La llegada de los invitados convirtió la casa en un pequeño caos.
Uno bonito.
Ruidoso.
Desordenado.
Pero bonito.
Y como toda familia grande parecía incapaz de existir sin fotografías, las sesiones comenzaron casi inmediatamente.
Primero con los hermanos de David.
Luego con sus sobrinos.
Después con los amigos.
Más tarde con mis compañeros del bufete.
Y después con grupos improvisados que ni siquiera sabía cómo se habían formado.
Cada vez que alguien gritaba:
—¡Foto!
Todos corrían.
Y allí terminábamos otra vez.
Frente a una cámara.
Sonriendo.
Una y otra vez.
Lo que yo no había previsto era que David parecía incapaz de mantener una distancia normal durante ninguna de aquellas fotografías.
Ninguna.
Si era una foto grupal, tenía una mano sobre mi cintura.
Si era una foto familiar, me tomaba de la mano.
Si era una foto con amigos, terminaba detrás de mí con una mano sobre mi hombro.
Si era una foto de nosotros dos...
Bueno.
Ahí directamente parecía olvidar que existía el espacio personal.
—David.
Murmuré después de la décima fotografía.
—¿Qué?
—Tus manos.
—¿Qué pasa con ellas?
—Siempre están encima mío.
Él ni siquiera pareció avergonzarse.
—Porque me gustas.
—No empieces.
—Solo digo la verdad.
Aquello provocó que Karina, que estaba justo al lado, soltara una carcajada.
—Ni siquiera intenta disimular.
—Ya se dieron cuenta.
Respondió David.
Las risas fueron inmediatas.
Y yo sentí cómo el calor volvía a subir a mis mejillas.
Porque lo peor era que mi cuerpo seguía reaccionando.
A pesar de todo.
A pesar del enojo.
A pesar de la traición.
A pesar de los meses separados.
Cada vez que me tomaba la cintura.
Cada vez que sus dedos rozaban los míos.
Cada vez que me acercaba demasiado.
Sentía un pequeño cosquilleo recorriéndome.
Y aquello me irritaba.
Muchísimo.
Porque una parte de mí quería mantenerse firme.
Pero otra recordaba perfectamente cómo se sentía estar enamorada de él.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Por suerte, antes de que pudiera seguir pensando demasiado, comenzó el espectáculo.
Y ahí sí el caos alcanzó otro nivel.
El payaso contratado por David apareció con música.
Globos.
Micrófono.
Y una energía que parecía imposible para un ser humano adulto.
Los niños enloquecieron inmediatamente.
Y los adultos tampoco parecían mucho más tranquilos.
—¡Buenas tardes familia!
Gritó.
Provocando aplausos.
—¡Hoy estamos aquí para celebrar a los dos bebés más famosos del estado!
Los niños comenzaron a gritar.
Y el show arrancó.
Durante casi media hora logró mantener entretenidos a todos.
Niños.
Adultos.
Abuelos.
Hasta David terminó riéndose varias veces.
Lo que ya era una victoria.
Pero entonces ocurrió algo que jamás debí permitir.
Porque el payaso decidió que era momento de presentar oficialmente a los futuros padres.
—¡Necesito a la mamá más bonita del lugar!
Gritó.
Y antes de que pudiera reaccionar ya me estaban señalando.
—¡Ella!
—¡Camila!
—¡La mamá!
Me cubrí el rostro.
Muerta de vergüenza.
Mientras el payaso se acercaba dramáticamente.
—¡Un aplauso para esta hermosa futura mamá!
La gente comenzó a aplaudir.
Y yo deseé desaparecer.
—¿Cómo te llamas?
—Camila.
—No, eso ya lo sé. ¿Cómo te llaman?
—Camila.
—¿Solo Camila?
—Sí.
—Qué aburrido.
Aquello provocó carcajadas.
—Bueno, presentemos entonces al futuro papá.
El payaso giró.
Y señaló a David.
—Pero necesito información importante.
Volvió a mirarme.
—¿Cómo le dices tú?
Sentí inmediatamente que algo iba a salir mal.
—David.
Respondí.
—No, eso es muy aburrido.
La gente ya estaba riéndose.
Y yo también comenzaba a sospechar hacia dónde iba todo.
—¿Nunca le dices algo cariñoso?
—No.
—¿Nunca?
—No.
—Mentira.
Dijo Alejandra desde una mesa.
Y todo el mundo comenzó a reír.
—¡Señora!
Exclamé.
Mi suegra parecía encantada.
—Yo solo digo la verdad.
El payaso se llevó una mano al pecho.
—Entonces tenemos un caso difícil.
Miró a David.
—¿Y tú cómo le dices?
David sonrió.
Y tuve una sensación horrible.
—Amor.
La multitud soltó un sonoro:
—Awwww.
—¡Perfecto!
Gritó el payaso.
—Entonces ahora la mamá más bonita del lugar va a llamar al papá.
Negué inmediatamente.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Los niños ya estaban gritando que sí.
Mis padres se estaban riendo.
Los hermanos de David también.
Incluso Fran parecía estar disfrutando demasiado la situación.
Traidor.
—Vamos.
Solo una vez.
Insistió el payaso.
—No.
—Una vez.
—No.
—Una.
—No.
El hombre me miró.
Después miró al público.
Y finalmente tomó el micrófono.
—Entonces yo lo haré.
Se aclaró la garganta dramáticamente.
Y gritó:
—¡AMOR DE MI VIDA!
La casa explotó en carcajadas.
Yo quise morir.
Literalmente.
Morir.
Ahí mismo.
Pero lo peor fue David.
Porque estaba riéndose.
Y además parecía absurdamente feliz.
—¿Te estás divirtiendo?
Le pregunté.
—Muchísimo.
—Te odio.
—No es verdad.
Y entonces me guiñó un ojo.
Aquello consiguió que varias personas comenzaran a silbar.
Lo que solo empeoró la situación.
Y mientras todos seguían riéndose...
Mientras el payaso continuaba haciendo bromas...