Gabriela seguía con la mirada clavada en la puerta del baño cuando Taylor la sacó del trance.
—Gaby, no hay nadie ahí —repitió, la voz tranquila, aunque las líneas de su rostro delataban la inquietud que trataba de ocultar.
—Debe ser el golpe, la dejó estúpida —espetó Terry con un bufido, los brazos cruzados, mirándola con desdén.
El comentario agotó lo que le quedaba de paciencia a Taylor. Sin apartar la vista de su sobrina, señaló la puerta.
—Vete de aquí, Terry. Si no puedes comportarte, desaparece.
El tono fue suficiente. Terry salió murmurando entre dientes.
Taylor se sentó al borde de la cama. Había en su expresión algo confuso, casi nostálgico, algo que ella nunca le había visto. Sin decir nada, le puso una mano en el cabello.
—Eres igual a Isabella —dijo, la voz cargada de tristeza.
Gabriela levantó la mirada, sorprendida.
—¿La extrañas?
Él asintió, los ojos perdidos en algún recuerdo.
—Era mi melliza. Cuando murió, fue como si una parte de mí se hubiera ido con ella.
Ella no respondió de inmediato. No era la única que sufría esa ausencia. Taylor la observó un momento, como si buscara en su rostro el reflejo de la hermana que extrañaba, y entonces notó los vendajes en su frente, sus rodillas, sus manos.
—¿Todo esto fue por la caída? —preguntó, la preocupación filtrándose en su voz.
Gabriela pasó los dedos sobre el algodón. No recordaba haberse curado antes de perder el conocimiento.
—¿Fuiste tú? —preguntó.
Taylor negó.
—No. Cuando llegué ya estabas aquí, inconsciente. Iba a llamar a un médico, pero alguien se me adelantó.
Ella se quedó en silencio, intentando entender. No recordaba haber recibido ayuda, y sin embargo las pruebas estaban ahí: cada herida, tratada con delicadeza. ¿Quién había entrado a su habitación sin que ella lo notara?
Un sonido interrumpió sus pensamientos. Giró hacia la puerta entreabierta y, conteniendo la respiración, escuchó al joven vestirse al otro lado.
El teléfono de Taylor sonó antes de que pudiera decir algo. Se puso de pie con una disculpa en el rostro.
—Tengo que volver al trabajo. Terry no regresará hasta la próxima semana, así que estarás conmigo. Te dejé dinero para comida. Descansa, ¿sí?
Gabriela asintió. De todas las malas situaciones que había vivido, Taylor era la única persona en la que confiaría su vida. Él le dedicó una última mirada antes de cerrar la puerta con suavidad.
A solas, volvió a la realidad de golpe.
No es posible, pensó. Pero el crujido de la ropa, los pasos suaves al otro lado de la pared, se lo desmentían. Era real.
Contuvo el aliento cuando el ruido cesó. Solo entonces soltó un suspiro tembloroso. La imagen del joven seguía grabada en su memoria, y por más que intentara convencerse de que había sido un desvarío, algo en ella sabía que no lo era.
Se levantó, se cambió el uniforme arrugado por un suéter y unos pantalones, y se cepilló el cabello desordenado. Con el cepillo todavía en la mano, habló hacia la puerta entreabierta, en un tono más seguro del que sentía.
—Quienquiera que seas, te espero en la cocina.
Bajó las escaleras, sacó una lata de soda del refrigerador y se sentó en la isla. Un mensaje de Darell y Kelly la invitaba a estudiar; respondió que los vería pronto. Apenas guardó el teléfono, unos pasos la hicieron levantar la vista.
El joven estaba en la entrada de la cocina. Algo en su expresión había cambiado: ya no era solo sorpresa, sino una seriedad casi tranquilizadora. Caminó hasta la isla y se sentó frente a ella.
—Nunca imaginé que nos presentaríamos así. Me llamo Ashton Thompson —dijo, la voz firme—. He sido tu ángel de la guarda los últimos diez años.
Gaby parpadeó.
—¿Mi ángel de la guarda?
—Así es. Desde la muerte de tu padre me asignaron para protegerte. He estado ahí en los momentos de peligro, curando tus heridas, manteniéndote a salvo.
Ella soltó una risa nerviosa y desvió la vista hacia la lata de soda. No era la primera vez que veía algo inexplicable —después de todo, veía muertos desde la muerte de su madre—, pero esto era distinto. Nunca había visto un ángel, mucho menos uno que decía cuidarla en silencio desde hacía años.
—Perdona si me cuesta creerlo —dijo al fin—. Ver muertos es una cosa. ¿Ángeles? Eso es nuevo.
Ashton notó sus dedos tamborileando sobre la lata.
—No es normal que puedas verme —respondió, casi en un susurro—. Los humanos no deberían ver a los ángeles. Mucho menos a sus guardianes.
—Entonces ¿por qué puedo verte ahora?
—Es una pregunta que también me hago. —Buscó las palabras—. Supongo que ha ocurrido una falla entre los planos. Algo que no debería ser posible. No sé por qué ha pasado, pero esta conversación... no debería estar ocurriendo. Necesito entender qué cambió.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Todo era demasiado surrealista para asimilarlo de golpe. Pero la presencia de Ashton era innegable, y la certeza en su voz la hacía dudar menos.
—¿Tienes que descubrir qué nos permitió vernos?
—Así es. Debo encontrar la razón. No solo por mí. También por ti. Esta conexión podría tener consecuencias que ninguno de los dos imagina.
Ella lo miró en silencio. Ashton estaba ahí, tan real como la luz del día, y aunque su vida había cambiado desde la caída, apenas empezaba a comprender que lo desconocido recién comenzaba.
Tomó un sorbo de su soda y se inclinó hacia él, apoyando los codos en la mesa.
—¿Puedo hacerte un par de preguntas?
—Si está en mi poder responderlas, lo haré.
Eligió sus palabras con cuidado. Había muchas cosas que quería entender, pero solo una la había perseguido desde que empezó a ver lo que otros no veían.
—¿Por qué puedo ver a los muertos?
Ashton bajó la vista un momento, como buscando la mejor manera de explicarlo.
—Hay personas que nacen con dones especiales. Habilidades que les permiten ayudar a las almas que ya no están en este plano. Tú eres una de ellas, Gaby. Puedes ver a quienes dejaron este mundo, y guiarlos hacia el plano celestial.
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Editado: 26.09.2026