Aquella mañana comenzó como cualquier otra.
O al menos eso pensé cuando abrí los ojos.
Lo primero que sentí fue el peso de mi vientre.
Algo completamente normal a esas alturas.
Con siete meses de embarazo de gemelos ya había olvidado lo que era moverse con facilidad.
Dar la vuelta en la cama era una operación compleja.
Levantarme requería planificación.
Y ponerme los zapatos ya era prácticamente un deporte extremo.
—Buenos días.
Escuché la voz de David desde el sofá cama.
—No.
—¿No?
—Todavía no son buenos días.
David soltó una pequeña risa.
—Son las nueve.
—Precisamente.
Me tomó varios segundos incorporarme.
Y otros varios ponerme de pie.
Los bebés parecían haber decidido acomodarse exactamente donde más incómodo resultaba.
Emma presionaba mis costillas.
Matteo parecía disfrutar usando mi vejiga como trampolín.
Era un trabajo en equipo bastante eficiente.
—Tus hijos me odian.
—Nuestros hijos.
—Los tuyos.
—Nuestros.
—Los tuyos.
—Nuestros.
Lo ignoré.
Porque necesitaba ir al baño.
Urgentemente.
Como cada veinte minutos.
Después de la ducha llegó el problema.
Abrí el armario.
Tomé uno de los vestidos premamá que había estado usando las últimas semanas.
Intenté subirlo.
Y no pasó de la cintura.
Parpadeé.
Lo intenté otra vez.
Nada.
—No.
Probé con otro.
Peor.
Otro más.
Igual.
Otro.
Nada.
Otro.
Nada.
Otro.
Nada.
Sentí que el pánico comenzaba a aparecer.
—No. No. No. No.
Me negaba a aceptar aquello.
Tomé otro vestido.
Uno de los más amplios.
Y conseguí ponerlo.
Pero apenas.
Muy apenas.
Parecía una salchicha envuelta en tela.
Me quedé mirando mi reflejo.
Y sentí que algo dentro de mí se rompía.
Porque llevaba meses viendo crecer mi cuerpo.
Meses.
Y había aceptado cada cambio.
Las náuseas.
La espalda.
Los tobillos.
El cansancio.
Todo.
Pero aquella mañana...
Aquella mañana fue demasiado.
Porque no era solo el vestido.
Era todo.
Todo.
Los sostenes.
Los pijamas.
Las camisetas.
Los pantalones.
Los leggings.
Todo parecía haberse encogido durante la noche.
O yo había explotado.
Una de las dos.
Y sinceramente me inclinaba por la segunda opción.
Decidí ignorarlo.
Error.
Porque cuando fui a vestirme por completo descubrí algo peor.
Mucho peor.
El sostén no cerraba.
Simplemente no cerraba.
Y el que me estaba poniendo ya era dos tallas más grande de lo que usaba antes del embarazo.
Probé otro.
Nada.
Otro.
Nada.
Otro.
Peor.
—¿Qué pasa?
Escuché a David desde la habitación.
—Nada.
—Eso sonó exactamente como algo.
—Nada.
—Camila.
—¡Nada!
Hubo silencio.
Y después escuché cómo volvía a sentarse.
Sabía cuándo debía mantenerse lejos.
Pero entonces apareció el siguiente problema.
Los calzones.
Ni siquiera quería pensar en ello.
Porque también eran más grandes.
Y también apretaban.
Y también me hicieron sentir horrible.
Simplemente horrible.
Volví a mirarme al espejo.
Y las lágrimas aparecieron.
Sin avisar.
Sin permiso.
Sin control.
—Perfecto.
Murmuré.
—Perfecto.
Ahora ni mi ropa interior me queda.
Perfecto.
Y entonces ocurrió algo más.
Algo que terminó de destruir mi estabilidad emocional.
Una pequeña mancha apareció en la tela del sostén.
Fruncí el ceño.
Confundida.
Pensando que quizás era agua.
Hasta que comprendí lo que era.
Y me quedé inmóvil.
—No puede ser.
Miré otra vez.
Y después la otra copa.
Y ahí estaba.
Leche.
Poquísima.
Pero suficiente.
Sentí ganas de llorar otra vez.
Porque de pronto el embarazo se sintió aún más real.
Más cercano.
Más enorme.
Más aterrador.
Todo al mismo tiempo.
Mis bebés realmente estaban creciendo.
Mi cuerpo realmente estaba preparándose.
Y por alguna razón aquello me hizo sentir completamente sobrepasada.
Cinco minutos después estaba sentada sobre la cama llorando.
Con una montaña de ropa alrededor.
Y sintiéndome la persona más ridícula del planeta.
Fue exactamente en ese momento cuando David entró.
Y se detuvo.
Observando el desastre.
Vestidos.
Pijamas.
Sostenes.
Ropa por todas partes.
Y yo en medio.
Llorando.
—¿Qué pasó?
Preguntó inmediatamente.
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Claramente pasó algo.
—No.
—Camila.
—Soy una vaca.
David parpadeó.
—¿Qué?
—Una vaca.
—No eres una vaca.
—Sí lo soy.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—David, me sale leche.
El pobre hombre quedó congelado.
Completamente.
—¿Te... te sale qué?
—Leche.
Su cara fue tan absurda que incluso yo terminé riéndome entre lágrimas.
—¿Por qué estás haciendo esa cara?
—Porque no esperaba escuchar eso a las nueve de la mañana.
—Pues me sale leche.
—Bueno...
Titubeó.
—Eso es normal.
—Y mis sostenes no me quedan.
—Podemos comprar más.
—Y mis calzones tampoco.
—Compramos más.
—Y mis vestidos tampoco.
—Compramos más.
—Y estoy enorme.
David bajó la mirada hacia mi vientre.
Luego volvió a mirarme.
Y se acercó lentamente.
—Estás embarazada de dos bebés.
—Lo sé.
—Dos.
—Lo sé.
—Literalmente dos personas viven dentro de ti.
—Lo sé.
—Entonces no estás enorme, estás haciendo crecer a nuestros hijos. Eso es diferente.