Tu rostro nace en mis sueños,
como un suspiro sin dueño,
silueta gris y distante
que se disuelve en el tiempo.
Fría como los inviernos,
callada como el desierto,
vas cerrando los caminos
de este amor que aún sostengo.
Te percibo entre la escarcha,
entre brisas y silencios,
pero mis ojos te buscan, y jamás logran alcanzar tus besos.
Te marchas entre nieblas,
dejando sobre mi almohada
la fragancia de tu cuerpo.
Fragancia que envejece
con la lluvia y con los vientos,
como una hoja perdida
que abandona el firmamento.
Así desapareciste
del escenario de mi pecho,
dejando sombras dormidas
en rincones del recuerdo.
Lágrimas caen despacio
sobre mi oscuro desierto,
acompañando tu ausencia
en este ritual perpetuo.
Renuncié a las palabras
que guardaba para vernos,
y quedó la nostalgia
de recuerdos en el silencio.
Ahora mi corazón roto
cuenta los días deshechos,
y ata cada vieja herida
al momento en que te perdí en un pasado que quedo enterrado por completo.