Gabriela ocupaba su asiento habitual, cerca de la ventana, donde la luz de la tarde se filtraba entre las cortinas del salón de literatura. Era su clase favorita, el único lugar donde encontraba algo parecido a la paz: las palabras de otros la sacaban de sí misma, lejos de las preocupaciones que llevaba siempre en el pecho. La literatura no solo era un escape. Era también la forma más cercana que tenía de seguir hablando con su madre.
El profesor caminaba frente al pizarrón con un libro en las manos: Si ella es la elegida. Gabriela lo reconoció de inmediato, aunque no necesitaba verlo para saber de qué se trataba. Esa novela no era ficción para ella. Era lo único que le quedaba de Isabella Hastings.
—Si ella es la elegida es una novela fascinante —dijo el profesor, sosteniendo el libro en alto—. Cuenta la historia de una mujer que, contra las reglas del plano terrenal y el celestial, se enamora de un ángel: un ser que alguna vez fue humano y murió en un accidente. La autora combina angelología y ficción, con el romance como hilo conductor.
Gabriela bajó la vista a su cuaderno, donde apenas había garabateado un par de líneas. Su mente ya no estaba en el salón. Ella también tenía un don. Desde la muerte de su madre veía apariciones, sentía presencias que no debían estar ahí. Nunca lo había dicho en voz alta, pero sabía que no era casualidad haberlo heredado.
—La protagonista —continuó el profesor— puede ver a quienes murieron en circunstancias trágicas y dejaron algo sin resolver. Su vida cotidiana se rompe el día en que un ángel aparece frente a ella.
El timbre sonó. Los demás salieron en un murmullo constante; Gabriela se quedó un momento más, mirando el libro sobre el escritorio.
Si ella es la elegida. Parecía menos un título y más una advertencia.
Caminó hacia la salida con la mente en otra parte, el susurro de las hojas secas bajo sus pies acompañando el peso que llevaba en el pecho. Había una pregunta que la perseguía desde hacía años: si su madre tenía el don de ver a los muertos, ¿por qué ella nunca había podido verla a ella? Quizás esas eran las reglas entre los dos mundos. No le traía ningún consuelo saberlo.
Al cruzar la puerta del instituto, algo al otro lado de la calle le llamó la atención. Una chica con su mismo uniforme —falda de paletones, polera blanca, chaqueta negra— estaba de pie, inmóvil, mirándola.
Algo no encajaba. El uniforme estaba sucio, como tras una caída, y una herida oscura le cruzaba la frente, la sangre ya seca pero visible.
Un escalofrío le recorrió la espalda. La chica no se movía, pero sus ojos —vacíos, oscuros— seguían clavados en ella. Gabriela lo entendió de inmediato: no estaba viendo a alguien vivo.
—No puede ser... —murmuró, retrocediendo un paso.
Había visto cosas antes. Niños, ancianos, sombras que nadie más notaba. Pero nunca así de claro. Bajó la mirada y apretó el paso hacia su casa, tratando de convencerse de que no era real. Un vistazo de reojo bastó para desmentirla: la chica seguía ahí. La seguía.
El miedo la obligó a caminar más rápido. No es real. Esto no es real, repitió para sí, como si decirlo pudiera hacerlo cierto.
—Déjame en paz —susurró entre dientes, la voz apenas un hilo que se perdió en el viento.
No vio el auto hasta que fue casi tarde. El chirrido de los neumáticos y el claxon la paralizaron; el tiempo pareció estirarse mientras el vehículo se acercaba.
Entonces, una luz cálida y cegadora la envolvió por completo, y una fuerza invisible la empujó con firmeza hacia la acera.
Cayó de rodillas. El auto pasó a centímetros, el conductor gritando algo que no llegó a escuchar. Por un momento, el silencio fue total; solo su respiración entrecortada lo rompía.
Cuando levantó la vista, no había nadie. Ni auto, ni chica, ni rastro de la luz. Solo el frío de la tarde.
El dolor en las palmas le confirmó que no lo había imaginado. Algo —o alguien— la había protegido. Ese calor todavía le quemaba el pecho.
Caminó el resto del trayecto con pasos vacilantes y una certeza nueva: desde la muerte de sus padres, algo había estado cuidándola.
Frente a la puerta de su casa se detuvo, la mano sobre el pomo. Sabía lo que la esperaba adentro: el vacío de siempre y la presencia de su tío Terry.
Terry, el hermano mayor de su madre, se había convertido en su tutor legal cuando murió su padre, aunque nunca había sido nada parecido a un padre para ella. Vendedor de coches de nombre, rara vez estaba en casa más de un par de días a la semana —y cuando lo estaba, traía consigo un aire de amargura que se filtraba por cada rincón.
Giró el pomo despacio, como si eso pudiera retrasar lo inevitable, y entró. El silencio dentro era denso. Sabía que él estaba ahí; lo sentía, como una presencia esperando una excusa.
No tuvo que esperar mucho.
—¡Gaby! —la voz de Terry llegó desde la sala—. ¿Por qué no está lista la cena?
Cerró la puerta con cuidado y avanzó hacia la sala, donde lo encontró hundido en el sofá, unos papeles en la mano y el desagrado ya instalado en el rostro.
—Tuve clases adicionales —respondió, con voz controlada—. Por eso llegué tarde.
Terry entrecerró los ojos, como si la sola mención de estudiar lo ofendiera.
—¿Clases adicionales? —repitió, burlón—. ¿Para qué te sirve toda esa basura? No sé por qué la familia de tu padre sigue pagando ese instituto de ricos inútiles. Ese dinero debería estar en tu cuenta, no financiando tonterías.
Gabriela apretó los puños. Había escuchado esa queja tantas veces que ya ni dolía del todo.
—Es lo que mis padres querían para mí —dijo, la mirada fija en el suelo. Enfrentarlo nunca servía de nada.
Terry soltó una carcajada seca.
—¿Tus padres? Tu padre está muerto. Lo único que dejó fue una herencia que debería estar bajo mi control. Yo soy quien te cuida. Yo sostengo esta casa. Si fuera por mí, ese dinero estaría donde corresponde, no en una escuela que no necesitas.
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Editado: 26.09.2026