Señor Dame Paciencia

Capítulo 10 - La tregua incómoda

Las palabras de Clara se quedaron rondando en la cabeza de Joshua durante el resto de la tarde, repitiéndose con una insistencia que ni el papeleo más urgente lograba silenciar del todo. *El problema es cuánto tiempo dejan que el orgullo decida por ustedes antes de arreglarlas.* Para un hombre acostumbrado a resolver los problemas con listas, horarios y decisiones claras, la vaguedad de esa frase resultaba particularmente incómoda: no había un procedimiento establecido para disculparse, ningún protocolo que seguir paso a paso, solo la incertidumbre pura de no saber si las palabras que eligiera iban a mejorar las cosas o a empeorarlas todavía más.

Intentó, sin éxito, concentrarse en el resto de sus pendientes administrativos, pero cada informe que abría terminaba, tarde o temprano, convertido en una excusa para mirar hacia la puerta cerrada del despacho de Violet, calculando mentalmente cuánto tiempo más podía postergar lo inevitable sin que aquella distancia se convirtiera en algo permanente. Nunca había sido bueno lidiando con la incertidumbre emocional; su vida entera estaba construida sobre certezas medibles, horarios cumplidos, resultados predecibles. Esto -esta espera nerviosa, este peso en el pecho que no sabía nombrar del todo- pertenecía a un territorio completamente distinto, uno para el cual ninguna de sus rutinas habituales le servía de guía.

Violet, por su parte, pasó la tarde encerrada en su despacho, revisando una y otra vez el mismo documento sin realmente leerlo, mientras repasaba mentalmente la discusión de la playa con una honestidad que se había negado a permitirse durante los primeros días. Joshua tenía razón, al menos en parte, y esa certeza le costaba más admitirla que cualquier otra cosa que hubiera enfrentado en las últimas semanas. Toda su vida había equiparado la impulsividad con la libertad, la rebeldía con la autenticidad, sin detenerse jamás a considerar que, tal vez, ambas cosas podían coexistir con algo de responsabilidad.

Cuando el reloj marcó las seis de la tarde y la oficina se vació -Mateo se había marchado temprano, con la excusa poco convincente de "una entrega urgente" que Joshua sospechaba era, en realidad, una manera deliberada de dejarlos solos-, Joshua se encontró de pie frente a la puerta del despacho de Violet, con el puño levantado a medio camino de tocar, sin decidirse todavía a completar el gesto.

-Puedes entrar, Joshua. Te escuché acercarte hace un minuto entero -dijo Violet, desde adentro, sin levantar la vista de su computadora.

Él abrió la puerta, con una torpeza poco habitual en sus movimientos, generalmente tan precisos y calculados.

-¿Tienes un minuto?

-Tengo toda la tarde, en realidad. No es como si tuviera muchos planes emocionantes.

Joshua entró y se sentó en la silla frente a su escritorio, el mismo lugar donde días atrás Violet se había sentado con los pies sobre la mesa el primer día que firmaron el contrato, y por un instante, la ironía de la situación no le pasó desapercibida.

-Lo que dije en la playa... -empezó, con la misma dificultad que había sentido toda la tarde para encontrar las palabras exactas-. No debí decirlo de esa manera. Fue cruel, y no reflejaba lo que realmente pienso de ti.

-¿Y qué es lo que realmente piensas de mí?

La pregunta lo tomó desprevenido, más directa de lo que esperaba, y Joshua se tomó un momento antes de responder, consciente de que cualquier cosa que dijera a continuación iba a pesar mucho más de lo habitual.

-Pienso que eres mucho más valiente de lo que te das crédito. Pienso que la mayoría de la gente en tu posición se habría quedado escondida, dejando que otros resolvieran sus problemas, y tú, en cambio, decidiste enfrentarlos a tu manera, aunque esa manera a veces incluya destruir rejas ajenas.

Violet no pudo evitar una sonrisa pequeña ante ese último comentario, la primera grieta genuina en la fachada distante que había mantenido durante todo el día.

-Sigue.

-Pienso que confundes, a veces, la impulsividad con la libertad, tal como te dije. Pero también pienso que yo confundo el control con el cuidado, tal como tú me dijiste. Y creo que ninguno de los dos va a resolver eso peleando por quién tiene más razón.

-Eso es sorprendentemente maduro de tu parte.

-Lo practiqué toda la tarde.

-Se nota. Sonó casi como un discurso ensayado.

-Un poco lo fue.

Violet se rio, una risa breve pero genuina que alivió, de inmediato, buena parte de la tensión acumulada durante el día, y Joshua sintió, con un alivio que no esperaba tan intenso, que el hielo entre ellos empezaba, finalmente, a resquebrajarse.

-Yo también lo siento -dijo ella, después de un momento, con una sinceridad que rara vez mostraba tan abiertamente-. Lo de compararte con Adrián fue injusto. Tú no tienes nada que ver con él, y lo sabía en el momento en que lo dije, pero estaba tan enojada que no me importó herirte con lo primero que se me ocurriera.

-Entiendo la sensación.

-¿La entiendes?

-Crecí con Mateo. He desarrollado cierta experiencia en decir cosas hirientes en el calor del momento y arrepentirme después.

-Eso no pega mucho con tu imagen de hombre perfectamente controlado.

-Nadie está perfectamente controlado todo el tiempo, Violet. Ni siquiera yo, por mucho que me esfuerce en aparentarlo.

Aquella confesión, dicha con una vulnerabilidad poco habitual en él, pareció suavizar por completo la distancia que había quedado entre ellos desde la playa. Violet se levantó de su silla y se sentó en el borde del escritorio, más cerca de Joshua de lo que había estado en todo el día, en un gesto que ya empezaba a ser característico de ella.

-¿Sabes qué necesitamos ahora mismo? -preguntó, con un brillo travieso regresando a sus ojos que Joshua reconoció, con una mezcla de alivio y cierta aprensión, como el anuncio de una idea probablemente poco sensata.

-No estoy seguro de querer saberlo.




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