Serendipia

Capitulo 3: Recuerdos y Nuevas Melodías

El amanecer en el pueblo trajo consigo una claridad engañosa. El cielo estaba despejado, de un azul tan intenso que lastimaba los ojos, pero el aire seguía conservando ese filo helado que te obligaba a hundir las manos en los bolsillos. Caminé hacia la cafetería con el paso más pesado que de costumbre. Mi rutina, que antes era mi armadura, hoy se sentía como una ropa que me quedaba apretada.

​No quería admitirlo, pero mis ojos escaneaban cada esquina empedrada, cada banca de la plaza, buscando una funda de guitarra negra. Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, me detuve en seco frente a la fuente de la plaza central.

​—Detente, Sofía —me reprendí en un susurro.

​Esa chispa de curiosidad que sentí anoche en mi diario, bajo la luz segura de mi lámpara, ahora se sentía como una amenaza bajo la luz del sol. El miedo, ese viejo perro fiel que nunca me abandonaba, empezó a ladrar. De pronto, no recordaba el acento dulce del chico, sino la voz de Daniel.

​Daniel solía aparecer así, como un día despejado. Con palabras que parecían promesas y gestos que me hacían sentir el centro de su universo. Me recordé a mí misma, años atrás, sentada en esta misma plaza, esperando a un hombre que me convenció de que mis silencios eran una enfermedad que solo él podía curar. Me hizo creer que fuera de su sombra, yo era alguien "inestable", alguien incapaz de sostenerse por sí misma. Y cuando se fue, no solo se llevó su amor; se llevó mi confianza, dejándome las manos vacías y un miedo crónico a los desconocidos que sonríen demasiado.

​"No te dejes engañar por un café derramado", me dije. La memoria tiene esa forma cruel de colarse cuando intentas dar un paso al frente, recordándote dónde están los baches para que no te atrevas a correr.

​Aun así, mis pies me llevaron a la puerta de madera de la cafetería. El tintineo de la campana me recibió con el aroma de siempre, pero hoy el lugar estaba casi vacío. La luz de la mañana entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire.

​Me dirigí a mi mesa del rincón, casi con la esperanza de que estuviera vacía para poder lamer mis heridas en paz. Me senté, saqué mi libreta verde —la de la mancha rugosa— y me quedé mirando la página en blanco. El nudo en mi pecho no se soltaba. Recordé cómo Daniel decía que yo era "su proyecto", que él me "arreglaría".

​Suspiré, tratando de alejar esos fantasmas. No quería ser el proyecto de nadie. No quería que nadie viniera a salvarme. Solo quería... quizás, solo quería que alguien se sentara conmigo sin intentar cambiar el color de mis pensamientos.

​Estaba tan sumergida en ese duelo interno con mi pasado que no escuché la puerta. Ni siquiera escuché los pasos. Solo percibí el cambio en el aire, ese aroma a ozono y madera que ahora mi cerebro reconocía sin mi permiso.

​—Hola... —una voz tímida, cargada de ese acento que arrastraba las vocales, rompió el silencio de mi rincón.

​Alcé la vista. Mi corazón dio un vuelco que me quitó el aire. Allí estaba él. No era una alucinación de mi diario. Era el chico, y por la forma en que sus manos apretaban la correa de su guitarra, él estaba tan aterrado de estar allí como yo de verlo.

​Él se quedó allí, a un par de pasos de mi mesa, balanceándose ligeramente sobre los talones. Llevaba la misma chaqueta oscura, pero hoy no goteaba agua, sino que parecía haber absorbido el aroma del aire fresco de la montaña. Sus ojos recorrieron el lugar antes de aterrizar en los míos, y juraría que vi un destello de alivio en ellos al encontrarme.

​—Hola… —dijo de nuevo, casi en un susurro.

​—Hola —respondí. Mi voz sonó un poco más firme de lo que esperaba, aunque por dentro mis pensamientos seguían peleando con el fantasma de Daniel.

​Señaló con un gesto tímido la silla vacía frente a mí.

—¿Está… está ocupado?

​Dudé un segundo. Mi "fortaleza de cristal" estaba a punto de ser invadida oficialmente. Miré mi libreta, luego su rostro expectante, y finalmente asentí.

—No. Siéntate.

​Él se sentó con una delicadeza extrema, como si la silla fuera a romperse. Dejó la funda de la guitarra apoyada contra la mesa con un cuidado casi maternal. Me sorprendió que recordara dónde me sentaba.

​—No pensé que volvería a verte tan pronto —dijo, rompiendo el silencio. Su acento hoy sonaba más melódico, menos apresurado.

​—Yo… tampoco lo esperaba —admití, sintiendo un calor traicionero subir por mi cuello—. ¿Vienes seguido por aquí?

​—Estoy buscando… inspiración —dijo, buscando la palabra en español mientras hacía un gesto con las manos como si atrapara algo en el aire—. Este pueblo es muy… ¿yeppeo? Hermoso. Como una pintura que no termina de secarse.

​Sonreí sin querer. Su forma de describir las cosas tenía una luz que Daniel nunca tuvo. Daniel veía el mundo como algo que debía ser controlado; el chico lo veía como algo que lo asombraba.

​Sin decir mucho más, sacó su cuaderno de partituras de la mochila. Estaba lleno de tachaduras, flechas y notas musicales que parecían hormigas marchando en desorden. Lo deslizó sobre la mesa hacia mí, con una mezcla de orgullo y timidez.

​—He estado trabajando en esto desde ayer —explicó, señalando un compás específico—. Es la melodía del café derramado.




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