Si el Destino Lo Quiere

16

Al día siguiente salimos de casa poco después de las nueve de la mañana.

Y aquello, por extraño que pareciera, se sintió como un acontecimiento importante.

Porque durante las últimas semanas prácticamente había vivido entre la habitación.

La sala.

La cocina.

Y las visitas al médico.

Nada más.

Por eso el simple hecho de arreglarme.

Elegir ropa.

Peinarme.

Y salir de casa.

Se sintió casi como recuperar una parte de mí misma.

David, por supuesto, estaba exageradamente preparado.

—¿Llevas agua?

—Sí.

—¿Las vitaminas?

—Sí.

—¿Tu carpeta médica?

—Sí.

—¿Los resultados de la última ecografía?

—David.

—¿Qué?

—Voy a una clase. No a una expedición al Everest.

Mi respuesta hizo que incluso Lourdes se riera.

David fingió indignación.

—Cuando te pierdas en una montaña no vengas a pedirme ayuda.

—La montaña está a veinte minutos.

—Detalles.

Terminé negando con la cabeza.

Y poco después estábamos camino al centro de preparación prenatal.

Era mucho más bonito de lo que imaginaba.

Nada parecido a un hospital.

Tenía jardines.

Salas amplias.

Colores suaves.

Música tranquila.

Y lo más importante.

Personas.

Muchas personas.

Mujeres embarazadas.

Parejas.

Familias.

Vida.

Mucha vida.

Cuando entramos varias personas nos sonrieron inmediatamente.

Y por primera vez en mucho tiempo no me sentí observada por ser "la mujer embarazada".

Porque todas estaban igual.

Algunas incluso más avanzadas que yo.

Y eso resultó extrañamente reconfortante.

Una de las instructoras se acercó enseguida.

—Buenos días. ¿Primera vez?

—Sí.

Respondí.

Ella observó mi vientre.

Y después sonrió.

—¿Gemelos?

—Sí.

—Qué maravilla.

David sonrió como si alguien acabara de felicitarlo personalmente.

—Un niño y una niña.

—¡Qué suerte!

La mujer parecía genuinamente emocionada.

Y antes de que pudiera continuar hizo la pregunta.

La pregunta que terminaría repitiéndose toda la mañana.

—¿Y cuánto tiempo llevan casados?

El silencio fue inmediato.

Porque la mujer lo preguntó con total naturalidad.

Como si fuera obvio.

Como si no existiera otra posibilidad.

Yo miré a David.

Y durante una fracción de segundo vi algo en sus ojos.

Esperanza.

Pequeña.

Ridícula.

Pero esperanza.

Entonces respondí.

—No estamos casados.

La sonrisa de la mujer vaciló apenas un instante.

—Oh,lo siento. Pensé que...

—No pasa nada.

Y seguí caminando.

Pero algo cambió.

Lo sentí.

Porque cuando volví a mirar a David...

Ya no estaba sonriendo igual.

No dijo nada.

Ni una sola palabra.

Pero lo conocía demasiado bien.

Y sabía exactamente lo que había sentido.

La clase comenzó poco después.

Nos enseñaron respiración.

Posturas.

Movimientos para aliviar la espalda.

Ejercicios de movilidad.

Y también técnicas para el momento del parto.

La mayoría eran parejas.

Todas parecían emocionadas.

Nerviosas.

Felices.

Algunas llevaban apenas unos meses.

Otras estaban a semanas de conocer a sus bebés.

Durante uno de los descansos terminamos conversando con una pareja sentada cerca de nosotros.

Ellos esperaban su primer hijo.

Un niño.

—¿Y ustedes?

Preguntó el hombre.

—Gemelos.

Respondió David.

Con evidente orgullo.

—¡Wow!

La mujer abrió los ojos de inmediato.

—¿Cuándo es la fecha?

—Aún falta un poco.

Seguimos hablando varios minutos.

Hasta que inevitablemente llegó otra vez.

La misma pregunta.

—¿Cuánto tiempo llevan casados?

Sentí la mirada de David antes incluso de responder.

—No estamos casados.

Esta vez el silencio fue un poco más largo.

—Oh. Lo siento.

—No hay problema.

Pero sí había problema.

Porque ahora yo también podía verlo.

Ver cómo bajaba ligeramente la mirada.

Cómo su sonrisa desaparecía apenas un poco.

Cómo se quedaba más callado después.

La situación se repitió varias veces.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro veces.

Y cada vez era igual.

Todos asumían que éramos esposos.

Todos asumían que éramos una pareja feliz esperando a sus hijos.

Todos asumían que estábamos juntos.

Y cada vez yo corregía.

Y cada vez David se apagaba un poco más.

Al final de la clase nos enseñaron una serie de ejercicios en pareja.

Nada complicado.

Solo movimientos para aliviar la tensión de la espalda.

Masajes.

Apoyo físico.

Respiración sincronizada.

Y aquello fue peor.

Porque era imposible ignorar lo natural que resultaba hacerlo con él.

Demasiado natural.

Cuando apoyó las manos sobre mi espalda para ayudarme a estirar...

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Porque conocía esas manos.

Conocía su forma de tocarme.

Conocía su calor.

Y por un instante olvidé todo.

Hasta que recordé.

Y la culpa volvió.

Porque todavía lo amaba.

Y odiaba seguir amándolo.

Cuando la clase terminó nos dirigimos al estacionamiento.

David permaneció inusualmente callado.

Demasiado.

Y finalmente no pude ignorarlo más.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—David.

—Nada.

—Te conozco.

Él soltó una pequeña risa.

Una triste.

—Sí. Supongo que sí.

Seguimos caminando unos metros.

Hasta que finalmente habló.

—¿Tan importante era aclararlo?

Me detuve.

—¿Qué?

—Lo de que no estamos juntos.

Sentí un nudo en el estómago.

Porque sabía exactamente de qué hablaba.



#1622 en Novela romántica

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 17.09.2026

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