Señor Dame Paciencia

Capítulo 13 - Persecución De Paparazzi

Leo Rivas llevaba tres días vigilando la oficina de Pazcal Seguridad Privada con la paciencia metódica de quien sabe que la mejor historia rara vez llega sin esfuerzo. Había memorizado los horarios de entrada y salida de cada uno de sus ocupantes, había identificado la cafetería que frecuentaban, e incluso había logrado, con considerable astucia, entablar una conversación casual con el vendedor de periódicos del pueblo, quien, sin saberlo, le había confirmado que "la prima lejana de los Pazcal" llevaba más de dos semanas hospedada en la casa de Joshua, un dato que encajaba perfectamente con sus sospechas.

Lo que le faltaba, sin embargo, era la prueba definitiva: una fotografía clara, indiscutible, del rostro de Violet Siller, algo que pudiera presentar ante su editora sin dejar lugar a dudas ni a especulaciones.

La oportunidad que había estado esperando llegó, finalmente, un sábado por la mañana, cuando observó, desde su puesto habitual de vigilancia bajo el árbol frente a la oficina, que Joshua y Violet salían juntos, caminando en dirección al mercado del pueblo con la naturalidad de dos personas que ya no se molestaban en fingir una relación estrictamente profesional.

-Por fin -murmuró Leo, guardando su cámara en la mochila y siguiéndolos a una distancia prudente, con la experiencia de quien ha perfeccionado el arte de mezclarse con la multitud sin llamar la atención.

El mercado, ese sábado en particular, estaba considerablemente más concurrido de lo habitual, gracias a una feria gastronómica organizada por el ayuntamiento que había atraído visitantes de pueblos vecinos, lo cual, para Leo, representaba tanto una ventaja -más gente entre la cual esconderse- como una complicación, dado que la multitud también dificultaba mantener a sus objetivos claramente a la vista.

Joshua y Violet, ajenos por completo a la vigilancia silenciosa que los seguía a pocos metros de distancia, se paseaban entre los puestos con una tranquilidad que contrastaba enormemente con la cautela que habían mantenido en salidas anteriores. Violet, sin el sombrero de ala ancha que solía usar como disfraz improvisado, reía abiertamente ante algún comentario de Joshua, con el cabello suelto ondeando bajo la brisa marina, absolutamente reconocible para cualquiera que hubiera estudiado, como Leo lo había hecho, cada fotografía disponible de la heredera Siller.

-Se olvidaron del sombrero -murmuró Leo para sí mismo, con una mezcla de incredulidad y euforia profesional, sacando su cámara con dedos ligeramente temblorosos por la emoción-. Perfecto. Absolutamente perfecto.

Levantó la cámara, ajustó el zoom, y logró capturar, en una sucesión rápida de disparos, varias imágenes nítidas del rostro de Violet, sonriendo, gesticulando, completamente ajena a que su anonimato cuidadosamente protegido estaba a punto de desmoronarse en cuestión de segundos.

Fue Mateo, que se había unido a ellos poco después con la excusa de "supervisar personalmente la calidad de los tamales del puesto favorito de su padre", quien notó primero al hombre con la cámara, reconociéndolo de inmediato por la descripción que Violet le había dado tras el incidente del mercado semanas atrás.

-Ese es el fotógrafo -dijo, con urgencia, tirando del brazo de Joshua-. El mismo que las persiguió la última vez.

Joshua giró la cabeza justo a tiempo para ver a Leo bajando la cámara con una sonrisa satisfecha, la clase de sonrisa que solo aparece cuando alguien sabe, con absoluta certeza, que acaba de conseguir exactamente lo que buscaba.

-Violet -dijo, con voz tensa pero controlada-, tenemos que irnos. Ahora.

-¿Qué pasa?

-El fotógrafo. Nos vio. Nos fotografió.

El color desapareció del rostro de Violet en un instante, reemplazado por una expresión de pánico genuino que Joshua no le había visto desde el primer día, cuando toda aquella situación absurda había comenzado con un choque contra una reja.

-Corran -dijo Mateo, sin necesidad de repetirlo dos veces.

Los tres salieron disparados entre los puestos del mercado, esquivando compradores sorprendidos, canastas de fruta y mesas de artesanías, mientras Leo, decidido a no dejar escapar la oportunidad que llevaba semanas persiguiendo, corría tras ellos con la cámara todavía colgada del cuello, gritando disculpas apresuradas a cada persona con la que chocaba en su persecución.

-¡Por aquí! -gritó Joshua, tomando a Violet de la mano y guiándola hacia un callejón estrecho entre dos puestos de pescado, el mismo tipo de ruta de escape improvisada que Mateo y Violet habían usado semanas atrás durante su primer encuentro con Leo.

Doblaron por una esquina, cruzaron un pequeño patio trasero donde un grupo de gallinas se dispersó asustado ante su repentina llegada, y finalmente, sin aliento y con el corazón latiendo con fuerza, se detuvieron detrás de un depósito de cajas de madera, esperando, con la respiración contenida, algún indicio de que Leo hubiera perdido su rastro.

-¿Lo perdimos? -preguntó Violet, jadeando, con las manos apoyadas sobre las rodillas.

-Creo que sí -respondió Mateo, asomándose apenas por el borde del depósito, escaneando el área en busca de cualquier movimiento sospechoso.

Pero la tranquilidad duró apenas unos segundos, interrumpida por el sonido inconfundible de pasos apresurados acercándose por el mismo callejón que ellos acababan de atravesar.

-¡Ahí están! -exclamó Leo, apareciendo al final del callejón con la cámara lista, disparando fotografías incluso mientras corría, capturando, sin proponérselo del todo, algunas de las imágenes más dramáticas y genuinas de toda su carrera: Violet Siller, sin maquillaje ni preparación, corriendo con el pánico genuino de alguien acorralada, protegida por dos hombres que claramente estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para mantenerla a salvo.

-¡Corran! -gritó Joshua, esta vez sin molestarse en buscar una ruta discreta, simplemente empujándolos hacia adelante, hacia la calle principal, donde la multitud de la feria gastronómica podría, con suerte, ofrecerles algo de cobertura.




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