Serendipia

Prólogo

Hay momentos en la vida que parecen insignificantes, fragmentos de tiempo que desechamos como si fueran polvo en los zapatos. Un gesto torpe al acomodarse el cabello, una palabra dicha al azar mientras esperas el cambio del semáforo, o ese paso equivocado que te hace tropezar en una acera irregular. Caminamos por el mundo creyendo que tenemos el control, trazando líneas rectas sobre mapas que ya conocemos de memoria. Y, sin embargo, esos mismos instantes mínimos son los que tienen el poder de fracturar nuestra realidad y cambiarlo todo.

Yo no buscaba que nada cambiará. Me había vuelto una experta en la arquitectura de la seguridad. Mi vida estaba construida con cimientos de muros invisibles: la calidez controlada de una taza de café entre las manos, el aroma a papel viejo de los libros que servían como escudo, y esos silencios prolongados que me protegían de todo lo que alguna vez dolió. El silencio no pregunta, el silencio no traiciona. En mi rutina, el eco de mi propia soledad era una melodía cómoda, una que sabía tararear sin miedo a desafinar.

Pero entonces, el destino —o quizás solo la física de un cuerpo en movimiento— decidió que mi burbuja era demasiado pequeña.

Apareció él. No llego con el estruendo de un rayo ni con la pompa de un héroe de novela. No era alguien que tuviera todas las respuestas grabadas en la mirada, ni traía consigo un mapa para salvarme. Solo era un chico. Un chico con una guitarra al hombro que parecía pesarle más que sus propios pensamientos, un acento extraño que bailaba entre las sílabas como si buscara su lugar en el mundo, y una distracción que terminó en desastre.

Un tropiezo. El calor del líquido oscuro extendiéndose sobre el papel blanco de mi libreta, borrando palabras que nunca llegue a terminar. Un accidente. Eso fue lo que me dije en aquel momento mientras veía las manchas de café avanzar como una marea sobre mis notas. Nada más que eso…y, al mismo tiempo, fue la primera grieta por la que entró la luz. Fue todo lo que necesitaba para que mi mundo, ese que yo mantenía tan pequeño y bajo llave, se volviera de pronto un poco más grande, un poco más brillante, un poco más mío.

Esta es la historia de cómo la gravedad y el azar se confabularon. Es la crónica de cómo un encuentro inesperado puede abrirte la puerta a algo que, en mis noches mas cinicas, nunca creí posible: la valentía de volver a confiar, la dulzura de lo que no puedes planear y la certeza de que, a veces, los caminos no se cruzan por error. Se cruzan para enseñarte que, después de tanto tiempo solo sobreviviendo, finalmente es hora de aprender a vivir de nuevo.




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