Sin casco

Capítulo 3 - Demasiado cerca

Hay un tipo de persona que cuando te pregunta algo personal lo hace sin darse cuenta de que lo está haciendo. No es que no le importe tu respuesta — es que la pregunta le salió antes de que pudiera filtrarla, porque está acostumbrado a decir lo que piensa sin medir el peso de las palabras.

Kai era ese tipo de persona.

Yo lo descubrí un viernes por la tarde, que era la primera vez que coincidíamos en el turno de la tarde porque yo había tenido una reunión por la mañana y él, según me dijo después sin que yo preguntara, había dormido hasta tarde.

—¿Tú duermes hasta tarde? —dije, porque no lo imaginaba.

—A veces —respondió, como si fuera una confesión menor— Cuando no tengo nada que me saque de la cama.

No dije nada a eso. Era el tipo de frase que si la analizabas demasiado empezaba a tener capas que probablemente no tenía, así que la dejé pasar y seguí con mi rutina.

El turno de la tarde era distinto al de la mañana. Había más gente, más ruido, más movimiento. La energía era diferente: en la mañana todo el mundo iba con la cabeza baja y los audífonos puestos, cada uno en su mundo. Por la tarde había más conversación, más pausas, más miradas de un lado al otro. Era más difícil fingir que no existías.

No sé si eso fue lo que cambió las cosas esa tarde.

O si las cosas simplemente iban a cambiar de todas formas y la tarde solo fue la excusa.

Estaba intentando hacer sentadillas con barra cuando Kai se detuvo a mi lado.

No dijo nada de inmediato. Se quedó ahí un momento, con los brazos cruzados, mirando mi postura con esa expresión suya que no juzgaba pero sí evaluaba, y luego dijo:

—Las rodillas se te van hacia adentro.

—Lo sé —mentí.

—No lo sabes.

—Kai.

—Val.

Lo miré. Él me devolvió la mirada con paciencia infinita.

—¿Puedo? —preguntó, señalando hacia mí con un gesto vago.

—¿Puedes qué.

—Corregirte.

Había algo en cómo lo preguntó que hizo que fuera imposible decir que no de manera convincente. No era arrogante. Era simplemente directo, de la misma manera en que todo en él era directo, y a mí la directez me desarmaba más que cualquier otra cosa porque estaba demasiado acostumbrada a la gente que rodeaba las cosas.

—Adelante —dije.

Se colocó detrás de mí. No completamente detrás, sino ligeramente al costado, lo suficiente para tener ángulo pero también para no estar encima. Apoyó una mano en mi cadera — firme, práctica, sin ninguna ceremonia — y con la otra señaló mi rodilla derecha.

—Cuando bajas, empuja esto hacia afuera. Sigue la línea del pie.

Bajé.

—Más.

Bajé más.

—Ahí —dijo, y su voz estaba más cerca de lo que había calculado, porque se había inclinado ligeramente para ver el ángulo. No mucho. Lo suficiente para que pudiera sentir que estaba ahí de una manera distinta a como lo sentía cuando estaba a un metro de distancia.

Subí.

—Mejor —dijo, y se enderezó y dio un paso atrás, recuperando la distancia normal como si nada hubiera pasado, porque nada había pasado, porque era una corrección de postura en un gimnasio y no había nada que analizar al respecto.

—Gracias —dije, mirando al frente.

—Tres series más —respondió, y se fue.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo.

Mis mejillas estaban ligeramente más rojas de lo que el esfuerzo justificaba.

Hice las tres series.

Después de entrenar nos quedamos un rato en la zona de estiramientos, que era algo que había empezado a pasar de manera orgánica en las últimas semanas: ninguno de los dos lo proponía, simplemente terminábamos en el mismo espacio al mismo tiempo haciendo lo mismo.

Fue ahí cuando lo vio.

Yo estaba estirando el cuádriceps, con una mano apoyada en la pared para no perder el equilibrio, cuando noté que su mirada se detuvo en algún punto de mi pierna izquierda. No de manera rara — era la mirada de alguien que nota algo y no lo oculta porque no le parece necesario ocultarlo.

—¿Qué fue eso? —preguntó, señalando con un gesto breve.

En el músculo exterior de mi muslo izquierdo había una cicatriz larga y delgada, de unos diez centímetros, ya blanca de tanto tiempo. La tenía desde los quince años. La mayoría de la gente o no la veía o, si la veía, no preguntaba.

Kai preguntó.

—Una caída —dije, que era la versión corta— En bicicleta. De niña.

—¿De niña? —repitió, con el tono de alguien que nota que la respuesta es corta pero no presiona.

Y no sé qué pasó exactamente. Si fue el cansancio, o el turno de la tarde que hacía todo más relajado, o el hecho de que Kai era el tipo de persona que escuchaba sin acumular deuda — es decir, que cuando le contabas algo no te lo devolvía convertido en munición ni en drama, simplemente lo recibía y lo dejaba existir.

El caso es que le conté la versión larga.

Tenía doce años, no quince. Estaba peleada con mi mejor amiga de ese entonces por algo que ahora no recordaba. Salí en bicicleta porque era lo que hacía cuando necesitaba moverme sin pensar, y en algún punto del camino dejé de prestar atención y me fui directo contra el borde de una acera. Me abrí el muslo con algo — nunca supe exactamente qué— y llegué a casa sangrando de una manera que hizo que mi madre perdiera el color de la cara.

—Diez puntos —dije— Fue la primera vez que me pusieron anestesia local. Me pareció fascinante.

—¿Fascinante —repitió Kai, con algo que en otra persona sería una sonrisa completa pero en él era apenas una variación en la voz.

—Tenía doce años. Todo me parecía fascinante si no dolía demasiado.

—¿Y dolía?

—Un poco. Pero también me dieron helado después, así que en términos generales fue un día aceptable.

Ahora sí había algo en su cara que era definitivamente una sonrisa, aunque pequeña, aunque contenida, aunque él claramente no tenía mucha práctica en dejarlas salir sin avisarle antes.

—¿Y la pelea con tu amiga? —preguntó.



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En el texto hay: romance, gimnasio

Editado: 17.07.2026

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