Sin cláusulas

Capítulo 6: Lo que no estaba en el contrato

La mañana después

El primer pensamiento de Max cuando abrió los ojos fue que no sabía qué hora era.

El segundo fue que tampoco le importaba especialmente.

Eso sí era nuevo.

Se levantó sin apuro — otra cosa nueva, porque Max normalmente se levantaba con la urgencia de alguien que ya tiene tres cosas pendientes antes de llegar a la cocina. Esta mañana no había urgencia. Solo el sol entrando por los ventanales del penthouse con esa luz particular de las mañanas en altura, limpia y sin disculpas.

Escuchó la cafetera antes de llegar a la cocina.

La de la cocina, no la suya — que seguía en la caja junto a la puerta de su habitación, rota y sin prisa de ser reemplazada.

Isabella ya estaba ahí.

De espaldas, con el cabello recogido, revisando algo en su teléfono mientras esperaba el espresso. Sobre la mesada había una jarra de batido verde que olía a menta y manzana — la combinación que Max había visto aparecer cada mañana desde que llegaron al penthouse y que nunca había probado pero que de alguna manera siempre estaba ahí cuando él llegaba a la cocina.

Junto a la jarra había dos vasos.

Max los miró un segundo.

Los tomó. Los llenó.

Dejó uno frente a Isabella sin decir nada. Se quedó con el otro.

Luego abrió el armario, sacó dos tazas, las dejó junto a la cafetera. Abrió el segundo cajón — había aprendido la semana anterior que ahí estaba el pan — y sacó dos rebanadas. Las puso en el tostador.

Luego dos más.

Isabella, sin girarse, dijo:

— El tostador tarda más de lo que parece.

— Ya lo sé — dijo Max.

Ninguno de los dos dijo nada más.

Estaban sentados en la isla cuando llegó Eduardo.

No llamó antes — Eduardo Vega rara vez llamaba antes de aparecer, especialmente cuando traía noticias que consideraba demasiado buenas para comunicarlas por teléfono. El portero lo había dejado subir porque el portero había aprendido, en los últimos meses, que había ciertas personas para las que el penthouse siempre estaba disponible.

Entró con la llave de emergencia que los padres habían insistido en conservar y con una expresión que era, inconfundiblemente, la de un hombre que viene a celebrar.

— Las acciones — empezó, abriendo la aplicación de su teléfono — . Castillo subió otro punto dos esta mañana. Vega lleva tres días consecutivos al alza. Los analistas están hablando de —

Se detuvo.

Miró la isla.

Dos tazas de espresso. Dos vasos de batido verde. Dos platos con pan tostado. Isabella con su teléfono en la mano izquierda y la taza en la derecha. Max con el pan a medio comer y la vista en la pantalla que Isabella le estaba mostrando.

Eduardo los miró durante un segundo que se extendió lo suficiente para volverse elocuente.

— Perdón — dijo, con una voz que no sonaba a perdón en absoluto — . ¿Interrumpo?

Isabella levantó la vista.

Max también.

Se miraron el uno al otro un segundo — ese segundo particular que tenían cuando ninguno de los dos sabía exactamente qué estaba pasando pero los dos lo estaban procesando al mismo tiempo.

Luego los dos bajaron la vista hacia la isla.

Dos tazas.

Dos vasos de batido verde.

Dos platos con pan tostado.

Isabella había dejado dos vasos.

Max los había llenado.

Ninguno de los dos lo había pensado. Ninguno de los dos lo había acordado. Simplemente había ocurrido, con la naturalidad silenciosa de las cosas que empiezan a ser rutina antes de que alguien decida que lo son.

— Estábamos revisando la lista de asistentes para la convención — dijo Isabella, con una calma que era completamente real y completamente construida al mismo tiempo.

— Claro — dijo Eduardo, guardando el teléfono con una sonrisa que no hizo ningún esfuerzo por disimular — . Las acciones después. Sigan.

Se sirvió un vaso de agua de la jarra que había sobre la mesada — con la familiaridad de quien ya conoce la cocina — y se sentó en el taburete del extremo.

Max lo miró.

— ¿Vas a quedarte?

— Solo un momento — dijo Eduardo.

Miró las dos tazas. Los dos vasos. Los dos platos.

No dijo nada más.

Pero la sonrisa que tenía mientras tomaba su agua era exactamente la misma que había tenido la noche de la primera cena en el restaurante Eleven — cuando todo esto era todavía solo una idea y dos personas que se odiaban y una apuesta que nadie sabía si iba a funcionar.

Era la misma sonrisa.

Solo que ahora parecía un poco menos sorprendido.

Preparando la convención




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