Sin cláusulas

Capítulo 5: La Boda

La mañana que sale mal

La cafetera de Max explotó a las 7:03 de la mañana.

No literalmente — no hubo fuego, no hubo drama visible, no hubo nada que justificara el sonido que hizo cuando la junta de presión cedió y el vapor encontró la única salida disponible, que resultó ser la tapa, que resultó estar mal cerrada, que resultó proyectar café a una velocidad y en una dirección que Max no había anticipado en absoluto.

Se quedó mirando la pared de la cocina.

Luego miró su camisa.

Luego miró el reloj.

Las 7:03 de la mañana del día de su boda y tenía café en la camisa, en la mesada, en el borde del armario que Isabella había organizado con tazas alineadas por tamaño, y — esto era lo que más le molestaba por alguna razón que no supo explicar — en la segunda cafetera. La de la cocina. La que Isabella había defendido desde el primer día.

— ¿Qué fue ese sonido?

Isabella apareció en la entrada de la cocina con el cabello a medio recoger y una expresión que procesó la escena en aproximadamente dos segundos.

Miró la pared.

Miró la mesada.

Miró a Max.

Miró la segunda cafetera salpicada.

— La cafetera — dijo Max.

— Ya veo — dijo Isabella.

— Fue la junta de presión.

— Ya veo.

— La tapa estaba—

— Max.

— ¿Qué?

— Ya veo lo que pasó.

Silencio.

Max miró su camisa. Isabella miró la pared. Ninguno de los dos dijo lo que era evidente — que eran las 7:03 de la mañana, que la boda era a las once, que había café en prácticamente todas las superficies de la cocina y que ninguno de los dos había desayunado todavía porque ninguno de los dos había podido siquiera intentarlo.

— La camisa — dijo Isabella finalmente.

— Tengo otra.

— ¿Seguro?

— Sí. — Una pausa — . Creo.

Isabella lo miró con la expresión de alguien que está calculando cuánta energía le va a costar la siguiente conversación.

— ¿Crees o sabes?

— Sé que empaqué dos camisas blancas.

— ¿Las dos blancas o una blanca y una que pensaste que era blanca?

Max la miró.

— ¿Qué diferencia hay?

— La diferencia entre una camisa de boda y una camisa de reunión de negocios — dijo Isabella, que ya caminaba hacia el pasillo — . ¿En qué maleta?

— La grande.

Isabella desapareció hacia la habitación de Max sin pedir permiso — o más exactamente, con la eficiencia de alguien que ha calculado que pedir permiso en este momento es un lujo que el tiempo no permite.

Max se quedó en la cocina mirando el desastre.

Limpió la pared. Limpió la mesada. Limpió el borde del armario con la concentración particular de alguien que necesita tener las manos ocupadas en algo concreto porque si no las tiene ocupadas va a pensar en el hecho de que son las 7:04 de la mañana del día de su boda.

— Aquí está — dijo Isabella, volviendo con una camisa en la mano — . Y tenías razón, las dos son blancas. Pero esta tiene mejor caída para el traje.

Se la extendió.

Max la tomó. La miró. Luego miró a Isabella — el cabello todavía a medio recoger, una mancha pequeña de café en el borde de su bata que ninguno de los dos mencionó.

— Gracias — dijo.

Isabella asintió. Miró la segunda cafetera salpicada con una expresión que era, en partes iguales, resignación y algo que en cualquier otra persona hubiera sido humor.

— Voy a limpiar esto — dijo Max.

Isabella se giró hacia su habitación.

— Isabella — dijo Max.

Ella se detuvo sin girarse.

— La cafetera — dijo él — . La mía. Puedes tirarla si quieres.

Entró a su habitación. La puerta se cerró con ese sonido suave particular del penthouse.

Max se quedó solo en la cocina con la camisa en la mano y la segunda cafetera limpia sobre la mesada.

No era la mañana que había imaginado para el día de su boda. Café en la pared, una cafetera rota en la basura, Isabella buscando su camisa en una maleta que él mismo no había terminado de ordenar.

Y descubrió, con cierta sorpresa, que no le importaba demasiado.

Eso sí que no lo había imaginado.

Los padres

La ceremonia era a las once.

A las nueve y media, en habitaciones distintas de la misma finca donde todo iba a ocurrir, cuatro personas se preparaban en silencio — cada una cargando algo que no estaba en ningún programa oficial de la boda.

Ramón entró sin tocar.




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