Bajo arcos de flores y luces bruñidas,
navega la tarde vestida de hadas dormidas.
El agua susurra coplas de ternura,
guardando en su espejo destellos de sol.
Las lámparas tiemblan con brillo inquieto,
pintando de oro el mutismo del remo.
Las flores se inclinan al paso del río,
como si saludaran un sueño tardío.
La barca se aleja sin prisa ni pena,
llevando lo que el alma encadena.
Y el viento, tan suave, parece arrullar
historias que vuelven del mar.
Los puentes de piedra, cubiertos de aroma,
vigilan las horas que el tiempo no nombra.
Mientras la corriente tranquila,
convierte las ofrendas en gotas de cristal.
Quizás cada lámpara guarda un deseo,
quizás cada flor es un trozo de cielo.
Y quien por sus aguas se atreva a cruzar,
hallará lo que el corazón quiso encontrar.
Jardines que nacen del día,
y otros que florecen en la melancolía;
pero este canal, entre luces y acuerdos pactados,
parece construido con sueños y obsequios recordados.