El otoño siempre traia consigo esa melancolía plateada que se filtraba por las grietas de la ciudad. Para muchos, la lluvia era un inconveniente, un obstáculo mojado entre la oficina y el hogar; para mi, era el telón de fondo perfecto para desaparecer.
Camine con paso apresurado, evitando los charcos que reflejan los carteles de neón apagados, hasta que el letrero de madera desgastada apareció ante mi. “Serendipia”. Era irónico que la cafetería tuviera ese nombre, cuando mi vida era lo opuesto a un hallazgo afortunado. Al empujar la puerta, el tintineo de la campana anunció mi llegada, un sonido familiar que siempre me daba la bienvenida como un viejo amigo.
El aroma a café recién molido, denso y tostado, me envolvió de inmediato, entibiando la punta de mi nariz congelada. Adentro, el mundo funcionaba a otra velocidad. Había algo en las luces cálidas de tono ámbar, en las plantas que caían como cascadas verdes desde el techo y en los estantes atiborrados de libros con lomos desgastados que me hacían sentir que el tiempo se detenía. Aquí, el ruido del tráfico se convertía en un murmullo lejano y las preocupaciones pierden su filo.
—¿Lo de siempre, verdad?—preguntó la barista con una sonrisa amable.
Asentí en silencio, agradeciendo que no forzara una conversación. Tomé mi vaso humeante y me dirigí a “mi mesa”. Estaba situada al fondo, cerca de un ventanal que daba a un callejón estrecho, protegida por una estantería de enciclopedias viejas. Era mi fortaleza de cristal.
Me acomode, quitándome la bufanda con lentitud, y saque mi posesión más valiosa: una libreta de cuero verde oscuro, con las paginas un poco amarillentas y los bordes gastados de tanto viajar en mi bolso. Al abrirla, el olor a papel y tinta me dio una paz que nada más podía ofrecerme. Escribir no era un pasatiempo para mi; era mi forma de respirar, de vaciar el peso que cargaba en el pecho para que mis pulmones tuvieran espacio de nuevo.
Me quedé mirando la página en blanco durante unos minutos. La lluvia golpeaba los cristales con una cadencia rítmica, un golpeteo suave, casi tímido. Tome el lápiz y, sin pensarlo mucho, deje que la mano se moviera sola. Las palabras salieron con una honestidad que me asusto:
“¿Cómo volver a confiar en alguien cuando todavía me tiemblan las manos al recordar lo que me dolió? ¿Es posible reconstruir una casa sobre cimientos que fueron reducidos a cenizas?”
Cerré los ojos y tomé un sorbo de mi café. El calor bajó por mi garganta, anclando al presente. No habia ido alli solo por la cafeina; habia ido para convencerme de que podía existir en el mundo sin ser lastimada. Mi burbuja era perfecta: libros, café y la seguridad de ser una observadora invisible. Observe a una pareja en la esquina discutiendo en susurros y a un anciano leyendo el periodico con una lupa. Todos eran personajes en mi guión silencioso, piezas de un rompecabezas que no me incluía.
No buscaba una aventura. No buscaba una señal. Solo buscaba que el día terminara sin que nada rompiera mi frágil estructura de cristal. Pero el destino, como suele ocurrir, disfruta rompiendo las estructuras que más nos forzamos a proteger.
La lluvia arreció, transformándose en una cortina blanca que borraba las montañas que rodean al pueblo. A través del cristal empañado, las luces de los faroles de hierro de la calle principal empezaban a encenderse, proyectando reflejos temblorosos sobre las piedras mojadas. En este rincón del mundo, el otoño no solo se sentía, se respiraba en el aire frío que lograba colarse cada vez que alguien abría la pesada puerta de madera de la cafetería.
Estaba absorta en el trazo de mi lápiz cuando el tintineo de la campana sonó con una urgencia distinta. No fue la entrada pausada de un cliente local. Fue una irrupción de aire helado y humedad.
Levanté la vista casi por instinto.
Él estaba allí, de pie junto al umbral, como si acabara de escapar de un naufragio en tierra firme. Estaba empapado; el agua escurría de su chaqueta oscura y se acumulaba en pequeñas pozas a sus pies. Lo primero que noté no fue su rostro, sino la funda de una guitarra que cargaba al hombro con un celo casi protector, asegurándose de que el instrumento no sufriera por la tormenta.
Se sacudió el cabello con una torpeza que me pareció extrañamente genuina. Tenía el pelo algo largo, y los mechones húmedos se le pegaban a la frente, ocultando a medias unos ojos que escaneaban el lugar con una mezcla de nervios y timidez. Parecía un pez fuera del agua, o mejor dicho, un extraño que acababa de aterrizar en un planeta desconocido.
Caminó hacia la barra con pasos inseguros. Sus botas hacían un eco rítmico sobre el suelo de baldosa. Al llegar frente a la barista, dudó un segundo antes de hablar.
—Un café americano, por favor —dijo.
Su voz me obligó a soltar el lápiz. Tenía un acento extraño, una cadencia que no pertenecía a estas tierras, ni siquiera a los estados vecinos. Era una pronunciación suave, casi musical, como si estuviera tratando con cuidado cada sílaba para no romperla. Había algo cálido en su tono, una vibración que contrastaba con el frío que traía pegado a la ropa.
Me quedé observándolo más de lo que dictaba la cortesía. Había algo en su perfil, en la forma en que inclinaba la cabeza mientras esperaba su pedido, que transmitía una soledad similar a la mía, pero de un tipo diferente: la de quien está lejos de casa.
Cuando la barista le entregó el vaso humeante, él asintió con una reverencia mínima, casi imperceptible, antes de girarse para buscar dónde sentarse. El lugar estaba relativamente lleno, y el vaho de la lluvia dificultaba la visibilidad. Él avanzó por el pasillo estrecho entre las mesas, cargando el café en una mano y ajustando la correa de su guitarra con la otra.
Yo bajé la mirada rápidamente a mi libreta, fingiendo una concentración que ya se había evaporado. Podía sentir sus pasos acercándose. Mi mesa era la última del rincón, el lugar más privado. Quizás por la prisa de soltar el peso de la guitarra, o quizás porque el suelo estaba resbaladizo por su propia ropa húmeda, el destino decidió manifestarse en un movimiento torpe.