El llanto del bebé llena la habitación, Constance yace con los ojos cerrados.
En la sala de maternidad, Margaret y Xiang observan a la bebé. Los rasgos asiáticos predominan, después de todo, ambas familias paternas son puramente chinas.
Margaret frunce los labios, luego grita al ver cómo trasladan a Constance e n una camilla.
Sin.una.sabana.sobre.ella.
Se acerca, de prisa.
—¿Está viva? —pregunta angustiada.
—La señorita está perfectamente.
Margaret mira a Xiang.
—¿Por qué? ¿No era de vida o muerte? Ambas están vivas.
—Afortunadamente —responde Xiang—. Escogí a Suyin.
—¿Suyin?
—Constance.
—¿¡Qué!? ¿Ibas a dejar morir a nuestra bebé?
—No es tu bebé —espeta Xiang—. No podía dejarla morir. Yo puedo tener más hijos —a ella no.
Margaret lo mira mal.
—¿Te gusta? ¿La prefieres a ella qué nuestro trato?
Xiang la mira fijamente.
—¿Siquiera sospechas quién su padre?
—Ni idea. Tiene dinero, pero no más que tú.
Xiang sonríe irónico.
—Ya quisieras —se aleja de ella.
—¿Qué?