Al abrir los ojos, su vista se encuentra con un techo blanco. Mareada, se sienta poco a poco. Procesa lo que acaba de pasar y sucesos del pasado, pero no entiende.
Fang Xiang claramente es el hombre que su padre había elegido… aunque Margaret jamás le presentó a su novio, alegando que siempre estaba trabajando. Y nunca se tomaron fotos juntos.
«Esto no puede estar pasando».
Constance se pone de pie e intenta salir, pero la puerta tiene seguro.
Busca sus cosas, mas no encuentra su teléfono ni la laptop, ni la tablet.
«No».
—Margarte. ¡Margaret! ¡Margaret! —empieza a llamarla, poco después la puerta se abre.
Es el chofer y detrás su supuesta amiga.
—Cuidado, que me puede agarrar de las greñas —le dice.
—¿De las greñas? ¡Te voy a sacar los dientes! —Constance se le avalanza. El chofer la sujeta.
—Cálmese, señorita. Puede hacerle daño al bebé.
—Eso es verdad, amiga, eso es verdad.
—Amiga un carrizo —comienza a hablar en español—. ¿Qué se supone qué has hecho? ¿Este era tu verdadero plan desde un inicio?
Margaret asiente.
—Verás, amiga, soy esteril y mi marido chino. No puedo simplemente casarme y no tener hijos, él necesita un heredero.
Las náuseas regresan.
¿Está embarazada del déspota qué habrá rechazado siquiera dirigirle palabra? ¿Está embarazada del prometido de su amiga?
«No puede ser».
—Estás loca, chama —dice Constance, aburrida—. Definitivamente, estás loca. ¿Cuántos delitos has cometido? ¿Tantos dramas cortos te fundieron el coco?
Margaret sonríe.
—Admito que me sirvieron de inspiración. ¿Sabes qué Fang Xiang es un hombre poderoso? Literalmente puedo hacer lo que quiera, solo lo llamo a él y me hago la víctima. Es genial, porque él es muy cruel, y sí los humilla y les arruina la vida.
—Eres patética.
La sonrisa de Margaret se borra.
—Así que ya no eres mi amiga.
Constance la mira mal.
—Ahora somos amigas del alma —dice y se devuelve a la cama—. Supongo que estaré aquí hasta dar a luz y luego me marcho —se sienta—. Es lo mejor, ya no quería ser madre soltera. Mejor no ser mamá. Y tú y tu prometido necesitan un bebé.
Margaret sonríe maravillada.
—Sabía que lo entenderías —aplaude—. Ya no cerraré tu puerta, pero no te escapes, afuera hay vigilancia.
—No me escaparé, pero déjame ver televisión por lo menos. Y algo de música —negocia.
—Está bien, está bien.
Esa noche cenaron, Margaret era la única que parloteaba.