—¿Estás segura de esto? —cuestiona Constance, con náuseas, en español. Tal vez la idea de hacer algo ilegal la ha enfermado.
—Sí, sí —afirma Margaret—. Yo perdería mi licencia si se sabe, pero nadie lo hará, ¿no? —le alza una ceja—. ¿Tú también estás segura? No hay vuelta atrás.
Constance menea con la cabeza.
—Me tomó un mes decidirlo, pero sí. Realmente no hay nadie de mi interés —conoció durante ese tiempo a muchos hombres, pero todos parecen pensar solo en dinero y la han acogido como amiga al ser ella una simple chica sin familia adinerada.
Margaret hace todo el procedimiento, sin pena alguna.
—Si es niña, le colocas mi nombre —dice—. Si es niño, el de mi prometido.
Ella ríe, parándose de la camilla.
—Estás loca.
Una semana más tarde, su amiga la obliga a hacerse continuamente pruebas rápidas de embarazo.
—Estás más emocionada que yo —pronuncia Constance.
—Seré su tía, casi como su madre. Su segunda madre, sí —Margaret sonríe grande—. Deberíamos hacer una prueba de sangre, a veces está no marca.
Y sí, horas más tardes las dos, en la salida de otro laboratorio, leen una hoja.
Positivo.
Es Margaret quién salta emocionada, Constance solo se queda en silencio, procesando. Será madre de un hombre que jamás ha visto.
Margaret sale efusiva, pero entonces se devuelve.
—Ya no uses más la moto, no quiero que afecte al bebé.