Lo de Valentina no fue una historia que empezó con un beso dramático en la lluvia o con una declaración planeada con semanas de anticipación. Fue más honesto que eso. Fue una construcción lenta, hecha de tardes en la cafetería y trabajos compartidos y conversaciones que empezaban hablando de narrativa y terminaban en filosofía o en recuerdos de infancia o en los planes que cada uno tenía sin saber muy bien si los planes se cumplen o simplemente cambian de forma.
Una tarde de octubre, caminando de vuelta a la parada del bus después de clases, Valentina le preguntó algo que nadie le había preguntado en mucho tiempo:
Valentina: —¿Qué es lo que más te asusta del futuro?
Benjamin se detuvo.
Benjamin: —¿Del futuro?
Valentina: —Sí. No lo que tienes planeado. Lo que de verdad te da miedo.
Pensó. De verdad pensó.
Benjamin: —No saber si lo que estoy construyendo vale la pena hasta que sea demasiado tarde para cambiarlo.
Valentina lo miró.
Valentina: —¿Sabes qué me asusta a mí?
Valentina: —No reconocer cuando algo vale la pena hasta que ya no está.
Siguieron caminando. Y antes de llegar a la parada, Valentina tomó su mano.
No dijo nada. No fue un gesto dramático.
Fue simplemente una mano que tomó otra mano porque quería tomarla.
Benjamin la miró.
Benjamin: —Oye.
Valentina: —¿Qué?
Benjamin: —¿Esto qué es?
Ella sonrió.
Valentina: —No sé todavía. ¿Importa?
…
Fueron al mar un sábado de noviembre. No fue un viaje planeado — fue Arturo quien tuvo el auto prestado y quiso «aprovechar» y Fernando quien dijo que quería dibujar las olas. Los cuatro fueron juntos.
Pero en algún momento de la tarde, Arturo se quedó durmiendo en la toalla y Fernando encontró algo que dibujar en una dirección diferente, y Benjamin y Valentina se quedaron solos al borde del agua.
El mar tenía ese color gris-verde que tiene Lima antes de que caiga la tarde. Las olas llegaban y se iban. El viento era frío y salado.
Valentina: —¿En qué piensas?
Benjamin: —En el horizonte. En que nadie sabe exactamente dónde termina el mar y empieza el cielo.
Valentina: —¿Y eso te parece bueno o malo?
Benjamin: —Me parece honesto.
Valentina asintió. Recogió una piedra pequeña y la lanzó al agua.
Valentina: —¿Y tú? ¿En qué piensas?
Benjamin pensó.
Benjamin: —En que hace un año no podría haber estado aquí sin que algo me pesara.
Valentina: —¿Y ahora?
Benjamin: —Ahora solo pesa lo que tiene que pesar.
El mar siguió. Las olas siguieron. Y los dos se quedaron un rato en silencio mirando el horizonte, ese punto donde el agua y el cielo deciden no distinguirse, con la comodidad de quien ya no necesita que el silencio diga más de lo que dice.
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los amores invisibles, el apoyo incondicional, el conocimiento profundo del otro
Editado: 02.03.2026