señor. Es lo que hay.

El silencio que siguió fue, para Joshua, uno de los más largos e incómodos de su vida adulta. Finalmente, pagó la habitación con la resignación de un hombre que ha aceptado, a regañadientes, que el universo entero parecía confabulado en contra de su necesidad de control.

-Voy a dormir en el suelo -anunció, apenas entraron a la habitación, un espacio pequeño pero limpio, con una cama que efectivamente parecía diseñada para una sola persona, un televisor viejo montado en la pared, y una ventana por donde la lluvia seguía golpeando con insistencia.




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