Si el Destino Lo Quiere

EXTRA

A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.

No era dolor.

No era miedo.

No era tristeza.

O quizás era un poco de todo junto.

Últimamente lloraba por cualquier cosa.

Absolutamente cualquier cosa.

Una canción.

Un recuerdo.

Un comercial de televisión.

Un cachorro en internet.

Una fotografía.

Todo.

Y aquella mañana no fue diferente.

Desperté antes que David.

Permanecí varios minutos observando el techo.

Sintiendo a Emma y Matteo moverse lentamente dentro de mí.

Y entonces empecé a llorar.

Sin motivo aparente.

Simplemente lloré.

Lágrimas silenciosas.

Lentas.

Hasta que escuché movimiento a mi lado.

—¿Cami?

La voz de David salió somnolienta.

Giré la cabeza.

Y lo encontré incorporándose inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Estás llorando.

—Lo sé.

—¿Te duele algo?

—No.

—¿Los bebés?

—No.

—¿Entonces?

Solté una pequeña risa entre lágrimas.

—No sé.

David me observó varios segundos.

Y después hizo algo que me rompió todavía más.

Tomó una caja de pañuelos.

Se sentó junto a mí.

Y comenzó a secarme las lágrimas.

Como si fuera la cosa más normal del mundo.

Como si aquello no le molestara.

Como si no llevara meses con el corazón roto también.

—Las hormonas son crueles.

Dijo suavemente.

—Creo que sí.

—Definitivamente sí.

—Hoy estoy sensible.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

Y por alguna razón eso me hizo llorar todavía más.

—Soy una mala persona.

Murmuré.

David frunció el ceño inmediatamente.

—¿Qué?

—Soy una mala persona.

—¿De dónde salió eso?

—De todas partes.

Me limpié las lágrimas.

—Porque tú estás aquí.

—...

—Porque me ayudas, cuidas de mí, cuidas de los bebés, estás intentando hacer todo bien y yo...

Mi voz se quebró.

—Y yo no puedo perdonarte.

David se quedó inmóvil.

Completamente.

—Mi amor, Cami..

—...

—Mírame.

Levanté la vista.

Y encontré algo que no esperaba.

No había enojo.

No había frustración.

No había reclamos.

Solo amor.

Y eso me hizo sentir peor.

Mucho peor.

—No eres mala.

—Sí lo soy.

—No, mi amor.

—Sí.

—No lo eres, amor.

Su voz sonó firme.

Más firme de lo habitual.

—Lo que pasó fue culpa mía.

—...

—No tuya.

—...

—Tú no me debes nada, ni una explicación, ni una reconciliación, ni una segunda oportunidad, ni un perdón. Nada.

Sentí que me dolía el pecho.

—Pero tú sigues aquí.

—Porque quiero estar aquí.

—...

—Porque te amo, porque amo a nuestros hijos y porque aunque nunca volvieras conmigo... Seguiría queriendo cuidarte.

Las lágrimas volvieron.

Peor que antes.

—No hagas eso.

Susurré.

—¿Qué?

—Decir esas cosas.

—Son verdad.

—David...

—Son verdad.

Y entonces hizo algo que terminó de romperme.

Apoyó una mano sobre mi barriga.

Y sonrió.

Una sonrisa triste.

Hermosa.

Dolorosa.

—Si necesitas dos años. Esperaré.

—...

—Si necesitas cinco. Esperaré.

—...

—Y si algún día decides que no quieres volver conmigo... También lo aceptaré.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Porque aquella era precisamente la razón por la que resultaba tan difícil dejar de amarlo.

La tarde llegó más tranquila.

Y justo cuando pensaba que el día seguiría siendo emocionalmente agotador pero normal...

David apareció en la habitación con una carpeta enorme.

—¿Qué es eso?

Pregunté.

—Un problema.

—Eso no responde mi pregunta.

—Un problema adorable.

La colocó sobre mis piernas.

Y cuando la abrí descubrí decenas de hojas.

Presupuestos.

Fotografías.

Ideas.

Cotizaciones.

Decoraciones.

Pasteles.

Globos.

Centros de mesa.

Parpadeé.

—¿Qué es todo esto?

—El baby shower.

Me quedé congelada.

—¿Qué?

—El baby shower.

—David...

—No me mires así.

—David.

—¿Qué?

—No tenia pensado hacer nada.

—Precisamente, hay que organizarlo.

Rodé los ojos.

—¿Quién dice?

—Tu familia, mi familia, mis papás, tus papás, Jared, Sandra, Lourdes yPrácticamente todo el planeta.

No pude evitar reír.

—¿Y tú qué quieres?

Pregunté.

David tardó apenas un segundo.

—Quiero celebrarlos.

La respuesta salió tan sincera.

Tan rápida.

Tan honesta.

Que sentí un nudo en la garganta.

—David...

—Son nuestros bebés.

—Lo sé.

—Después de todo lo que pasó, después de todo lo que vivimos, todo lo que perdimos. Quiero celebrarlos, que sepan que los esperamos. Que los amamos y que ya tienen una familia enorme.

Tuve que apartar la mirada.

Porque estaba otra vez al borde del llanto.

—Pensé hacerlo en el jardín.

Continuó.

—...

—Hay espacio suficiente, podemos poner mesas, luces, decoración, música y comida.

Lo observé hablar.

Y por un momento pareció exactamente el hombre que conocí años atrás.

El hombre que soñaba con ser padre.

El hombre que planeaba cada detalle.

El hombre que imaginaba el futuro conmigo.

—Además.

Añadió.

—Ya tenemos que empezar a comprar cosas.

—¿Como qué?

—Todo.

—Eso no ayuda.

—Cunas, closets, colechos, sillas de auto, carriolas, monitores, ropa y todo lo que necesiten los bebés.

—David.

—¿Qué?

—Te estás emocionando demasiado.

—Son gemelos, tengo derecho.

Y aquello consiguió hacerme reír otra vez.

Pero cuando él dejó de hablar.



#1622 en Novela romántica

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 17.09.2026

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