Si el Destino Lo Quiere

13

El resto de la mañana transcurrió con relativa tranquilidad.

Mis padres iban y venían por la casa.

Mi mamá insistía en preguntarme cada diez minutos si tenía hambre.

Mi papá revisaba cosas del jardín.

Y David...

Bueno.

David parecía haberse instalado oficialmente.

Después de desayunar había desaparecido durante varias horas.

Sin decir demasiado.

Solo que tenía que hacer unas cosas.

Yo tampoco pregunté.

Estaba demasiado ocupada intentando encontrar una posición cómoda para sentarme.

Algo que parecía imposible.

Si me sentaba recta me dolía la espalda.

Si me recostaba demasiado sentía presión en las costillas.

Si me acostaba de lado los bebés protestaban.

Y si me quedaba quieta demasiado tiempo necesitaba ir al baño.

Definitivamente el embarazo gemelar no era precisamente cómodo.

A media mañana escuché el timbre.

Y pocos segundos después una voz conocida atravesó toda la casa.

—¡CAMILAAAA!

Sonreí automáticamente.

—Sandra.

Mi mejor amiga apareció por la puerta de la habitación cargando varias bolsas.

Muchas.

Demasiadas.

—¿Qué es todo eso?

Pregunté.

—Prioridades.

Respondió.

—Sandra...

—Son regalos para mis sobrinos.

—Ni siquiera son tus sobrinos de sangre.

—Detalles técnicos.

La vi comenzar a sacar cosas.

Mamelucos.

Baberos.

Mantitas.

Juguetes.

Peluches.

Y cada cosa parecía más ridícula que la anterior.

—¿Qué dice ahí?

Pregunté tomando uno de los mamelucos.

Sandra sonrió orgullosa.

—"Soy el favorito de mi tía".

—Sandra...

—Compré dos.

—Claro que compraste dos.

Luego apareció otro.

—"Mi tía dice que soy perfecto".

Y otro.

—"Mi tía me deja hacer lo que quiera".

No pude evitar reír.

—Vas a malcriarlos.

—Ese es exactamente mi plan.

Sandra se sentó a mi lado.

Apoyando una mano sobre mi vientre.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Exijo ser madrina.

—¿Exiges?

—Sí.

—¿Y si ya tengo madrinas pensadas?

—Imposible.

—¿Por qué?

Sandra me miró como si acabara de decir la tontería más grande del mundo.

—Porque yo estuve aquí cuando llorabas por David, cuando llorabas por el embarazo que perdiste, cuando te fuiste de la ciudad, cuando te mudaste, cuando descubriste a estos dos terremotos, cuando vomitabas, cuando no sabías qué hacer y cuando estabas aterrada.

Me señaló acusadoramente.

—Yo me gané ese puesto.

Sonreí.

Porque tenía razón.

Había estado conmigo siempre.

En todo.

—Está bien.

Sandra abrió los ojos.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Soy madrina?

—Sí.

—¿De los dos?

—No abuses.

Ella soltó una carcajada.

Y me abrazó con cuidado.

—Te quiero.

—Yo también.

Durante el almuerzo seguimos hablando.

Y fue entonces cuando apareció nuevamente David.

Solo que esta vez no venía solo.

Escuchamos un camión estacionarse afuera.

Luego otro vehículo.

Después varias personas entrando y saliendo.

—¿Qué está pasando?

Pregunté.

David apareció en la puerta.

—Nada importante.

Eso significaba exactamente lo contrario.

Media hora después descubrí que había comprado un sofá cama enorme.

Mucho más cómodo que el anterior.

Además de una pequeña mesa auxiliar.

Una lámpara.

Y varias cosas más.

—David.

—¿Sí?

—¿Por qué?

—Porque el otro sofá intentó asesinarme.

Sandra se rió.

Yo también.

Y eso pareció bastarle.

Pero no era todo.

Porque luego comenzaron a entrar bolsas.

Muchas bolsas.

Compras.

Frutas.

Jugos.

Snacks.

Galletas.

Y una cantidad absurda de dulces.

—¿Compraste medio supermercado?

—Tal vez.

—David.

—Tenías antojos.

No pude discutir eso.

Especialmente cuando encontré fresas.

Chocolate.

Helado.

Y varios postres.

—Te odio.

—No es cierto.

Y tenía razón.

Porque cinco minutos después estaba comiéndome uno de los postres.

Felizmente.

Por la tarde los bebés estuvieron especialmente activos.

Y yo especialmente incómoda.

Cada pocos minutos cambiaba de posición.

Luego caminaba.

Luego regresaba.

Luego volvía a levantarme.

Hasta que cerca de las seis de la tarde volvió a sonar el timbre.

Fran.

Entró saludando a todos.

Y enseguida se acercó a mí.

—¿Cómo estás?

—Incómoda.

—Eso es mejor que mal.

—Supongo.

Se sentó frente a mí.

Y después de hablar unos minutos soltó la pregunta.

—¿Has pensado en volver a trabajar?

David levantó la cabeza inmediatamente.

—¿Qué?

Fran ni siquiera lo miró.

—La oficina necesita ayuda y sinceramente necesitamos tu experiencia.

—Está embarazada.

Respondió David.

—Lo sé.

—Necesita descansar.

—También lo sé.

Los observé.

Porque ya conocía esa tensión.

Y sabía perfectamente hacia dónde iba.

—No soy una inválida.

Dije antes de que empezaran.

Ambos me miraron.

—Nunca dije eso.

Respondió David.

—Pero estás agotada.

Y tenía razón.

Muchísima razón.

—Lo estoy.

Reconocí.

—Los bebés me tienen destruida, no puedo estar sentada mucho tiempo, no puedo estar parada mucho tiempo, no puedo dormir bien. Voy al baño cada cinco minutos y para colmo el baño está fuera de la habitación.

Fran asintió.

—Por eso sería desde casa. Sin horarios rígidos. Sin presión. Solo algunos casos. Lo que puedas manejar.

—¿Y para qué?

Pregunté.

Fran sonrió.

—Porque además voy a aumentar tu salario.

Eso llamó inmediatamente mi atención.

—¿Qué?



#4720 en Novela romántica

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 10.08.2026

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