En la habitación, Constance derrama lágrimas amargas: impotencia, dolor, tristeza.
Pasar de amar su soltería, a estar enamorada de alguien que no puede quitarle la soltería.
Un rato después tocan la puerta, ella se limpia la cara. La empleada trae una bandeja con la cena, se inclina y se marcha. Le informa a su jefe la situación, este que no probó bocado, agarra su chaqueta y celular, y se marcha.
Dos semanas transcurren sin que él regrese y eso le quema.
«Parece que sí está enamorado de ella, que me mintió. Si de verdad le interesara, dejaría a Margaret y me pediría tener juntos al bebé» Constance menea la cabeza, por su pensamiento desleal. Después de todo, ella sí consideraba a Margaret su amiga.
La conoció un año casi dos años atrás, cuando recién llegó a china y no conocía a nadie, aparte de su familia. En ese tiempo Margaret no salía con Xiang, luego comenzó a nombrarlo refiriéndose a él como osito. Decía que era guapo y millonario, de no ser por la tarjeta negra que mostró después, no le habría creído.
Constance se pregunta qué habría pasado si le hubiese confesado desde un principio su apellido chino.