Serendipia

Capitulo 2: El diario de Sofia

Salir de la cafetería fue como abandonar un refugio climatizado para enfrentarse a la cruda realidad del otoño. La lluvia ya no caía con la furia de antes; ahora era apenas una llovizna persistente, una neblina densa que se quedaba suspendida entre los tejados de teja roja y los balcones de hierro del pueblo.

​Caminé a paso lento, dejando que el frío me mordiera un poco las mejillas. Mis botas resonaban contra las piedras mojadas de la calle principal, un sonido rítmico que solía relajarme, pero hoy mi mente estaba en otra parte. Inconscientemente, buscaba entre la gente que caminaba bajo sus paraguas una funda de guitarra oscura o un cabello húmedo que no perteneciera a este lugar. Pero él ya se había disuelto en la grisura del atardecer.

​Cuando finalmente llegué a casa, el silencio me recibió en el umbral. Siempre me había gustado el silencio de mi hogar; lo sentía como un abrazo cálido, una barrera infranqueable contra el caos exterior. Subí las escaleras de madera que crujían bajo mi peso, me quité el abrigo pesado y lo colgué detrás de la puerta.

​Mi habitación estaba en penumbra, teñida por la luz azulada que se filtraba por la ventana. No encendí la lámpara de inmediato. Me quedé un momento allí de pie, en medio del cuarto, sintiendo cómo el aroma del café de la mañana todavía se aferraba a mi ropa. Me acerqué al escritorio y dejé la libreta verde sobre la madera clara.

​Al abrirla, vi la mancha. Ya no estaba húmeda, pero el papel se había ondulado, creando una topografía nueva sobre mis palabras. Pasé las yemas de los dedos por la rugosidad. Era extraño: esa mancha debería haberme molestado. Soy una persona de orden, de márgenes limpios y páginas impecables. Sin embargo, al ver el rastro del café americano, sentí un cosquilleo en el estómago que no era irritación. Era... curiosidad.

​Me dejé caer en la silla y, por fin, encendí la pequeña lámpara de escritorio. La luz cálida bañó el papel.

​—Mianhae —susurré para mí misma, tratando de recuperar el sonido exacto de su voz.

​Era una palabra pequeña, pero en mi habitación vacía, pareció llenarlo todo. Me pregunté qué estaría haciendo él en ese momento. ¿Tendría un lugar donde secarse? ¿Estaría tocando esa guitarra en algún hostal barato del pueblo o en una casa de huéspedes oculta entre los callejones?

​No sabía su nombre. No sabía si era un viajero de paso o si el destino lo había arrojado aquí por una razón más permanente. Solo sabía que su torpeza me había resultado entrañable, una vulnerabilidad que no intentó esconder detrás de una máscara de orgullo. Él simplemente se había mostrado así: empapado, nervioso y genuino.

​Saqué mi diario personal, el que guardaba bajo una pila de libros, y apoyé el mentón en la mano. El lápiz bailó entre mis dedos antes de tocar el papel. Tenía miedo de escribirlo, como si al ponerlo en palabras lo hiciera demasiado real, demasiado peligroso. Pero mi corazón ya había tomado una decisión.

"No sé si debería pensar en él..." comencé a escribir, y el grafito se hundió con fuerza en la página. "No sé si es correcto dejar que un extraño ocupe tanto espacio después de apenas diez minutos de conocerlo. He pasado tanto tiempo reforzando los muros, asegurándome de que nadie pueda entrar para romper nada, que ahora que alguien simplemente tropezó con la puerta, no sé cómo reaccionar."

​Me recosté en la silla, dejando que el respaldo de madera crujiera bajo mi peso. Mis ojos se perdieron en las sombras del techo mientras mi mente, traicionera y ágil, regresaba a la cafetería una y otra vez.

​Es curioso cómo funciona la memoria. Podía recordar con una nitidez asombrosa la forma en que sus dedos largos, un poco pálidos por el frío, temblaban ligeramente mientras intentaba rescatar mi libreta del desastre. No era una torpeza descuidada; era la torpeza de alguien que se preocupa demasiado. Y ese acento... "Mianhae". La palabra seguía vibrando en mis oídos, suave y extranjera, como una nota musical que no encaja en la partitura pero que, de alguna manera, la hace sonar mejor.

"¿Es correcto que alguien que apenas conozco se quede dando vueltas en mi cabeza como una canción inacabada?", escribí, dejando que la pregunta flotara en el papel.

​La verdad era que me asustaba. Durante mucho tiempo, mi mundo había sido un lugar de perímetros estrictos. Después de Daniel, aprendí que dejar entrar a alguien era otorgarle el poder de desordenarlo todo, de decirte quién eres hasta que terminas creyéndotelo. Daniel siempre decía que yo era "inestable", que necesitaba su guía para no perderme en mis propios silencios. Y durante un tiempo, me convertí en su proyecto, en una versión de mí misma que siempre pedía permiso para existir.

​Por eso, este chico de la guitarra era una amenaza... y al mismo tiempo, un alivio. Él no parecía querer guiar a nadie; ni siquiera parecía poder guiarse a sí mismo a través de una cafetería sin tropezar. Había una igualdad en su vulnerabilidad que me hacía sentir extrañamente segura.

​Me levanté y caminé hacia la ventana. La lluvia había cesado finalmente, dejando tras de sí un mundo brillante y húmedo. Los tejados del pueblo reflejaban la poca luz que quedaba del atardecer, y el olor a tierra mojada subía desde el jardín. Pensé en él, en algún lugar ahí fuera, quizás afinando su guitarra o mirando esta misma luna nublada desde una habitación extraña.

"¿Será que los caminos se cruzan porque tienen que cruzarse, o solo porque el mundo es un lugar demasiado pequeño para que no suceda?" Esa frase me detuvo. No era solo sobre él. Se trataba de mí. Se trataba de darme cuenta de que, por primera vez en meses, no estaba pensando en lo que perdí, sino en lo que podría encontrar. No era amor —sería absurdo llamarlo así—, pero era una chispa. Una curiosidad que me hacía sentir valiente, aunque esa valentía se sintiera tan frágil como el papel mojado de mi libreta.




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