Señor Dame Paciencia

Capítulo 12 - La Llamada De Renata

La calma que Joshua y Violet habían logrado construir durante los últimos días -esa tregua frágil pero genuina, sellada con pizza fría y confesiones a medias- se rompió, sin previo aviso, un viernes por la mañana, cuando el teléfono de Violet vibró sobre la mesa de la cocina con un nombre que ella había estado evitando ver aparecer en la pantalla desde hacía casi dos semanas: Renata Siller.

-No voy a contestar -dijo, mirando el teléfono como si fuera un animal peligroso a punto de atacar.

-Va a seguir llamando hasta que lo hagas -observó Joshua, sirviendo café con la calma habitual de siempre, aunque atento, por el rabillo del ojo, a la tensión que se había apoderado repentinamente del rostro de Violet.

-Lo sé. Pero contestar significa admitir que llevo casi dos semanas escondida jugando a la vida normal, y no estoy lista para que eso termine todavía.

El teléfono dejó de vibrar, solo para empezar de nuevo segundos después, con la insistencia característica de alguien acostumbrada a que las personas respondieran sus llamadas de inmediato, sin excusas ni demoras. Al tercer intento, Violet, con un suspiro de resignación, finalmente contestó.

-Renata.

-¡Por fin! -exclamó la voz al otro lado de la línea, con un tono cargado de exasperación acumulada-. Llevo días intentando localizarte. ¿Tienes idea de la cantidad de veces que he tenido que inventarle excusas a mamá sobre por qué no contestas?

-No te pedí que inventaras nada.

-No, pero alguien tenía que hacerlo, porque tú decidiste desaparecer sin darle explicaciones a nadie.

Violet se levantó de la mesa, alejándose instintivamente hacia la ventana, como si la distancia física pudiera, de alguna manera, suavizar el impacto de la conversación que se avecinaba.

-Estoy bien, Renata. Eso es todo lo que necesitas saber por ahora.

-No es todo lo que necesito saber. Necesito saber dónde estás, con quién estás, y cuándo piensas volver, porque el escándalo no se va a resolver solo, y cada día que pasas escondida en quién sabe dónde, la prensa inventa una teoría nueva sobre tu paradero.

-Deja que inventen lo que quieran. Mientras más lejos de la verdad, mejor.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, cargado de la misma tensión calculadora que Renata llevaba toda su vida perfeccionando, hasta que finalmente, con una frialdad que hizo que Violet sintiera un escalofrío genuino, su hermana pronunció las palabras que llevaba guardando como un as bajo la manga.

-Sé que estás en un pueblo costero. Sé que te estás quedando con el dueño de una empresa de seguridad privada. Y sé, porque no soy tonta, Violet, que esto ya no es solo un escondite temporal para ti.

El corazón de Violet dio un vuelco, y sus manos, sujetando el teléfono con más fuerza de la necesaria, empezaron a temblar ligeramente.

-¿Cómo sabes eso?

-Tengo mis fuentes. No es tan difícil rastrear una tarjeta de crédito, Violet, especialmente cuando la persona que la usa no se molesta en ser cuidadosa.

Joshua, que había escuchado la mitad de la conversación desde la cocina, se acercó lentamente, notando el cambio evidente en el lenguaje corporal de Violet, la tensión acumulándose en sus hombros con cada palabra que su hermana pronunciaba al otro lado de la línea.

-Bien. Ya lo sabes. ¿Ahora qué?

-Ahora vas a escucharme, porque esto ya dejó de ser un simple capricho tuyo de "necesito espacio". Mamá está furiosa. El consejo directivo está presionando para que la familia dé una respuesta pública sobre el escándalo, y tú, en lugar de ayudar, decidiste esconderte en un pueblo de pescadores jugando a tener una vida normal con un hombre que ni siquiera conocemos.

-Su nombre es Joshua. Y no estoy "jugando" a nada.

-¿No? Porque desde donde yo estoy parada, parece exactamente eso: un juego peligroso que puede terminar costándonos mucho más de lo que ya nos ha costado este escándalo.

Violet sintió que la rabia empezaba a acumularse en su pecho, la misma rabia familiar que siempre aparecía cuando su hermana asumía, sin preguntarle, que sabía mejor que ella lo que le convenía.

-No tienes derecho a juzgar mi vida, Renata. Tú tienes la tuya, perfectamente ordenada según los estándares de la familia, y yo tengo la mía, por más desordenada que te parezca.

-Tu vida desordenada nos está costando contratos, Violet. Nos está costando la reputación que nuestros abuelos construyeron durante generaciones. No es solo tu vida la que está en juego aquí, es la de toda la familia.

-Siempre es lo mismo contigo. Siempre es la familia, la reputación, el imperio. Nunca es simplemente yo, Renata. Nunca soy solo tu hermana que necesita un poco de espacio para respirar.

-Porque no tenemos el lujo de pensar solo en nosotras mismas. Ese lujo se quedó atrás el día que nacimos con este apellido.

Violet cerró los ojos, sintiendo el peso familiar de aquella discusión, una versión distinta pero esencialmente idéntica de cientos de conversaciones similares que había tenido con su hermana a lo largo de los años, todas ellas girando en torno al mismo conflicto irresoluble entre el deber familiar y su propio deseo, cada vez más urgente, de vivir una vida que sintiera genuinamente suya.

-Necesito tiempo, Renata. Eso es todo lo que te estoy pidiendo.

-El tiempo se agotó, Violet. Mamá quiere que vuelvas antes de fin de mes. Hay una gala benéfica programada, y tu ausencia continuada solo va a alimentar más rumores de los que ya circulan.

-¿Y si no vuelvo?

La pregunta, formulada con más firmeza de la que Violet esperaba sentir al pronunciarla, quedó suspendida en el aire durante varios segundos, hasta que Renata, con una voz que había perdido parte de su frialdad calculadora, respondió con algo que sonaba, sorprendentemente, más a preocupación genuina que a estrategia familiar.

-Si no vuelves, Violet, no sé qué va a pasar. Con la empresa, con mamá, contigo. Y sinceramente, eso me asusta más de lo que estoy dispuesta a admitir.




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