Esta situacion no debería ser tan incómoda. Solo estamos esperando que Paquita vuelva de la trastienda.
El silencio pesa como si estuviéramos esperando algo más que ninguno quiere nombrar en voz alta.
Por el rabillo del ojo veo como él sigue hojeando otra revista que por experiencia se que no le interesa.
«—Los cotilleos de los famosos cómo si no os bastará los chismes del bar – dijo él.
Menos mal que vio mis revistas de la SuperPop. »
Necesito distracción y finjir que no recordé algo. Distancia.
Siete años sin saber nada de Hugo... y mira por dónde estamos aquí como si el tiempo no hubiera pasado. Como si nada hubiera importado.
— Sigues haciendo eso – al escuchar su voz levanto la mirada.
—¿Que cosa? – preguntó.
—Eso, evitar quedarte quieta –dice, cerrando la revista. – Nunca te ha gustado no tener algo que hacer.
¿En serio Hugo? Claro que lo recuerdas.
Me molesta.
—Solo me gusta aprovechar bien el tiempo – respondo, cruzandome de brazos.
—Se llama huir – suelta sin rodeos, como de costumbre.
Lo miro y respiro porque no quiero alzar la voz.
—No estoy huyendo – aunque me gustaría, evitó decirlo en voz alta. – Veo vestidos para la feria.
Una feria que es en agosto.
— Deja de actuar como si la tienda fuera a explotar.
Otra vez silencio, uno incómodo y que es imposible de ignorar.
—No tenemos nada de que hablar – lo tenía que decir.
Esa frase que había ensayado por tanto tiempo y que la diría si lo volvía a ver. Ese día es hoy.
Hugo apoya los codos en las rodillas, inclinándose un poco hacia adelante.
—Eso no es verdad. – respondió.
—Es la verdad.
No teníamos nada en común. No después de tanto tiempo.
—No lo es – Hugo insiste, su voz es seria – Nunca fue de esa manera.
Intento sonreír, mi mandíbula esta apretada. Esta claro que no caeré en ello.
—Estamos aquí por los vestidos – repito – solo eso.
Él me observa por unos segundos, como si estuviera decidiendo algo.
—¿Vas a fingir que no pasó nada? – nos señala a ambos.
Se por dónde va. Su pregunta me toma por sorpresa, porque no es lo que dice más bien es cómo lo dice.
—No estoy fingiendo – respondo con naturalidad.
Mentira. Solo que lo guarde en un cajón y tire la llaves con todos los recuerdos de ambos.
—Venga, explicame –añade– Porque no entiendo cómo pasamos de todo... a nada.
¿Quiere que le explique algo que él causó?
Eso duele. Duele porque yo tampoco lo entendí.
No lo diré en voz alta, no a él y porque no es el momento.
— Las cosas se rompen. Pasa todo el tiempo. –digo.
—No fue así.
—¿Y cómo fue entonces? –lo desafío con la mirada.
Hay algo lo veo en su cara.
—No es como tú crees.
Una parte mi al escuchar eso lo hubiese perdonado, ahora no.
Ahí está esa puerta la que nunca abrimos y lleva siete largos años cerrada.
Y aún así...
—No me interesa —digo rápido, demasiado rápido.
Porque si lo dejo hablar todo este esfuerzo no servirá de nada...
—Claro que te interesa– dice, deja la revista en la mesilla.
—No, ahí te equivocas. —lo corto—. En este instante me interesa que Thais tenga la boda que merece.
Otra excusa.
Hugo lo sabe.
—Siempre haces eso —murmura bajito.
También hace lo mismo, intenta que me pique.
—¿Qué cosa? – preguntó con curiosidad.
—Cambiar el tema cuando algo importa.
Lo miro fijamente.
—Y tú siempre llegas tarde.
Cuando estábamos en el instituto salía llegar tarde cuando íbamos a la biblioteca. Pero ahora no era el caso, me refería a cuando se marchó.
El golpe es limpio, preciso y claro que funciona porque nos quedamos en silencio. Hugo desvía la mirada primero.
Gané.
Paquita aparece justo en ese momento, cargando varias fundas negras.
—Aquí están, mis niños —dice con una sonrisa—. Todo listo.
¡Que alivio! Por fin.
—Gracias, Paquita —respondo, acercándome enseguida.
Cualquier cosa es mejor que seguir esa conversación.
Reviso cada vestido con cuidado, asegurándome de que todo esté correcto. Nombres, tallas, detalles. Todo en orden.
Todo bajo control.
A diferencia de lo hace unos minutos.
—¿Necesitáis ayuda? —pregunta ella.
—No, hemos dejado el coche cerquita —responde Hugo antes de que pueda decir nada.
Lo miro. Él ni se inmuta.
Por supuesto.
Ambos nos despedimos de Paquita y ella nos acompaña a la puerta.
—Iros con cuidado.
Vamos por la calle con las fundas. El aire de fuera es más ligero, o al menos lo parece. Como si el espacio abierto hiciera más fácil respirar.
Nada va a explotar.
Cargamos en el coche los vestidos con cuidado y en silencio.
Otra vez, volvemos ahí.
Cuando todo está dentro, me quedo un segundo apoyada en la puerta dejando que la brisa me envuelva. Necesito un segundo para prepararme, valor.
—No tienes que hacer como si no existiera —dice de pronto, acercándose.
Lo miro y está cerca, diría que demasiado para mi gusto.
—No estoy haciendo eso.
—Entonces mírame y dime que no te importa – presiona.
Lo hago si con eso consigo que pare. Solo fue un segundo y todo vuelve.
Recuerdos olvidados de risas, miradas... Y algo que creímos que sería nuestro para siempre.
Empujó esos recuerdo al fondo donde tanto tiempo los guarde.
—No me importa – tomo valor para decirlo.
Otra mentira.
Los dos lo sabemos.
Cuando volvemos al cortijo hay mas coches estacionados, reconozco el coche de mis padres.
Esta cena es para la familia y amigos de los novios.
#5307 en Novela romántica
#1467 en Novela contemporánea
romance amistad, romance amigos de infancia, reunión después de años
Editado: 16.05.2026