Los primeros dos días después del viaje a la ciudad transcurrieron con una tranquilidad que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta, como si hacerlo pudiera romper el hechizo frágil que se había formado entre ellos en aquella habitación de motel. Violet seguía rompiendo reglas, sí, pero con menos desafío y más travesura genuina, y Joshua seguía regañándola, aunque cada vez con menos convicción real detrás de sus palabras. Mateo, que no se perdía detalle de nada, había empezado a hacer comentarios cada vez más descarados sobre "la nueva energía" de la oficina, comentarios que Joshua ignoraba con una firmeza que convencía cada vez a menos gente, incluido él mismo.
Fue, precisamente, esa fragilidad recién construida la que hizo que la explosión, cuando finalmente llegó, resultara tan violenta.
Todo comenzó un miércoles por la tarde, cuando Joshua regresó de una reunión con un cliente para encontrar la puerta principal de la oficina abierta de par en par, el auto que usaban para las salidas supervisadas desaparecido del estacionamiento, y a Mateo, pálido y visiblemente nervioso, tratando de explicar, con las manos temblorosas, una situación que claramente se le había escapado de las manos.
-¿Dónde está Violet? -preguntó Joshua, con una calma que Mateo, después de años de conocerlo, sabía perfectamente que anunciaba una tormenta a punto de estallar.
-Se fue. Dijo que necesitaba tomar aire, que estaba cansada de sentirse encerrada, y antes de que pudiera detenerla ya se había subido al auto y...
-¿La dejaste ir sola?
-No la "dejé" ir, hermano, ella simplemente se fue. Tiene veintisiete años, no es una prisionera.
-Es exactamente lo que se supone que debe evitar. ¡Es literalmente la regla número uno del contrato!
El teléfono de Joshua sonó en ese momento, con el nombre de Violet iluminando la pantalla, y él contestó con una brusquedad que rara vez mostraba, incluso en sus peores días.
-¿Dónde estás?
-Tranquilo, Joshua, estoy bien. Fui a la playa. Solo necesitaba un poco de espacio.
-¿Espacio? Se supone que no debes salir sola bajo ninguna circunstancia. Hay un periodista rondando el pueblo, Violet. Uno que ya casi te encuentra en el mercado. ¿Tienes idea de lo que podría pasar si te reconoce mientras estás sola, sin nadie que pueda intervenir?
-No pasó nada. Estoy perfectamente bien.
-Esta vez. ¿Y la próxima?
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, y cuando Violet volvió a hablar, su voz había perdido la calma inicial, reemplazada por una tensión que Joshua reconoció, con creciente inquietud, como el preludio de una discusión que ninguno de los dos iba a poder evitar.
-¿Sabes qué? Ven a buscarme si tanto te preocupa. Estoy en la playa, cerca de las rocas.
Joshua colgó sin despedirse, tomó las llaves de la camioneta de repuesto de la empresa, y condujo hasta la playa con una mezcla de furia y miedo que llevaba mucho tiempo sin experimentar juntos, en la misma proporción abrumadora. Encontró a Violet sentada sobre una roca, con los zapatos en la mano y los pies hundidos en la arena húmeda, observando el mar con una expresión que oscilaba entre la calma fingida y la irritación genuina.
-¿En qué estabas pensando? -preguntó Joshua, apenas llegó hasta ella, sin molestarse en suavizar el tono.
-Estaba pensando que llevo una semana entera sin poder respirar sin que alguien controle cada uno de mis movimientos, y que necesitaba, desesperadamente, sentir que todavía soy una persona capaz de tomar mis propias decisiones.
-Tus decisiones podrían ponerte en peligro real. No es un capricho, Violet, es tu seguridad.
-¡Mi seguridad, mi seguridad, siempre mi seguridad! -explotó ella, poniéndose de pie de golpe, con la arena cayendo de sus pies descalzos-. ¿Sabes lo agotador que es que todo el mundo, absolutamente todo el mundo en mi vida, decida por mí lo que es mejor para mi seguridad? Mi madre, mi hermana, Bruno, y ahora tú. Todos ustedes tan preocupados por protegerme de algo que ni siquiera se molestan en preguntarme qué es lo que yo realmente necesito.
-Lo que necesitas es no terminar en la portada de una revista de escándalos por tu propia imprudencia.
-¡No es imprudencia querer sentirme libre por veinte minutos!
-¡Es imprudencia cuando hay un periodista literalmente buscándote por todo el pueblo!
Los gritos, para entonces, ya se escuchaban con claridad a varios metros de distancia, y un par de personas que paseaban por la playa se giraron discretamente para observar la escena, aunque ninguno de los dos, sumidos como estaban en la discusión, pareció notarlo.
-¿Sabes cuál es tu problema, Joshua? -dijo Violet, con la voz cargada de una rabia que llevaba días acumulando sin darse cuenta del todo-. Que confundes control con cuidado. Crees que si tienes todo perfectamente organizado, todo horario respetado, todo riesgo eliminado, entonces estás protegiendo a la gente que te importa. Pero lo único que estás haciendo es asfixiarla.
-¿Y sabes cuál es el tuyo? -respondió él, con la misma intensidad, sin darse el tiempo de medir el peso de lo que estaba a punto de decir-. Que confundes libertad con irresponsabilidad. Crees que hacer lo que se te antoja, cuando se te antoja, sin pensar en las consecuencias, es lo mismo que ser libre. Pero lo único que estás haciendo es arrastrar a todos los que te rodean al caos que tú misma provocas y después te niegas a asumir.
El silencio que siguió a esas palabras fue distinto a cualquier otro silencio que hubiera existido entre ellos hasta ese momento. No era la tensión incómoda de dos desconocidos, ni la calma cómoda de dos personas que empezaban a entenderse. Era algo más filoso, más doloroso, la clase de silencio que aparece cuando dos personas se han dicho, sin quererlo del todo, verdades que duelen precisamente porque contienen una parte de razón.
-Vaya -dijo Violet finalmente, con la voz quebrada por una mezcla de dolor y furia-. Así que eso es lo que realmente piensas de mí.