ser o ser amada

Introduccion.

El concierto en la playa no había sido un espectáculo más; para Otto, fue una verdadera fractura en la realidad. Desde esa noche, la existencia entera le sabía a ceniza y mar amargo. Esa chica le había dejado algo peor que un fantasma en la memoria: una herida invisible en el tórax que ardía con un pulso ajeno. Ni el agua helada, ni el alcohol quemante, ni el ruido sordo de la ciudad lograban borrar la marca que esa mirada le había estampado en la piel.

Recorrió cada rincón, cada callejón sumido en la penumbra, preguntando a sombra tras sombra. Nadie la conocía. Nadie la había visto jamás. ¿Una quimera? ¿El delirio febril de un músico solitario? Imposible. Él recordaba la densidad de su presencia, la forma en que esos ojos lo habían desnudado, reclamándolo como suyo antes de evaporarse en la bruma marina. Su mente no poseía la arquitectura para inventarse semejante enigma.

Entonces la certeza lo atravesó como una descarga eléctrica: ella no pertenecía a este suelo. Era un destello caído de un firmamento desconocido.

La idea lo arrancó de las sábanas con un ahogo. Con el pecho retumbando como un tambor frenético y el cerebro ardiendo en fiebres de revelación, se abalanzó sobre su libreta. Tenía que arrancarse ese veneno dulce del cuerpo o terminar de tragárselo entero. Con dedos temblorosos, el lápiz desgarró el papel entre acordes furiosos y versos desesperados.

«La casa en la playa... tiene que estar ahí», musitó, como quien pronuncia un conjuro sagrado.

Avanzó por la costa sumido en un trance, arrastrado por una gravedad invisible. Y allí estaba. La vieja casona golpeada por los años, devorada por la sal y el abandono que el pueblo juraba desierta. Pero esa noche no estaba muerta. Una luz amarillenta y tibia se filtraba entre las rendijas como un latido atrapado. Y en la fachada, una puerta deslumbrante: de un azul tan profundo y abisal que parecía tallada con un pedazo de noche eterna. Un portal que desafiaba a este mundo.

Otto apretó la madera de su guitarra contra las costillas, sintiendo el pánico treparle por la columna, doblegado por una obsesión que le abrasaba la sangre. No golpeó la madera. No rasgó el aire gritando su nombre.

Afinó el alma y cantó.

Cantó con la garganta deshecha, entregando cada fibra a un ser que ansiaba desesperadamente real, necesitando que fuera más que una grieta de locura en su soledad. Su voz resonó ronca, rota, visceral:

«Te busqué en la penumbra de cada calle.

Si te escondes en el abismo, hasta allá te encuentro.

Porque fuiste mía desde que tu luz me atravesó esa noche.»

Un hondo silencio devoró la costa. El océano contuvo su oleaje y el viento se detuvo en seco, como si la naturaleza entera aguantara la respiración para escuchar.

La puerta crujió. Un sonido milenario, pausado, como el suspiro de algo que aguardó eones por esta frecuencia.

El umbral se abrió apenas para dejar fluir una sombra y, tras ella, la visión. Descalza. Envuelta en el mismo vestido cuajado de constelaciones vivas. Una cascada de rizos oscuros brillaba a contraluz, reflejando el fuego tenue del interior.

Le sostuvo la mirada y, despacio, curvó los labios. Una sonrisa diminuta, cargada de una complicidad infinita, como diciendo: te tardaste.

—¿Sabías que vendría? —susurró Otto, con la voz hecha trizas.

Ella ladeó la cabeza, contemplándolo con una ternura cósmica. —Te esperé en la orilla. Sabía que no podrías escapar de mi rastro.




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