Señor Dame Paciencia

Capítulo 30 - Señor, dame paciencia... para toda la vida

Las semanas que siguieron a la gala de "Voces Libres" transcurrieron con la misma tranquilidad próspera, hasta que Joshua comenzó a planear, en secreto, pedirle a Violet que se casara con él. Con la ayuda de Mateo, eligió la misma playa donde se habían dado su primer beso, y coordinó, con la complicidad de Clara, Don Ernesto y hasta Renata y Victoria, una propuesta íntima que terminó siendo presenciada, en secreto, por toda la familia extendida que habían construido juntos.

Se arrodilló frente a ella al atardecer, le recordó que aquel auto rojo estrellado contra su reja no había sido el fin de su tranquilidad, sino el comienzo de la única vida que realmente valía la pena vivir, y Violet, entre lágrimas, respondió que sí, mil veces sí - justo antes de que todos sus seres queridos salieran de detrás de las rocas, celebrando con champán, café especial de Clara e historias vergonzosas de la infancia de Joshua.

Seis meses después, se casaron en esa misma playa, rodeados de la familia improbable pero absolutamente genuina que habían construido a través de cada tormenta superada juntos: Mateo como padrino, Don Ernesto entregándole a Violet un relicario que había sido de Elena, Clara llorando de felicidad, y Renata y Victoria -completamente transformadas de las mujeres calculadoras que Joshua había conocido al principio- integradas por completo en la calidez de aquella nueva familia.

-¿Sabes qué es lo más hermoso de todo esto? -le preguntó Violet esa noche, ya como Violet Pazcal-. Que aprendimos, juntos, que el amor rara vez llega en silencio. Casi siempre llega haciendo un escándalo.

-Y no cambiaría absolutamente nada de ese escándalo, Violet. Ni un solo momento.

Mucho más tarde, cuando los últimos invitados se despidieron y la playa quedó en silencio, caminaron descalzos por la orilla, exactamente como aquella primera noche que lo había cambiado todo.

-Señor, dame paciencia -susurró Joshua, mirando al cielo estrellado-, porque acabo de casarme con la mujer más maravillosamente caótica que jamás voy a conocer.

-Y yo te prometo, Joshua Pazcal, que jamás vas a aburrirte a mi lado.

-Nunca lo dudé ni por un segundo.

Tres años después

El letrero de la entrada de Pazcal Seguridad Privada había cambiado, con los años, aunque conservaba, deliberadamente, la misma reja de metal -reforzada, esta vez, con un acabado considerablemente más resistente- que Violet había destruido aquella primera mañana caótica. Joshua había insistido en conservarla, medio en broma, medio en homenaje sincero, como recordatorio permanente de que el mejor desastre de su vida había llegado, precisamente, en la forma de un auto rojo mal estacionado.

-Papá, ¿por qué la reja tiene una placa? -preguntó Elena, la hija mayor de Joshua y Violet, de apenas dos años y medio, señalando con su dedo regordete una pequeña placa de bronce que Mateo había mandado a grabar como regalo de aniversario, sin que ninguno de los dos se lo pidiera.

-Porque ahí es donde conocí a tu mamá -respondió Joshua, cargándola en brazos mientras ella intentaba, con toda la determinación de sus dos años, tocar las letras grabadas-. Chocó su auto contra esa reja el mismo día que la conocí.

-¿Mamá choca autos?

-Solo esa vez, espero -bromeó Violet, apareciendo en la puerta de la oficina con Mateo hijo, el bebé de apenas ocho meses, dormido plácidamente contra su pecho-. Aunque tu tío Mateo sigue insistiendo en que debería intentarlo de nuevo, "por los viejos tiempos".

-Solo digo que sería un buen regalo de aniversario -dijo Mateo, asomándose desde su propio escritorio, ahora considerablemente más ordenado que en los primeros años, aunque todavía conservaba ciertos toques de desorden creativo que Joshua había aprendido, con el tiempo, a tolerar e incluso apreciar.

La empresa había crecido de maneras que ninguno de los dos había anticipado completamente aquellos primeros meses turbulentos: la sucursal de la capital, ahora bajo la dirección de un equipo consolidado, manejaba la seguridad corporativa de más de una docena de empresas asociadas al grupo Siller, mientras que la oficina original del pueblo, dirigida con orgullo renovado por Mateo, había expandido sus servicios para incluir consultoría en seguridad comunitaria, un proyecto que Violet misma había ayudado a diseñar, combinando su experiencia en "Voces Libres" con la experiencia práctica de Joshua en protección y prevención.

-¿Vamos a la cafetería? -preguntó Elena, con la insistencia característica de los niños pequeños que habían aprendido, desde su nacimiento, que la cafetería de "la abuela Clara" -como todos en la familia la llamaban, sin que ninguna relación de sangre lo justificara oficialmente- representaba uno de los lugares más felices de su mundo pequeño.

-Vamos -confirmó Violet, tomando la mano libre de Joshua mientras caminaban juntos, como familia, por las mismas calles adoquinadas donde toda su historia había comenzado.

Clara, ahora con el cabello considerablemente más gris pero la misma energía maternal inagotable, los recibió con los brazos abiertos, como hacía cada vez que la familia completa aparecía por su cafetería.

-¡Ahí están mis muchachos favoritos! -exclamó, inclinándose para saludar a Elena con un beso en la mejilla antes de asomarse, con ternura genuina, al pequeño Mateo dormido-. Y mi bebé favorito, por supuesto.

-Todos son tus favoritos, Clara -bromeó Joshua, sentándose en la mesa habitual que la familia había reclamado, con el tiempo, como propia.

-Eso es porque todos ustedes son, genuinamente, mis favoritos. No hay ningún secreto en eso.

Mientras Clara preparaba, con la misma destreza de siempre, su café especial -ahora acompañado de un chocolate caliente especialmente diseñado para Elena, que insistía en que ella también merecía "café de grande"-, Renata y su esposo, un ingeniero conocido durante una de las galas benéficas de "Voces Libres" apenas un año atrás, entraron a la cafetería con su propia hija pequeña, apenas unos meses mayor que Elena.




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