Don Ernesto Pazcal visitaba la oficina de sus hijos con una frecuencia que Joshua consideraba, en el mejor de los casos, "ligeramente excesiva" y que Mateo, en cambio, encontraba absolutamente insuficiente. A sus setenta y dos años, con el cabello completamente blanco y una espalda que se negaba a encorvarse a pesar de las décadas, Don Ernesto conservaba una energía observadora que había pasado, generosamente, a Mateo, y una capacidad de decir exactamente lo que pensaba, sin filtros ni suavizantes, que ninguno de sus dos hijos había heredado en la misma medida, aunque Violet, en su brevísimo tiempo conociéndolo, ya empezaba a sospechar que ella sí compartía ese rasgo particular con el patriarca de la familia Pazcal.
Llegó ese jueves por la tarde sin previo aviso, como solía hacer, con una bolsa de naranjas de su propio huerto que insistía en repartir entre todos los presentes, sin importar si alguien las había pedido o no.
-Miren nada más quién decidió honrarnos con su presencia -dijo Mateo, levantándose para abrazar a su padre con genuino cariño-. ¿Vienes a supervisar el negocio, o vienes a robarnos el café otra vez?
-Vengo a conocer a la famosa forastera de la que todo el pueblo habla -respondió Don Ernesto, sin rodeos, dirigiendo su mirada directamente hacia Violet, que se había levantado del sofá con una mezcla de curiosidad y cautela ante la llegada de aquel hombre que claramente no tenía intención de andarse con delicadezas.
-¿Todo el pueblo habla de mí? -preguntó Violet, arqueando una ceja, mitad divertida y mitad genuinamente sorprendida.
-Un pueblo tan pequeño como este no necesita mucho para inventar un rumor jugoso, señorita. Y usted, con ese auto destrozando la reja de mi hijo el primer día que llegó, les dio material de sobra para meses de conversación.
-Lo siento por eso -dijo Violet, aunque sin demasiada culpa genuina en la voz-. La reja ya está reparada, para que conste.
-Lo sé. Y pagada de su bolsillo, según me contaron, lo cual habla bien de usted, mucho mejor que cualquier rumor que ande circulando por ahí.
Joshua, que observaba el intercambio desde su escritorio con una mezcla de resignación y nerviosismo anticipado, sabía perfectamente que la presencia de su padre significaba, casi con toda certeza, una tarde llena de comentarios incómodos disfrazados de sabiduría paternal.
-Papá, ¿no tenías que ir a la ferretería hoy? -intentó, con la esperanza poco realista de desviar la visita hacia otro destino.
-La ferretería puede esperar. Esto es mucho más interesante.
Don Ernesto se sentó, sin pedir permiso, en la silla frente al escritorio de Violet, con la comodidad de quien se siente en su propio territorio en cualquier lugar donde estén sus hijos, y la observó con una atención minuciosa que Violet encontró, para su propia sorpresa, más curiosa que incómoda.
-Cuénteme, señorita Siller, ¿qué opina de mi hijo?
-¿Cuál de los dos?
-El serio. El que organiza sus lápices por tamaño y plancha sus camisas con regla.
-¡Papá! -protestó Joshua, sintiendo que el calor le subía a las mejillas de una manera que no experimentaba desde la adolescencia.
-Es una pregunta legítima, hijo. Nunca has traído a nadie a esta oficina, y de pronto tenemos aquí a una mujer que vive contigo, y toda la ciudad murmura, y tú andas silbando por los pasillos como no te había visto hacer en años. Perdóname si un padre tiene curiosidad.
Violet, lejos de sentirse incómoda por la pregunta directa, pareció disfrutarla enormemente, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa que anunciaba, con total claridad, que pensaba responder con la misma honestidad descarada que Don Ernesto acababa de demostrar.
-Creo que su hijo es el hombre más terco y controlador que he conocido en toda mi vida.
-Continúe.
-También creo que es, probablemente, la persona más honesta que he conocido en años. No me dice lo que quiero escuchar. Me dice la verdad, aunque duela, y eso, para alguien que ha pasado toda su vida rodeada de gente que solo le dice cosas bonitas porque quiere algo de mi familia, resulta... refrescante.
Don Ernesto asintió lentamente, con una expresión satisfecha que Joshua reconoció, con creciente aprensión, como la de un hombre que acaba de confirmar exactamente lo que sospechaba desde el principio.
-Igual que su madre -dijo, dirigiéndose ahora a Joshua, con una calidez nostálgica en la voz que rara vez mostraba tan abiertamente-. Ella tampoco me decía lo que quería escuchar. Me decía la verdad, todo el tiempo, aunque yo prefiriera, muchas veces, quedarme con la mentira cómoda.
El ambiente cambió sutilmente ante la mención de la madre de Joshua, y Violet, sintiendo el peso repentino de aquel recuerdo, guardó silencio, sin saber muy bien cómo continuar la conversación sin invadir un territorio que claramente todavía dolía, aunque hubieran pasado ocho años.
-Papá -dijo Joshua, con voz más suave-, no hace falta que...
-Déjame terminar, hijo. Solo digo que reconozco, en esta muchacha, algo de lo que perdiste cuando tu madre se fue, y algo de lo que has estado evitando desde entonces, escondido detrás de horarios y reglas y ese negocio que administras con más disciplina que alegría.
-Eso no es justo.
-La vida raramente lo es. Pero tampoco es justo que sigas viviendo como si el desorden fuera lo único que te queda por temer.
Violet, observando el intercambio entre padre e hijo, sintió que estaba presenciando algo mucho más profundo de lo que había anticipado al llegar a aquel pueblo, algo que revelaba, con una claridad dolorosa, las capas de dolor que Joshua llevaba cargando en silencio durante todos aquellos años de orden impecable y control absoluto.
-Don Ernesto -intervino finalmente, con una suavidad poco habitual en ella-, creo que su hijo simplemente encontró su manera de sobrevivir al dolor. No creo que eso sea algo que merezca reproche.