El evento artístico del semestre llegó con luces, nervios y el olor a perfume mezclado con laca de peinado que caracterizaba los días de presentación. Era el evento más grande del ciclo: todas las carreras artísticas presentaban algo, el auditorio principal se llenaba y había una energía en el aire que era difícil de ignorar.
Benjamin llegó con Arturo y Fernando, de buen humor, sin la ansiedad que antes lo consumía en esas fechas. Arturo había conseguido asientos en la quinta fila con una mezcla de encanto y desvergüenza que era su marca registrada. Fernando llevaba su cuaderno.
Valentina lo esperaba cerca de la entrada.
No lo había buscado específicamente. O sí, pero de esa manera en que se busca a alguien cuando ya tienes la costumbre de querer estar cerca. Estaba apoyada en la columna de la entrada con el celular en la mano, y cuando lo vio se enderezó y lo saludó con una sonrisa que era simple y directa.
Valentina: —Llegaste.
Benjamin: —Llegué. ¿Llevas mucho rato esperando?
Valentina: —Cinco minutos. Pero no te los voy a cobrar.
Benjamin: —Qué generosa.
Entraron. Se sentaron. Y el evento empezó con esa mezcla de impresionante y caótico que tienen todas las presentaciones artísticas universitarias.
La obra de teatro del programa apareció en la segunda parte del programa. Diez minutos. Un fragmento de algo que el grupo había trabajado todo el ciclo.
Y Lucia estaba ahí.
Brilló. Como siempre. Era inevitable que brillara: tenía ese don que no se aprende, esa capacidad de hacer que el público olvide que está viendo a alguien actuar y sienta que está viendo algo real. Sus líneas llegaban con el peso exacto. Sus silencios decían tanto como sus palabras.
Benjamin la vio. La reconoció. Sintió algo que era respeto genuino y quizás un eco muy lejano de lo que había sentido antes.
Pero esta vez, Valentina estaba sentada a su izquierda. Y sin hacer nada especial — sin ni siquiera tocarlo — su presencia era una cosa concreta, real, que no pedía nada.
Y eso era diferente.
…
Después de la obra, el público se fue al pasillo exterior donde había música en vivo y algo que pretendía ser catering. El grupo se mezcló con los demás asistentes. Arturo encontró a alguien que conocía de un curso electivo y se fue a hablar. Fernando encontró un ángulo interesante de la arquitectura del edificio y se detuvo a dibujarlo.
Benjamin y Valentina caminaron juntos hacia la mesa de bebidas.
Fue entonces cuando Lucia los encontró.
Venía desde el escenario todavía con parte del maquillaje puesto, buscando con la mirada el rincón de siempre. El rincón donde Benjamin siempre había estado esperando con algo — un dulce, una botella de agua, palabras de aliento.
El rincón estaba vacío.
Siguió buscando. Lo encontró: estaba riendo de algo que Valentina le mostraba en el celular, los dos inclinados levemente hacia el mismo lado, con esa comodidad de quien ya tiene confianza suficiente para compartir el espacio sin invadir.
Lucia sintió algo extraño en el pecho. No supo nombrarlo de inmediato.
Era la ausencia. La de él.
Se acercó. Los pasos un poco más lentos de lo habitual.
Lucia: —Oye, Benjamin.
Él se giró. La vio. Sonrió de la manera en que se sonríe a alguien conocido.
Benjamin: —Lucia. Hola. ¿Cómo te fue esta noche?
Lucia: —Bien. Creo que bien.
Benjamin: —Estuvo muy bien. En serio.
Lucia: —¿Está el grupo por acá?
Benjamin: —Arturo está con alguien que conoce del electivo. Fernando dibuja el edificio.
Lucia: —Ah.
Benjamin: —Valentina, te presento a Lucia. Es del programa de teatro.
Se alejaron un poco. Hacia un rincón con menos gente. Lucia lo miró de una manera que Benjamin no había visto antes: no con la seguridad de siempre, sino con algo más frágil debajo.
Lucia: —¿Puedo preguntarte algo?
Benjamin: —Claro.
Lucia: —¿Estás bien? ¿De verdad?
Benjamin la miró. Sin dureza. Sin ganas de herir. Sin el peso de antes.
Benjamin: —Sí. ¿Por qué lo preguntas?
Silencio.
Lucia: —Porque te veo diferente. Y creo que recién me estoy dando cuenta de algunas cosas.
Benjamin respiró profundo. Había imaginado ese momento. Lo había construido en su cabeza cientos de veces mientras hacía trabajos a las dos de la mañana, mientras esperaba en el rincón del pasillo, mientras escuchaba hablar de otros chicos.
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los amores invisibles, el apoyo incondicional, el conocimiento profundo del otro
Editado: 02.03.2026