Esta noche aguardas callado,
y siento tu dolor a mi lado.
Quédate aquí, junto a mi verdad,
mientras descubro tu ansiedad.
Anhelo el calor de tu abrazo sincero,
ese refugio que tanto espero.
Conozco mis temores, los puedo vencer,
porque en tu mirada me miras con fe, entonces, vuelvo a creer.
Percibo el temor que intentas guardar,
pero elijo por siempre perdonar.
Te quiero con el corazón abierto,
como quien encuentra un puerto en el desierto.
Escucho tus plegarias al amanecer,
y tus enigmas logro comprender.
Helada de dudas, me dejo llevar,
por la calma que me sabes regalar.
Repaso palabras que supiste cumplir,
promesas que nunca dejaste partir.
Te entrego mi alma, mi fe y mi razón,
y deposito en tus manos mi esencia sin pensar.
Atravieso el muro que nos separó,
y hallo la serenidad que en ti floreció.
La tormenta se aleja, se marcha el temor,
y la paz nos envuelve con suave esplendor.
Miro cada gesto, cada parte de ti,
y comprendo que siempre quiero estar aquí.
Sé que mañana no podría seguir,
si tu presencia dejara de existir.
Llego hasta el cielo al verte sonreír,
y en tus pupilas me vuelvo a perder.
Te entrego mis labios con dulce emoción,
y me vuelvo tu ángel en cada plegaria.
Remediamos errores que el tiempo dejó,
y el rencor por fin se marchó.
Olvido defectos, abrazo tu ser,
como quien aprende de nuevo a probar su fe.
Derramo mis lágrimas sin ocultar,
lo mucho que llegaste a significar.
La vergüenza se aleja, el miedo también,
porque hablar de este amor me hace bien.
El vacío se esfuma, deja de doler,
y escucho tu corazón volver a latir.
Nos perdonamos, dejamos atrás,
las huellas que el tiempo no pudo borrar.
Y vuelvo a nacer en tu inmensidad,
cubierta de luz y buena voluntad.
Al saber que tu amor responde al mío,
como el mar responde al llamado del río.