Aquella última idea me acompañó durante días.
Demasiados días.
Más de los que estaba dispuesta a admitir.
Porque por más que intentara ignorarlo...
Por más que intentara convencerme de que ya había tomado una decisión...
Por más que me repitiera una y otra vez que David me había fallado...
La realidad era que cada día me costaba más verlo únicamente como el padre de mis hijos.
Y eso me aterraba.
Muchísimo.
Porque una parte de mí seguía enfadada.
Seguía dolida.
Seguía recordando aquella noche.
Aquella llamada.
Aquellas habitación.
Aquella traición.
Pero otra parte...
La parte que veía cada mañana.
Cada tarde.
Y cada noche.
Empezaba a recordar otras cosas.
La forma en que me ayudaba a levantarme.
La forma en que se agachaba para acomodarme las zapatillas cuando no llegaba.
La forma en que me ayudaba a sentarme.
A caminar.
A bañarme.
A comer.
La forma en que hablaba con Emma y Matteo.
Como si ya estuvieran ahí.
Como si pudieran responderle.
Y sobre todo...
La forma en que me miraba.
Como si siguiera siendo la única mujer del mundo.
Eso era precisamente lo que me estaba rompiendo por dentro.
Porque no sabía qué hacer con todo aquello.
No sabía cómo sentirme.
No sabía cómo separar el pasado del presente.
Y mientras yo luchaba con mis propios pensamientos...
David parecía estar viviendo una realidad completamente distinta.
Una donde ya estaba preparando la llegada de los bebés.
Y la prueba más clara fue la lista de regalos.
Aquella lista se convirtió en un proyecto de tiempo completo.
—Necesitamos una lista.
Dijo una mañana.
—¿Para qué?
David me miró como si hubiera dicho una barbaridad.
—Para el baby shower.
—Todavía falta.
—No importa.
—David.
—Los bebés no pueden improvisar.
Aquello me hizo reír.
—Son recién nacidos.
—Precisamente.
Durante las siguientes horas nos sentamos con una laptop.
Una libreta.
Y aproximadamente quinientas pestañas abiertas.
Cunas.
Colechos.
Moisés.
Sillas para auto.
Pañaleras.
Extractores.
Biberones.
Monitores.
Cámaras.
Hamacas.
Mantas.
Ropa.
Juguetes.
La lista parecía infinita.
—¿De verdad necesitan tantas cosas?
Pregunté.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo investigué.
—Eso me preocupa.
—A mí también.
Y lo peor era que realmente había investigado.
Muchísimo.
Tanto que empezó a corregirme.
—Ese modelo tiene mejores reseñas.
—David.
—Ese coche pesa menos.
—David.
—Esa cuna tiene mejor sistema de seguridad.
—David.
—¿Qué?
—Todavía faltan dos meses.
—Dos meses pasan rápido.
Y probablemente tenía razón.
Porque cada vez que me miraba al espejo parecía haber crecido otro poco.
Cada vez me cansaba más.
Dormía peor.
Y los bebés parecían estar entrenando para algún campeonato de boxeo dentro de mí.
Una tarde particularmente tranquila...
Mientras revisábamos una lista interminable de cosas para recién nacidos...
David soltó algo que no esperaba.
—Estoy pensando dejar la empresa.
Levanté la cabeza inmediatamente.
—¿Qué?
—La empresa.
—Te escuché.
David cerró la laptop.
—Quiero dejarla.
Parpadeé.
Porque de todas las cosas que podía esperar escuchar...
Aquella definitivamente no estaba entre ellas.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—David...
—¿Qué?
—Tú amas trabajar.
Guardó silencio.
—Lo sé.
—Eso ha sido tu vida desde siempre.
—Lo sé.
—Prácticamente creciste dentro de esa empresa.
—Lo sé.
Me observó unos segundos.
—Pero quiero estar con ellos.
Su mirada bajó hacia mi barriga.
—Quiero estar cuando nazcan, cuando aprendan a caminar, cuando hablen, cuando vayan a la escuela, cuando tengan miedo, cuando necesiten algo.
Sentí algo apretarse dentro de mí.
Porque podía escuchar la sinceridad en cada palabra.
—David...
—Tengo dinero suficiente para varias vidas.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Las acciones siguen generando ingresos, las inversiones también. No necesito trabajar.
—Pero quieres hacerlo.
Aquello lo hizo callar.
Porque sabía que tenía razón.
—No es lo mismo.
—¿Qué no es lo mismo?
—Antes.
Desvió la mirada.
—Antes todo era trabajo.
El silencio llenó la habitación.
—Y ahora...
Su mano volvió a apoyarse sobre mi vientre.
—Ahora son ellos.
Tuve que apartar la mirada.
Porque de pronto sentí demasiadas emociones juntas.
—No tomes una decisión tan importante por impulso.
David frunció el ceño.
—No es impulso.
—Sí lo es.
—No.
—Sí.
Lo señalé.
—Llevas pocos meses aterrado de perder a estos bebés.
—...
—Y ahora quieres abandonar toda tu vida profesional.
—Porque quiero ser padre.
—Y puedes ser padre trabajando.
El silencio volvió.
—No es lo mismo.
—Sí lo es.
Suspiré.
—David.
—...
—Te conozco.
Me observó.
—Y sé perfectamente que dentro de seis meses te volverás loco.
—¿Por qué?
—Porque necesitas trabajar.
—No necesito trabajar.
—Sí necesitas.
—No.
—Sí.
—No.
—David.
—¿Qué?
—Te aburrirás.
Aquello consiguió arrancarme una pequeña sonrisa.
—No me aburriré.
—Claro que sí.
—No.
—Cambiar pañales no reemplaza dirigir una empresa.
David terminó riéndose.
—Suena horrible cuando lo dices así.
—Porque es verdad.
—Los bebés son más importantes.