Sin casco

Capítulo 4 - El código del edificio es 4471

No hubo un momento exacto en que todo cambiara.

O sí lo hubo, pero fue tan gradual que cuando quise identificarlo ya había quedado atrás y lo único que podía hacer era mirarlo desde donde estaba ahora y decirme ah, fue ahí, claro, fue exactamente ahí sin que eso cambiara nada.

Fue un sábado.

No teníamos plan. No habíamos coordinado nada por mensaje, no había un nos vemos pendiente ni una razón práctica para vernos. Fue que yo estaba en el supermercado eligiendo entre dos marcas de pasta que eran exactamente iguales pero de diferente precio, completamente perdida en esa decisión que no importaba nada, cuando sonó el teléfono.

¿Estás haciendo algo?

Lo miré. Miré las dos pastas. Volví a mirar el teléfono.

Eligiendo pasta, respondí.

Tres segundos.

Elige la más barata. Salen igual.

Solté una carga de risa ahí mismo en el pasillo de pastas, sola, con dos paquetes en la mano, y la señora del carrito de al lado me miró con una expresión que era mitad curiosidad y mitad preocupación por mi bienestar mental.

Agarré la más barata.

¿Por qué preguntas?, escribí.

Estoy en tu calle. Iba a pasar.

Lo cual era una manera muy específica de Kai de decir algo sin decirlo del todo. Estoy en tu calle. Iba a pasar. No ¿puedo pasar? No ¿quieres que pase? Solo la información, neutral, y yo podía hacer con ella lo que quisiera.

El código del edificio es 4471, respondí.

Y así de simple.

Llegó veinte minutos después, cuando yo ya estaba en el departamento con la pasta a medio cocinar y una salsa de tomate que era básicamente un tomate aplastado con ajo porque no tenía más ingredientes y no había planeado tener visita.

Abrí la puerta.

Él estaba ahí con la chaqueta puesta todavía, el casco en la mano, el cabello con esa forma que le dejaba el casco, y una expresión completamente normal, como si visitar departamentos de personas en sábado por la noche sin previo aviso fuera algo que hacía todo el tiempo.

—Huele bien —dijo, mirando hacia la cocina.

—Para nada. Es pasta con tomate aplastado.

—Igual huele bien.

Entró. No esperó que yo lo invitara — o sí lo esperó, en el sentido de que yo me había hecho a un lado y eso era invitación suficiente. Dejó el casco en la mesa del comedor con la familiaridad de alguien que ha estado en ese espacio antes, aunque era la primera vez que estaba en ese espacio.

O quizás era que él ocupaba cualquier espacio así. Con esa naturalidad tranquila que no pedía permiso porque no lo necesitaba.

—¿Comes? —pregunté desde la cocina.

—Si alcanza.

—Alcanza.

Comimos en la mesa pequeña que tenía junto a la ventana, con la pasta y el tomate aplastado y dos cervezas que encontré en el fondo del refrigerador, y afuera la noche hacía sus cosas y adentro nosotros hacíamos las nuestras, que esa noche eran hablar de nada en particular durante un tiempo que no medí porque no me importaba medirlo.

En algún punto pusimos algo en el televisor — no recuerdo qué, algo que ninguno de los dos estaba realmente mirando — y nos acomodamos en el sofá con esa distancia que ya no era la distancia del gimnasio sino algo más pequeña, más cómoda, del tipo que se instala sola cuando dos personas ya se conocen lo suficiente para no necesitar el espacio como protección.

No sé quién se movió primero.

Probablemente los dos al mismo tiempo, de esa manera en que las cosas pasan cuando llevan tiempo queriendo pasar y lo único que las detenía era el acuerdo tácito de fingir que no.

Lo que sí sé es que en algún momento Kai se giró hacia mí, y yo ya lo estaba mirando, y la distancia entre los dos era de aproximadamente nada, y él levantó una mano y me apartó un mechón de cabello de la cara con los dedos — despacio, sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo — y me miró de esa manera suya que siempre parecía tener algo detrás que no iba a decir.

Pero esta vez sí dijo algo.

—Val.

Solo eso. Mi nombre. Con una voz que era más baja que su voz normal y que hizo que algo en mi pecho se apretara de una manera que no tenía nada de práctica ni de conveniente.

—Kai —respondí, porque era lo único que tenía.

Y entonces me besó.

No era un beso de película. No había música ni luz perfecta ni ninguna de esas cosas que hacen que los besos de película se vean como algo que existe en el mundo real. Era un beso real: un poco torpe al principio, porque los dos nos movimos al mismo tiempo y nuestras narices chocaron ligeramente, y él se echó hacia atrás un centímetro y yo me reí sin querer y él también — esa variación suya en la voz que era su manera de reírse — y luego lo intentamos de nuevo y esta vez no hubo torpeza.

Esta vez hubo todo lo contrario.

Besaba despacio. Con atención. Como hacía todo: sin apuro, sin gestos innecesarios, completamente presente en lo que estaba haciendo. Una mano en mi mandíbula, el pulgar rozando mi mejilla, y yo con los dedos en su camiseta sin haber decidido ponerlos ahí.

Cuando se separó fue solo lo suficiente para mirarme. Sus ojos eran más oscuros de cerca.

—¿Bien? —preguntó, en voz baja.

—Bien —dije.

Y lo volví a acercar yo esta vez.

Lo que pasó después no lo voy a contar de manera ordenada porque no fue ordenado. Fue la clase de cosa que sucede cuando llevas semanas fingiendo que no quieres que suceda y de repente ya no finges: un poco urgente, un poco suave, completamente inevitable.

Lo que sí voy a decir es esto:

Kai era en la cama exactamente como era en todo lo demás. Directo. Presente. Sin gestos innecesarios. Pero también —y esto me tomó por sorpresa de una manera que no debería haberme tomado por sorpresa— increíblemente atento. Del tipo que pregunta sin preguntar, que nota lo que funciona y lo repite, que no tiene prisa porque la prisa arruina las cosas y él lo sabía.



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En el texto hay: romance, gimnasio

Editado: 17.07.2026

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