Aquella misma tarde teníamos la revisión semanal con el médico.
Una más.
O al menos eso pensaba yo.
Porque hasta ese momento todas las consultas habían seguido más o menos el mismo patrón.
Peso.
Presión.
Ecografía.
Preguntas.
Recomendaciones.
Y volver a casa.
Nada extraordinario.
Sin embargo, apenas entramos al consultorio, el doctor me observó durante unos segundos antes de sonreír.
—Bueno...
Aquello llamó inmediatamente mi atención.
—¿Qué?
—Tienes aspecto de que pronto vas a dar a luz.
Mi corazón prácticamente se detuvo.
—¿Qué?
David reaccionó igual de rápido.
—¿Qué significa eso?
El doctor soltó una pequeña risa.
—Tranquilos, no significa que vaya a ocurrir hoy. Pero definitivamente estás entrando en la recta final.
Miré a David.
Y después volví a mirar al médico.
—No.
—¿No?
—Todavía no.
—Camila...
—No puede ser todavía.
El médico sonrió con paciencia.
Claramente acostumbrado a aquella reacción.
—¿Por qué no?
—Porque todavía faltan cosas.
—¿Qué cosas?
—Muchas, muchísimas. La habitación, las maletas, las cunas, los pañales, los mueble, la ropa.
La lista parecía infinita.
Y mientras la enumeraba mentalmente sentía que el pánico comenzaba a subir por mi garganta.
David tampoco parecía especialmente tranquilo.
—Todavía falta.
Repitió.
Como si quisiera convencerse a sí mismo.
—Por eso vamos a revisarla.
Respondió el médico.
—Y veremos exactamente cómo están las cosas.
La primera parte de la consulta transcurrió normalmente.
Presión.
Peso.
Preguntas.
Todo dentro de lo esperado.
Después vino la ecografía.
Emma y Matteo seguían exactamente donde debían estar.
Activos.
Sanos.
Perfectamente desarrollados.
El médico parecía satisfecho.
Muy satisfecho.
Lo cual normalmente me habría tranquilizado.
Pero aquella vez seguía teniendo una sensación extraña.
Como si algo estuviera a punto de pasar.
Y aparentemente tenía razón.
Porque después de la ecografía el médico realizó una revisión más completa.
Una de rutina.
Algo que ya me habían hecho anteriormente.
Nada fuera de lo común.
Hasta que su expresión cambió.
Muy ligeramente.
Pero cambió.
Y yo lo noté.
David también.
—¿Qué pasa?
Preguntó inmediatamente.
El médico levantó la vista.
Y durante unos segundos pareció elegir cuidadosamente las palabras.
—Bueno.
—Doctor.
Insistió David.
—¿Qué ocurre?
El hombre soltó un pequeño suspiro.
—Camila ya está dilatada.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué?
Preguntamos los dos al mismo tiempo.
—Tres centímetros.
Mi cerebro tardó varios segundos en procesarlo.
Tres centímetros.
Tres.
Centímetros.
—No.
Dije inmediatamente.
—Sí.
Respondió él.
Con absoluta calma.
—No.
Repitió David esta vez.
—¿Cómo que tres centímetros?
—Exactamente eso.
Miré al médico.
Después a David.
Después otra vez al médico.
—Pero no tengo contracciones fuertes.
—No necesariamente las necesitas todavía.
—Pero...
—Camila.
Interrumpió con suavidad.
—Estás embarazada de gemelos. Tu cuerpo lleva semanas preparándose.
Sentí cómo el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
—¿Eso significa que vienen hoy?
—No.
—¿Mañana?
—Tampoco.
—¿Esta semana?
—No lo sabemos.
Y esa respuesta fue incluso peor.
Porque era demasiado abierta.
Demasiado incierta.
Demasiado real.
David parecía haber dejado de respirar.
Literalmente.
—Doctor.
¿Qué tan grave es?
—No es grave.
Es normal.
—¿Normal?
—Sí. Muchísimas mujeres llegan a esta etapa con algo de dilatación, especialmente en embarazos múltiples.
Yo seguía sin sentirme tranquila.
Ni remotamente tranquila.
—Entonces... ¿qué hacemos?
El médico cruzó los brazos.
Y sonrió ligeramente.
—Tienen opciones.
Aquello no me gustó.
Nada.
—¿Qué opciones?
—Podemos internarte hoy.
David respondió antes que yo.
—Sí.
—David.
—Sí.
—David.
—Sí.
El médico tuvo que contener una sonrisa.
—O podemos seguir controlando la situación de forma ambulatoria.
Siempre que respetes el reposo.
Nada de esfuerzos.
Nada de estrés.
Nada de actividades innecesarias.
Miré a David.
Y él ya parecía haber tomado una decisión.
—Se queda internada.
—David.
—Definitivamente se queda internada.
—David.
—Camila tienes tres centímetros.
—Y no estoy de parto.
—Todavía.
Aquella palabra hizo que mi estómago se encogiera.
Porque precisamente ahí estaba el problema.
Todavía.
Todo parecía reducirse a esa palabra.
Todavía.
Todavía no nacían.
Todavía no estaba de parto.
Todavía no era una emergencia.
Pero cada día que pasaba parecía acercarnos más.
Muchísimo más.
—¿Qué me recomienda?
Le pregunté al médico.
Esta vez en serio.
Él me observó durante unos segundos.
Y finalmente respondió:
—Si fuera mi hija, me gustaría tenerla vigilada al menos esta noche.
Aquello bastó.
Porque incluso yo sabía lo que significaba.
Miré a David.
Él ya parecía listo para firmar cualquier documento que fuera necesario.
Y por primera vez desde que comenzó la consulta sentí algo que no había sentido hasta entonces.
Miedo.
No por mí.
Ni siquiera por el parto.
Miedo porque de repente comprendí que Emma y Matteo podían llegar mucho antes de lo que imaginaba.