Si ella es la elegida

Capítulo 3: El ángel de la muerte

Gaby volvió a casa justo cuando caía el atardecer, los libros en brazos y un ánimo que a Ashton le costaba entender. Hacía apenas unas horas había sufrido uno de los abusos más crueles de Terry, y sin embargo caminaba con la misma determinación de siempre. Tal vez era resiliencia. Había atravesado tantas desgracias en su corta vida que detenerse a lamentar cada una se había vuelto, para ella, un lujo innecesario.

La observó tararear una canción de los Jackson Five —una de esas que sus abuelos le regalaban cada Navidad, álbum tras álbum, sin falta— y algo en ese gesto pequeño le resultó entrañable. Era su forma de escapar, de robarle una sonrisa al día.

—Estoy seguro de que hay mejor música en tu generación —dijo Ashton—. ¿Tus amigos no te ven como una chica anticuada?

Gaby sonrió mientras dejaba los libros y los audífonos sobre la isla de la cocina.

—Seguro piensan que soy rara por mis gustos musicales. No me importa. Me hace feliz, y eso es lo único que debería importarme.

Era justo la respuesta que esperaba. No solo su resiliencia la sostenía: era el amor propio que había construido a fuerza de golpes, la independencia, el carácter. Tan auténtica como su madre.

—Hasta cierto punto... me recuerdas a alguien que conocí hace mucho tiempo —dijo él.

—¿Y quién es esa persona tan especial?

—No lo recuerdo. Es una parte de mi vida que quedó congelada en el tiempo —respondió, nostálgico—. Hay recuerdos que querría borrar, y otros que querría recuperar. Aunque ya no sirva de mucho, estando muerto.

—No estoy tan segura de eso —dijo ella—. Si algo he entendido de tu don, es que muchas almas se quedan atrapadas en la tierra por no poder perdonar algo que dejaron pendiente. Esos recuerdos que quieres olvidar podrían ser justo lo que te ata aquí.

La reflexión le tocó un nervio que prefería no tocar. Por un instante deseó que estuviera equivocada. Sabía que su misión como ángel lo encadenaba a los recuerdos de lo que alguna vez fue su vida, en el mismo lugar que alguna vez fue su hogar. Para él, siempre había sido una pequeña penitencia por lo que no se le permitió hacer.

—Chica astuta —dijo al fin—. En ese caso, hablemos de por qué tú no usas tus dones.

La sorpresa en el rostro de Gaby le arrancó una carcajada.

—No dudo que mi madre haya hecho algo bueno con el suyo. Lo he pensado. Pero yo no soy ella. Yo no puedo guiar almas, Ashton.

—¿Sabes cuántas veces he escuchado esa misma negativa? Te voy a decir algo: el problema de los vivos es la costumbre de negarse a sí mismos, porque no son conscientes de cuán limitado es su tiempo aquí.

Gabriela lo observó, algo desarmada. Había un dolor genuino detrás de esas palabras, y eso solo alimentó su curiosidad.

—¿Qué quieres decir?

—Soy un alma en un limbo distinto al que conoces. Me pusieron de vuelta en el cuerpo que alguna vez tuvo vida, solo para protegerte, para que aprendas a usar el don que Dios te dio. —Hizo una pausa—. He perdido el contacto con las pequeñas cosas que hacen feliz a alguien en este mundo. La música, el licor, cosas banales, después de todo. Pero lo que más extraño es el contacto con los demás. Mis amigos. Mi madre. Daría cualquier cosa por poder abrazarla otra vez.

Ella guardó silencio un momento.

—Yo también daría lo imposible por abrazar a mis padres. Por decirles cuánto los amo, que a pesar de no tenerlos trato de recordarlos con la misma alegría que ellos me dieron en vida. No sé lo que es cruzar al otro plano, pero sí sé lo que es no poder hablar con tu madre nunca más.

Ashton la miró con una especie de asombro. Diecisiete años, y comprendía un dolor que a él le había tomado una década aceptar. Dos almas que habían perdido algo esencial durante su paso por la tierra.

Cambió de tema; el peso en el pecho era demasiado. Diez años ignorando cada sentimiento que aún le quedaba, evadiendo cada asunto pendiente.

—Descubrí algo sobre lo que pasó con la brecha —dijo, rompiendo el silencio. Sus ojos grises, serios, buscaron los de ella.

—¿Qué fue? —preguntó Gaby, inclinándose hacia adelante.

Ashton respiró hondo.

—La brecha que te permitió verme no fue casualidad. Hay un propósito detrás, y por eso los libros de tu madre han estado en tu camino. Uno de ellos cuenta una historia...

Gabriela lo miró fijamente, la incertidumbre y el asombro mezclándose en sus ojos. Aun así, la manera en que él hablaba le hacía imposible dudar.

—¿Esto ha pasado antes?

—Sí. Pero es extremadamente raro. Ha habido casos, casi siempre ligados a personas con un propósito especial. Elegidas por una razón divina que no siempre es clara de inmediato. —Omitió cualquier mención de Isabella—. Todavía no sabemos cuál es tu propósito, pero algo, o alguien, provocó esta brecha. No fue al azar.

Gabriela soltó un suspiro tembloroso, intentando digerirlo. Había algo reconfortante en el tono de Ashton, a pesar de la gravedad de sus palabras. Pero antes de que pudiera preguntar más, el aire de la cocina cambió.

Se volvió denso, aunque no de manera opresiva. Una energía cálida y magnética llenó el espacio, y un cosquilleo extrañamente reconfortante le recorrió la piel. Miró a Ashton, que ya estaba en alerta, la mirada fija en el centro de la cocina.

—¿Qué es esto? —susurró.

Él no respondió. Frente a ellos, una luz tenue empezaba a tomar forma. La energía se concentraba en un punto, y poco a poco una figura se materializó: una silueta esbelta, y luego el detalle —una mujer de cabello largo y negro, cayendo como un velo sobre sus hombros, el rostro sereno, la ropa elegante y sobria.

Gabriela sintió una oleada de calma al verla. No había nada amenazante ahí. Al contrario: su sola presencia parecía envolver la cocina de calidez.

La mujer sonrió al notar la atención de ambos.

—Buenas noches —dijo, inclinando levemente la cabeza—. Espero no interrumpir. —Miró a Gabriela, los ojos oscuros brillando con curiosidad—. ¿Podría tomar una gaseosa de tu refrigerador?




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