Siempre Estuve AquÍ

Capítulo VII : El Regreso — Las Grietas

El ciclo empezó con el olor a fotocopiadora recién comprada y la ilusión renovada que da un semestre nuevo. El grupo se reunió el primer día con esa energía particular de quien ha descansado lo suficiente como para olvidar lo cansado que estaba.

Arturo llegó con el cabello más largo y una anécdota del norte que involucró un festival de música, una noche en la playa y una decisión que prometió contar «cuando estuvieran en confianza». Fernando llegó con tres libretas nuevas completamente llenas de bocetos. Y Lucia llegó con una sonrisa que era ligeramente más pequeña que la del ciclo anterior, aunque si no la conocías bien no lo habrías notado.

Benjamin la conocía bien.

Lo notó en la forma en que se sentó: siempre había ocupado el centro del grupo de manera natural, con los codos en la mesa y el cuerpo hacia adelante. Esta vez se sentó un poco hacia adentro, con los brazos cruzados, mirando el celular más de lo habitual.

En el recreo, cuando Arturo y Fernando fueron al quiosco, Lucia se quedó en el salón. Benjamin se quedó también.

Benjamin: —Oye. ¿Cómo estás?

No era la pregunta de cortesía de «hola cómo estás». Era la otra. La que tiene peso.

Lucia lo miró. Y por un momento pensó en decirle «bien», porque «bien» es lo que uno dice cuando no quiere explicar. Pero con Benjamin, por alguna razón que ella nunca había analizado del todo, era difícil decir «bien» cuando no era verdad.

Lucia: —Mal. Pero ya va a pasar.

Benjamin: —¿Fue Rodrigo?

Lucia: —Fue todo. Rodrigo, el ciclo, yo misma.

Benjamin: —¿Quieres contarme?

Lucia: —Lo terminé. Al final lo terminé. Tardé más de lo que debería.

Benjamin asintió. No dijo «ya te lo dije». No dijo «era lo mejor». No dijo nada que sonara a tener razón. Solo dijo:

Benjamin: —Bien.

Lucia lo miró con algo que era difícil de nombrar. No era gratitud exactamente. Era más como el alivio de quien lleva rato cargando algo pesado y de repente alguien ofrece ayudar sin preguntar qué es lo que cargas.

Benjamin: —¿Vamos por café?

Fueron por café. Volvieron. La clase empezó. Y las cosas siguieron como siempre, excepto que seguían exactamente igual a como siempre habían sido: Lucia siendo brillante y Benjamin siendo el rincón seguro donde ella se recargaba antes de seguir.

Solo que ahora, el rincón empezaba a tener grietas.

Las semanas pasaron con esa normalidad de los ciclos que se instalan solos: clases, trabajos, exposiciones, el café de siempre, la broma de siempre, la dinámica de siempre.

Lucia volvió a ser la Lucia que bailaba en los pasillos — que hacía teatro en los pasillos, que llenaba los espacios con su energía. Rodrigo fue quedando en segundo plano y luego en tercero y luego simplemente desapareció del tema.

Pero algo había cambiado en Benjamin.

Era difícil de señalar con el dedo. No era una herida visible. Era más como el tipo de cambio que sucede cuando uno pasa demasiado tiempo sosteniendo algo pesado: los músculos se adaptan, pero el esfuerzo sigue ahí, invisible para quien no lo vive.

Una noche de mediados del tercer ciclo, Benjamin estaba en su cuarto organizando el material del siguiente trabajo cuando encontró la libreta. La que tenía el nombre de Lucia en la primera página y la frase «hoy comimos juntos» debajo.

La abrió. Leyó.

Había más páginas de las que recordaba. Frases sueltas. Fechas. Pequeños momentos que había ido anotando sin darse cuenta de que estaba construyendo un registro de algo que solo existía desde su lado.

La cerró. La guardó en el cajón. Y esa noche, por primera vez, se preguntó con total honestidad:

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Y no tuvo respuesta. Pero la pregunta ya estaba hecha. Y las preguntas honestas, una vez hechas, no dejan de existir aunque uno intente ignorarlas.

La noche del tejado

Hubo una noche — una noche de lluvia en julio, de esas que hacen que Lima parezca más pequeña y más honesta — en que Benjamin subió a la terraza de su casa con una taza de té y se quedó mirando las luces de la ciudad.

Pensó en Lucia. Como siempre.

Pero esta vez pensó en ella de una manera diferente. No con la ternura de quien quiere. Sino con la claridad de quien empieza a entender.

Entendió que la quería con todo lo que tenía. Y que seguir queriéndola de esa manera — silenciosamente, esperando, disponible — era hacerse daño con sus propias manos y llamarlo amor.

Entendió que Lucia no era mala persona. Solo era una persona que no lo veía de la manera en que él necesitaba ser visto.

Y entendió, con una lentitud que dolía, que no podía seguir siendo el rincón seguro de alguien que nunca sería su hogar.




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