Si está destinado a ser, será

Capítulo 2. El inicio es el final.

Nota del destino:

Escribí una historia donde tuve el control de hacer realidad todos mis sueños, y la usé para poder cumplir mi promesa de un final feliz a tu lado.

No me arrepiento, porque cada vez que se me presente la oportunidad te elegiré a ti.

Porque siempre has sido tú.

Solo tú.

Daniela.

Camino desde la florería hasta la cafetería “El suspiro”.

En mis oídos la música hace un efecto de eco, logrando que no escuche mi exterior, y es la mejor sensación del día: no pensar, no hablar y no escuchar.

Solo la música y yo.

Uso mis audífonos el cincuenta por ciento de mi tiempo y, el otro cincuenta, me enfoco en estar perdida en la realidad inventada por mi cerebro.

Recientemente descubrí que tararear cualquiera que sea la melodía, me tranquiliza. Cuando era niña, mamá lo hacía para lograr dormirme; era como un susurro en el oído. Eso ahora me ayuda a calmarme y a sentirme más cerca de ella.

El silencio es mi mayor enemigo. Lo odio porque te vuelve vulnerable y no sabes de dónde algo o alguien saldrá para atacarte..

El viento se cuela por el frente abierto de mi gabardina; cruzó mis brazos y los aprieto ante el frío que recorre mi cuerpo.

Solo necesito cruzar una calle para poder llegar a disfrutar mi café de la tarde.

—Un árbol de naranjas —mencioné con voz baja.

Lo noté al alzar mi rostro, recordando que debía de dejar de caminar con la cabeza abajo.

No sabía que había uno justo aquí, y paso por este lugar muy seguido.

¿Cuando lo plantaron?

Ignoré el árbol y seguí caminando.

Volteé a ver la calle y, al sentir que alguien tocó mi hombro derecho, dejé de prestar atención al lugar. Di media vuelta, pero no había nadie cerca de mí. Solo un ligero roce en mi cuerpo y una sensación de tener que frenar de inmediato.

Juro que algo me toco, alguien me llamó.

Miré a todos lados, confundida, buscando quien estaba siendo el bromista.

Fruncí el ceño y empuñé mis manos. ¿Me estaba volviendo loca ahora?

Al querer por fin cruzar la calle, algo tomó mi gabardina y detuvo otra vez.

—Espera, detente —el susurro de una voz suave se coló en mi música, casi apagándola por completo.

El estruendo de un golpe me paralizó por completo.

No crucé, y si lo hubiera hecho, habría quedado prensada entre los dos carros que acaban de chocar frente a mí.

Un solo segundo bastó para que yo estuviera accidentada o incluso muerta.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, cayendo en la revuelta de mi estómago y el latido acelerado de mi corazón. El sonido de las alarmas, las personas gritando y el olor a aceite derramado me abrumaron.

Me quedé inmóvil, sin saber quién me había dicho que me detuviera ni quien me tocó el hombro. Pero lo agradecí.

Gracias, mamá, por salvarme — dije con voz tenue, asumiendo que había sido ella.

Nota del Destino: Cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no, ni aunque te pongas.

Tú pudiste haberte asustado, pero yo no. Sabía perfectamente que no pasaría nada.

Solo que Bianca se empeña en querer tener el protagonismo de todo y aludir que ella la salvó.

***

—¿Lista?

—No sé, Dafne ¿No es del diablo venir a que nos lean las cartas? —pregunté con un nudo en la garganta.

No quería ser grosera con nada que tuviera que ver con la espiritualidad. No quería que nada malo pasara.

—¿Cómo va a ser del diablo, Daniela? No es nada malo, vamos, entra.

Me dio un pequeño empujón y, aunque resistí lo que pude, era inevitable. ¿Por qué hago este tipo de planes?

—No quiero. Olvídalo —me retracté de inmediato.

Era una mala idea.

Repito: era mala idea.

Me di media vuelta y Dafne me sostuvo firmemente de los brazos.

—¿Quieres saber por qué llevas toda una vida soltera? —me cuestionó con seriedad, Al no tener respuesta inmediata, apretó su agarre—. ¿Sí o no?

Afirmé con la cabeza. Enderezó mi cuerpo y, sin soltarme, entramos a la casa de la señora del tarot.

—Buenas tardes, pasen —habló la mujer con una voz suave, tan delicada que sonaba macabra.

La saludamos con las manos temblorosas, más temerosas de lo normal.

El cuarto oscuro, lleno de velas, no ayudaba a tranquilizarnos, y el olor a incienso combinado con palo santo comenzaba a marearnos.

—Daniela y Dafne —resaltó nuestro nombres de una manera gélida y vacía—. Siéntense —nos ordenó.

Mi piel se erizó al caer en cuenta que conocía nuestros nombres. ¿Cómo, si acabábamos de llegar?

Miré de reojo a Dafne, que me observaba igual de espantada. Tomé su mano para que me diera un poco de apoyo ante el miedo que sentía y nos sentamos juntas en el suelo.

—Yo soy Daniela —me presenté, incapaz de soportar el silencio—. Yo soy la que desea la consulta

—Muy bien, Daniela. Empecemos,

Comenzó a sacar sus cartas.

Mi mente jugaba con mis pensamientos, imaginando como sus ojos se ponían en blanco. Para este punto, solo esperaba que empezara a levitar o a girar la cabeza.

Dafne no habló ni se presentó; solo apretaba fuerte mi mano cada vez que la mujer hacía cualquier movimiento.

La pesadez en el ambiente y el humo molestando nuestros ojos no hacía más ameno el momento.

La señora movía cartas de lado a lado. Las barajaba y hacía mil y un trucos. Al no entender absolutamente nada, preferimos esta vez ser ambas las que solo existían y no hablaban.

Colocó las cartas delante de mí, señalando figuras y dibujos que no alcanzaba a distinguir.

—Daniela, ¿crees en el amor? —soltó de golpe.

—Si

No titubee. Porque aunque no lo viviera, a mi alrededor sí existía.




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