Las bases del odio I: Veinte años antes — Isabella, 7 años
La reunión de sus padres llevaba tres horas.
Isabella lo sabía porque había contado los minutos en el reloj de la pared de la sala de espera — un reloj grande, redondo, con números romanos que ella había aprendido a leer antes que ningún otro niño de su clase — y tres horas eran ciento ochenta minutos y ciento ochenta minutos era demasiado tiempo para quedarse sentada sin hacer nada.
Había traído un libro. Siempre traía un libro.
Era sobre animales del océano — ballenas, pulpos, calamares gigantes — y tenía ilustraciones tan detalladas que Isabella podía pasarse horas mirándolas sin aburrirse. Lo había leído dos veces completo y estaba en la mitad de la tercera cuando escuchó la voz.
— Eso parece aburrido.
Levantó la vista.
Había un niño sentado en la silla de enfrente que definitivamente no estaba ahí diez minutos antes. Tenía el cabello oscuro despeinado, los zapatos sin amarrar y un camión de juguete rojo en la mano que hacía girar entre los dedos con la energía particular de alguien que no sabe quedarse quieto.
La miraba con la curiosidad directa y sin filtros que solo tienen los niños de siete años.
— No es aburrido — dijo Isabella, con la misma calma con la que hubiera respondido a un adulto — . Es sobre cefalópodos.
— ¿Sobre qué?
— Pulpos. Calamares. Sepias. — Cerró el libro con el dedo adentro para no perder la página — . Son los animales más inteligentes del océano.
— Los tiburones son más inteligentes — dijo el niño.
— Los tiburones son más grandes — corrigió Isabella — . No es lo mismo.
El niño la miró un momento, procesando eso.
— Soy Max — dijo finalmente.
— Isabella.
— ¿Tu papá también está en la reunión?
— Mi papá y mi mamá.
— El mío solo mi papá. — Max hizo girar el camión una vez más — . ¿Sabes cuánto van a tardar?
— Llevan ciento ochenta y tres minutos — dijo Isabella — . No sé cuánto más.
Max la miró con algo que no era exactamente admiración pero que tampoco era lo contrario.
— ¿Contaste los minutos?
— Tengo un reloj — dijo Isabella, como si eso lo explicara todo. Porque para ella lo explicaba.
La señora que los cuidaba — una asistente de la empresa cuyo nombre ninguno de los dos aprendió nunca — salió a buscar algo diez minutos después y cerró la puerta sin pensar.
El clic del seguro fue tan discreto que ni Isabella ni Max lo notaron de inmediato.
Lo notaron cuando Isabella quiso ir al baño y descubrió que el pomo no giraba desde adentro.
— Está cerrada — dijo, con una calma que no reflejaba del todo lo que sentía.
Max se levantó de su silla, dejó el camión en el asiento y probó él también. Empujó. Jaló. Probó de nuevo con más fuerza.
— Está cerrada — confirmó, con el tono de alguien que acaba de descubrir que el problema es real.
Silencio.
Los dos se miraron.
— ¿Tienes teléfono? — preguntó Max.
— Tengo siete años — dijo Isabella.
— Yo también. Solo preguntaba.
Isabella miró la habitación con los ojos de alguien inventariando opciones. Una ventana — demasiado alta. Un intercomunicador en la pared — sin instrucciones visibles. Una segunda puerta al fondo que había asumido era un closet.
— ¿Probaste esa puerta? — preguntó, señalando.
Max la miró. Luego miró la puerta. Luego volvió a mirarla con la expresión de alguien que no puede creer no haberlo pensado él primero.
Caminó hasta allá. La abrió.
Era un baño pequeño con otra puerta al fondo que daba a un pasillo lateral.
— Funciona — dijo Max, con una sonrisa que ocupaba toda su cara.
Isabella recogió su libro, su mochila y caminó hacia la puerta sin prisa, con la dignidad particular de alguien que había contribuido a la solución y no necesitaba que nadie se lo reconociera.
— Yo vi la puerta — dijo Max, mientras caminaban por el pasillo.
— Yo pregunté por la puerta — dijo Isabella.
— No es lo mismo.
— Es exactamente lo mismo.
Encontraron a la asistente en el pasillo siguiente, pálida de la preocupación, con el teléfono en la mano a punto de llamar a alguien. Los vio y soltó el aire con el alivio físico de quien acaba de evitar un desastre.
— ¡Dios mío, estaba buscándolos! ¿Están bien?
— Bien — dijeron los dos al mismo tiempo.
Se miraron.
Fue la primera vez que dijeron algo al unísono. No iba a ser la última, aunque en ese momento ninguno de los dos lo sabía todavía.