Siempre Estuve AquÍ

Capítulo VI Las Vacaciones — El Chico Equivocado

Las vacaciones de verano llegaron con el calor inevitable y la promesa de tres semanas sin horarios. El grupo se dispersó: Arturo se fue al norte con su familia, Fernando tomó un curso de ilustración que había estado postergando desde el ciclo anterior, y Benjamin se quedó en Lima con sus libros, sus trabajos pendientes y un silencio que había aprendido a habitar.

Lucia también se quedó.

Y Rodrigo también.

Benjamin lo supo por los estados de WhatsApp, que son la forma en que el siglo veintiuno nos hace testigos involuntarios de la vida de los demás. Fotos de heladerías, de parques, de cafés con nombres en inglés donde la gente paga demasiado por el ambiente. Lucia en cada una, con esa sonrisa que Benjamin conocía bien pero que en esas fotos tenía algo diferente: la urgencia de quien está intentando que algo funcione.

No le escribió. No tenía ningún derecho a hacerlo.

Pero una noche, pasada la medianoche, le llegó un mensaje.

Estaba lloviendo. No fuerte, no de ese modo dramático con truenos y relámpagos. Era una llovizna limeña, constante y fina, que golpeaba las ventanas con una insistencia pequeña. Benjamin la escuchaba desde la cama con el techo oscuro encima, sin sueño, con la libreta en el regazo y una pluma que había estado quieta durante veinte minutos porque la estrofa no terminaba de cerrarse.

Lucia: —Benja. ¿Estás despierto?

Benjamin miró el teléfono. Miró el techo. Volvió al teléfono.

Benjamin: —Sí. ¿Qué pasó?

Lucia: —¿Puedo llamarte un momento?

La llamada duró cuarenta minutos. Lucia habló durante treinta y cinco. Le contó que Rodrigo había cancelado los planes de esa tarde sin explicación. Que ya era la tercera vez esa semana. Que a veces la hacía sentir que el problema era ella — que era demasiado intensa, demasiado pendiente, demasiado todo.

Lucia: —Es que Rodrigo canceló los planes de hoy. Sin explicación. Ya es la tercera vez esta semana.

Benjamin escuchó. Con el mismo cuidado de siempre. Sabiendo que si le decía lo que pensaba realmente — que Rodrigo sonaba a una persona que construía su autoestima haciendo sentir pequeñas a las personas que lo rodeaban — Lucia se pondría a la defensiva y dejaría de contarle.

Benjamin: —¿Y cómo te hace sentir eso?

Lucia: —Como que el problema soy yo. Que soy demasiado pendiente, demasiado intensa.

Benjamin: —Que alguien te diga que eres demasiado no significa que sea verdad. Significa que no saben cómo quererte.

Silencio.

Lucia: —¿Tú crees?

Benjamin: —Sí. Y en el fondo, tú también lo sabes.

Lucia: —¿Qué hago entonces?

Benjamin: —Por ahora, nada. Solo intenta dormir.

Más silencio.

Lucia: —Oye, Benjamin.

Benjamin: —¿Qué?

Lucia: —Gracias por siempre estar.

Cortó la llamada. Y Benjamin quedó mirando el teléfono apagado en la oscuridad de su cuarto, pensando en algo que no se atrevía a decirse a sí mismo en voz alta pero que ya estaba formado completamente en el fondo:

Ella me necesita pero no me quiere.

Y yo la quiero pero ya no puedo seguir necesitándola así.

La lluvia seguía. Benjamin abrió la libreta. Y esta vez la estrofa sí cerró, aunque era la más dolorosa que había escrito. No la anotó para Lucia. La anotó para sí mismo, para el silencio del cuarto y para la llovizna que seguía golpeando la ventana con esa paciencia infinita que tiene el agua cuando ya no tiene prisa por ningún lado.

Las vacaciones continuaron. Y con ellas, los mensajes que llegaban a horas irregulares.

Un domingo de por medio, Lucia le mandó un audio largo. Benjamin lo escuchó dos veces. En el primero entendió que Rodrigo había dicho algo hiriente sobre una de sus obras de teatro — algo en la línea de que «era interesante pero no era para todo el mundo» — con el tono de quien está dando una opinión y en realidad está estableciendo una jerarquía.

En el segundo audio entendió algo que Lucia no había dicho explícitamente pero que estaba en cada inflexión de su voz: que ella estaba ajustando quién era para caber en el espacio que Rodrigo le dejaba.

Y eso, más que cualquier otra cosa, le dolió a Benjamin.

No por él. Sino por ella.

Le respondió con un mensaje de voz. Le dijo que su obra de teatro era buena — que él la había visto y que había una señora en la tercera fila que lloró, y que eso no pasa por accidente. Le dijo que las opiniones de alguien que no te conoce de verdad tienen un peso específico y que ese peso no debería ser demasiado. No le dijo que Rodrigo sonaba a alguien que necesitaba apagar luces ajenas para sentir que brillaba la propia.




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