Horas después, el movimiento lo arrancó del sueño pesado.
Se removió incómodo al sentir el frío en su espalda. Luego, una luz tenue, filtrada por la ventana empañada, lo hizo terminar de abrir los ojos. Fue extraño, parecía que al cielo le había dado por cambiar de color más allá de alguna frontera invisible.
Por la somnolencia no supo distinguir dónde estaba. Ni por qué le dolía el cuello, o por qué sentía el pecho tan apretado. Afuera, el paisaje se movía rápido, pero no lo suficiente para que no pudiera notar unas pequeñas islas flotantes, conectadas una a una por puentes de madera reforzados.
Se alcanzaban a ver construcciones desde la distancia, apenas lo justo como para poder apreciarlas de verdad.
—…ah —fue lo único que pudo articular, entre el cansancio y la sorpresa.
Respiró hondo. El plan, con todo y sus contratiempos, había funcionado. No había matado nuevamente; además, ni la cría o él habían salido heridos.
Ahí fue cuando la sintió moverse contra su costado. La cachorra lo observaba, alerta, con las orejas bajas y los ojos demasiado fijos en él. No temblaba ni hacía ruido. Pero había algo en su quietud que no era normal.
—Hey… —habló Leo.
Solo hasta entonces, ella respondió con un pequeño quejido, fastidiada, luego se le subió a las piernas, tal vez convencida que ese llamado era suficiente permiso como para tomar la iniciativa.
Él contuvo una sonrisa de ternura que estuvo a punto de escapársele, no comentó nada más. Todavía estaba incrédulo ante los sucesos y las decisiones que había tomado en los últimos días.
Recorrió el compartimiento con la mirada, aún dispuesto a defenderse. No fue necesario: su mochila cerrada permanecía en el suelo, nadie llamaba a la puerta. Todo estaba en perfecto orden.
Usó toda su fuerza de voluntad para estirarse apenas para alcanzar la mochila. Deslizó el cierre con cuidado, atento a cualquier ruido en el pasillo, y rebuscó hasta dar con lo poco que había sobrevivido al viaje: un trozo de pan ya seco, la carne envuelta y hasta el fondo, los caramelos blandos, casi derretidos.
Partió la comida en trozos pequeños y se los ofreció directo. La cachorra, como siempre, olfateó primero. Después, comió con torpeza, levantando la cabeza a cada sacudida del tren.
Leo tomó uno de los caramelos y lo sostuvo entre los dedos. Tras una pausa, se lo ofreció. Ella lo mordisqueó, casi llevándose un dedo del joven. Parecía sorprendida por el dulzor. Lo devoró completo.
—Despacio —murmuró—. Nadie nos va a quitar esto.
Cuando terminó, la cría se lamió las patas delanteras y soltó un bostezo. Estaba agotada. Él también, a pesar de haber dormido: su cuerpo exigía descanso; la mente, no se lo otorgaba.
Movió una mano para acomodar la mochila y entonces lo notó. No de inmediato, primero tuvo esa sensación incómoda, de que su propio cuerpo comenzaba a sentirse diferente. Bajó la vista a sus manos.
Las uñas estaban más largas que la última vez que se atrevió a mirarlas. Oscuras, más curvas, con un nuevo filo incómodo cuando las sintió con las yemas de los dedos.
Entrecerró los ojos, analizando.
Recordó de golpe el momento en que había tocado el grimorio, el extraño estallido de magia, el desmayo. Neri antes y después de haberse transformado en aquella criatura mitad zorro, mitad persona.
Lo pensó un segundo, entonces, casi por inercia, metió la mano en el abrigo. Necesitaba comprobarlo. Sus dedos encontraron primero el borde duro del grimorio y la pluma de cristal, —demasiado pesados para ser objetos mágicos tan pequeños—. Al sacarlos, algo más se deslizó. El diario: un simple cuaderno, poco más grande que el grimorio, pero infinitamente más personal.
No notó el vaivén del tren, el zumbido irregular del sistema eléctrico o el olor persistente a carbón y aceite caliente después de eso, Incluso la tensión de su cuerpo y esa nitidez incómoda en los sentidos quedaron relegadas a un rincón de su mente que aún no estaba dispuesto a enfrentar. Todo se apagó, salvo el peso de lo que había hecho.
El grimorio y la pluma descansaban olvidados en su mano. No los soltó de inmediato, pero tampoco les prestó atención. Era más importante decidir si iba a leer o a ignorar el contenido.
Lo sostuvo sin abrirlo primero. Sabía perfectamente que lo que podía encontrar no sería fácil de digerir, pero el recuerdo del último hechizo escrito cruzó su mente con suficiente claridad: las palabras trazadas a prisa, la intención desesperada. Neri había hecho algo demasiado definitivo con su hija antes de morir. Leo no sabía si ella comprendía bien las consecuencias, o si había actuado por puro instinto, por miedo, por amor. Tal vez por todo al mismo tiempo.
Leer ese diario significaba aceptar que no había sido un accidente, que había una historia detrás. Implicaba renunciar a la comodidad de no saber, de enfrentarse a la posibilidad de saber que Neri lo habría considerado un enemigo en algún momento. Luego, sintió que no tenía derecho a tener miedo.
Finalmente, pasó la página conteniendo el aliento.
Al principio no encontró una confesión ni una advertencia o un mensaje grandilocuente. Era una libreta común, con anotaciones dispersas y dibujitos tiernos absurdos, de una vida que todavía se creía normal. Las primeras páginas estaban llenas de tareas incompletas, apuntes sin importancia, números y nombres que ya no tenían significado. La letra era distinta: más suave, ligeramente cursiva, bonita, como todo lo que la involucraba.
Y entonces, sin transición, hubo un cambio.
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No sé por qué estoy escribiendo esto.
Llegué a casa hace menos de una hora. Mamá estaba dormida, papá también… no quise despertarlos. Subí directo a mi habitación y cerré la puerta con cuidado, no estoy lista para hablarlo en voz alta.
Tengo todavía el abrigo puesto.
No puedo dejar de ver esa luz.
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Editado: 01.01.2026