Cuando Vortex mueve las piezas
El martes por la mañana, tres cosas ocurrieron casi simultáneamente.
A las 8:12, el director de tecnología de Castillo Corp envió una carta de renuncia.
A las 8:34, la jefa de producto de Vega Industries hizo lo mismo.
A las 8:51, Sergio entró a la oficina provisional que Max usaba en el edificio compartido donde ambos equipos trabajaban los preparativos de la fusión, cerró la puerta sin que nadie se lo pidiera y dijo, con la voz de alguien que ha verificado la información dos veces antes de hablar:
— Tenemos un problema.
Max leyó los correos en silencio. Luego abrió LinkedIn en su teléfono y buscó los nombres.
Ambos habían actualizado su perfil esa mañana.
Vortex Global — Director de Innovación Tecnológica.
Vortex Global — Head of Product Development LATAM.
Max dejó el teléfono sobre el escritorio con la precisión controlada de alguien que está decidiendo conscientemente no lanzarlo contra la pared.
— ¿Cuántos más? — preguntó.
— Todavía no lo sabemos con certeza — dijo Sergio — . Pero hay indicios de que Vortex contactó a once personas en total durante los últimos tres días. Cuatro de nuestro lado, cuatro del lado de Castillo, tres sin identificar todavía. Los dos que renunciaron esta mañana son los únicos confirmados, pero el resto tiene hasta cuarenta y ocho horas antes de que sus ofertas venzan.
Max procesó eso.
Once personas. Tres días. Nadie lo había notado hasta esta mañana.
— ¿Isabella lo sabe?
— Su asistente me llamó hace diez minutos.
Max se levantó. Tomó el saco.
— ¿Dónde está?
La encontró en la sala de reuniones del piso doce.
Tres pantallas abiertas. Teléfono en la oreja. El aire acondicionado zumbando con esa frialdad artificial que hace que las crisis se sientan más reales. Sobre la mesa, una taza de café que nadie había tocado y una libreta con una lista que ya tenía trece puntos, cada uno con un nombre, una acción y un plazo.
No lo miró cuando entró. Levantó un dedo — espera.
Max cerró la puerta. Se sentó frente a ella. Esperó.
Isabella habló cuatro minutos más con una voz que no revelaba absolutamente nada — tranquila, precisa, eligiendo cada palabra con la eficiencia de alguien que sabe que el pánico es un lujo que no puede permitirse.
Colgó. Sin pausa, tomó el bolígrafo y lo alineó exactamente paralelo al borde de la libreta — un gesto tan automático, tan pequeño, que Max no habría podido explicar por qué lo registró.
— De los once contactados, dos ya aceptaron — dijo, sin preámbulo — . Son los que renunciaron esta mañana y no vamos a recuperarlos. De los nueve restantes, cuatro están en riesgo real y cinco tienen menos probabilidad de moverse. Tenemos una ventana de cuarenta y ocho horas.
— ¿Cómo sabes cuáles son cuáles?
— Porque uno de los cuatro en riesgo de mi lado me llamó antes de responderles — dijo Isabella — . Lleva siete años en la empresa. Quería darme la oportunidad de hacer una contraoferta. — Una pausa — . Y porque Vortex no eligió a estas once personas al azar.
Abrió una de las pantallas y giró el monitor hacia Max.
— Mira los perfiles. Director de tecnología, jefa de producto, tres arquitectos de sistema, dos líderes de desarrollo. Todos tienen acceso de nivel cuatro o superior en nuestras bases de datos. Todos participaron en las reuniones de integración de los últimos dos meses. — Sus ojos no se apartaron de la pantalla — . Alguien les pasó la lista de accesos. Eso no se consigue observando desde afuera.
El silencio que siguió fue breve y denso.
— Hay una fuga — dijo Max.
— Hay una fuga — confirmó Isabella.
No dijeron nada más sobre eso. No era el momento. Pero los dos lo anotaron en el mismo lugar mental donde se guardan las cosas que no pueden resolverse ahora pero que no pueden olvidarse después.
— ¿Qué necesitas de mí? — preguntó Max.
Isabella levantó la vista de la pantalla. Lo miró un segundo — ese segundo particular que tenía cuando alguien decía exactamente lo correcto en el momento correcto y ella no estaba preparada para eso.
— Los cuatro en riesgo de tu lado — dijo — . Necesito que los llames tú. No Sergio, no recursos humanos. Tú.
— ¿Por qué yo?
— Porque cuando alguien que respetas te llama personalmente, es más difícil decir que no.
Max tomó su teléfono. Lo dejó sobre la mesa sin ningún gesto de orgullo, sin el ademán de quien acepta un encargo — simplemente lo dejó, como si fuera la cosa más natural del mundo colaborar con ella.
— Dame los nombres.
Las siguientes tres horas fueron las más intensas desde que todo esto había empezado.
Max llamó a sus cuatro. Isabella llamó a los suyos. Cruzaron información cada veinte minutos — quién había respondido, quién dudaba, quién ya había tomado una decisión que no iban a revertir. Entre llamada y llamada, ninguno de los dos tocó el café que alguien había traído y que se enfriaba en silencio sobre la mesa.