El día del viaje, Constante se despide de sus padres. Su papá en completo silencio y serio, la mamá con cara angustiada.
Constante sube al auto, sin prestarle atención al chofer. Se despide con la mano y ve como sus progenitores se van quedando atrás.
Minutos de trayecto pasan para darse cuenta que no se dirigen al aeropuerto, sino a una zona alejada.
—¿Qué pasa? —pregunta en mandarín.
El chofer la mira desde el espejo retrovisor y lo reconoce. Es quien siempre lleva a Margaret.
—La señorita quiere verla antes de irse —explica él.
Entonces Constance se relaja.
Poco después el auto se detiene y el chofer le abre la puerta. El lugar le resulta familiar, pero no sabe de donde.
—La esperan adentro —dice él.
Ella sube sola las escaleras y la gran puerta se abre, una empleada se inclina y le señala con una mano en dirección a la izquierda.
La sigue.
En la gigantesca sala la espera Margaret y… Fang Xiang.
Siente una punzada en la boca del estómago, pero no emite palabra. Su amiga se acerca y la dirige al sofá de dos piezas. En el otro, el pequeño, un hombre imponente la observa. Usa un traje negro, la camisa interior negra.
—Amiga, te presento a mi prometido Fang Xiang —dice sonriendo—. Y amor —esta palabra en español—. Ella es mi amiga Constance de la que tanto te he hablado.
Él solo asiente con la cabeza.
—¿A cuál habitación la llevo? —pregunta el chofer, entrando con la maleta de Garance.
Siente que su cabeza comienza a girar.
—La del primer piso, para que no haga esfuerzo.
Y todo se vuelve negro.