Sin casco

Capítulo 5 - Sin etiquetas

El lunes volví al gimnasio como si el sábado no hubiera pasado.

O más bien: volví al gimnasio habiendo decidido que iba a actuar como si el sábado no hubiera pasado, que no es exactamente lo mismo pero funcionaba como estrategia provisional mientras yo procesaba las cosas a mi propio ritmo, que era lento, y lo sabía, y no me disculpaba por eso.

Kai ya estaba cuando llegué. Zona de pesas libre, como siempre. Me vio entrar por el espejo, asintió una vez, y siguió con lo suyo.

Yo me puse los audífonos y fui a la caminadora.

Todo normal. Todo perfectamente normal.

El problema era que nada era normal, y los dos lo sabíamos, y el hecho de que los dos actuáramos como si lo fuera era en sí mismo una decisión que estábamos tomando juntos sin hablarlo, lo cual era exactamente el tipo de acuerdo tácito que yo debería haber sabido que no podía durar indefinidamente.

Pero de momento funcionaba.

De momento, caminadora.

Las semanas que siguieron fueron una versión ligeramente alterada de las semanas anteriores, alterada de maneras que solo yo parecía notar o que quizás los dos notábamos pero ninguno mencionaba.

Las distancias eran más cortas. No siempre, no de manera obvia, pero sí: cuando estábamos en la zona de estiramientos él se sentaba un poco más cerca que antes. Cuando cruzaba a buscar algo a mi lado su brazo rozaba el mío sin desviarse. Cuando me corregía la postura — cosa que seguía haciendo, con la misma practicidad de siempre — sus manos se quedaban un segundo más de lo estrictamente necesario.

Pequeñas cosas. Cosas que podían ignorarse si uno quería ignorarlas.

Yo quería ignorarlas.

No podía ignorarlas.

Los sábados se volvieron una costumbre sin que nadie lo declarara. No siempre en mi departamento — a veces en el suyo, que era más grande y tenía una cocina mejor y una colección de herramientas de moto en un rincón del salón que decía todo lo que necesitabas saber sobre cómo pasaba su tiempo libre. Nunca con plan previo. Siempre con esa misma mecánica: alguien mandaba un mensaje, el otro respondía, y en algún punto de la noche los dos terminábamos en el mismo lugar.

No hablábamos de lo que era. No le poníamos nombre. Y yo había llegado a una especie de paz frágil con ese no nombrarlo, una paz que funcionaba siempre y cuando no pensara demasiado en ella.

El problema era que yo pensaba demasiado en todo.

Fue una tarde de martes cuando pasó.

Estábamos en la zona de cardio, los dos en caminadoras contiguas, en ese silencio cómodo que habíamos perfeccionado a lo largo de semanas. Yo tenía los audífonos puestos pero el volumen bajo — lo suficiente para tener algo de ruido pero no tanto como para no escuchar si alguien me hablaba — y estaba mirando al frente sin pensar en nada particular.

Entonces escuché, desde la recepción:

—¿Kai está?

Una voz de mujer. No la reconocí. Me mantuve mirando al frente.

Diego, desde el mostrador, dijo algo en voz baja que no escuché. Y luego la misma voz:

—No importa, ya lo veo.

No me giré. No tenía ninguna razón para girarme. Seguí caminando, seguí mirando al frente, y en el espejo — porque el espejo siempre estaba ahí, sin pedir permiso — vi a una chica cruzar hacia la zona de cardio. Alta, cabello recogido, con la seguridad de alguien que sabe a dónde va.

Fue directo hacia Kai.

Él la vio venir. Bajó la velocidad de la caminadora, se quitó un auricular, y dijo algo que yo no escuché porque tenía el volumen suficientemente alto para eso. Ella respondió. Él respondió. No era una conversación larga — duraron quizás dos minutos — pero había en la manera en que ella se paraba cerca de él, en la manera en que él no retrocedía, algo que no era la distancia que uno mantiene con alguien que no conoce bien.

Se fue tan rápido como había llegado.

Kai se volvió a poner el auricular y subió la velocidad.

Yo seguí caminando.

No pregunté. Esa fue mi decisión consciente, tomada en aproximadamente un segundo y medio: no preguntar. No porque no quisiera saber sino porque preguntar significaba que me importaba, y que me importara significaba que esto era algo, y si esto era algo entonces teníamos que hablar de qué cosa era, y yo todavía no estaba lista para esa conversación.

Así que no pregunté.

Kai tampoco explicó.

Y en ese espacio entre mi no preguntar y su no explicar se instaló algo pequeño y silencioso que no estaba ahí antes.

Esa noche, ya en mi departamento, abrí el Instagram sin ningún propósito particular — ese tipo de navegación automática que uno hace cuando quiere distraer la cabeza de algo que no quiere pensar — y en algún punto, sin haberlo buscado exactamente, llegué al perfil de Kai.

No era un perfil muy activo. Pocas fotos, espaciadas. La moto. Un atardecer desde algún lugar alto. Una foto en el gimnasio que le habían tomado sin que él posara, que era exactamente como me lo imaginaba en una foto: sin posar, mirando a otro lado, completamente ajeno a que alguien lo estaba fotografiando.

Scrolleé hacia abajo.

Y ahí estaba.

Una foto de hacía dos años. Kai y una chica, en algún lugar al aire libre, con la moto de fondo. No era una foto romántica de manera obvia — no había beso ni abrazo — pero había una manera en que ella se inclinaba hacia él, una manera en que su hombro rozaba el de ella, que era el tipo de lenguaje corporal que no necesita subtítulos.

La chica era bonita. No de manera intimidante sino de manera sencilla, natural, el tipo de belleza que no se esfuerza.

La cerré.

Rápido. Como si quemara.

Me quedé mirando el techo con el teléfono sobre el pecho y el corazón haciendo cosas que no tenía autorización para hacer, porque esto no era una relación, porque yo no tenía ningún derecho a sentir nada al respecto, porque habíamos acordado tácitamente no ponerle nombre a nada y las cosas sin nombre no generan derechos.

Me lo repetí tres veces.



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En el texto hay: romance, gimnasio

Editado: 17.07.2026

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