El aire en la casa de campo de los Jones no era como el de la ciudad; era puro, un aroma a pino fresco y tierra mojada que transmitía paz. Para Astrid, aquel refugio de cristal y madera era lo más cercano al paraíso que había conocido jamás. Se sentía pequeña pero inmensamente feliz mientras observaba el atardecer desde el balcón, hasta que sintió el calor de unos brazos fuertes rodeando su cintura.
Martín la atrajo hacia él, pegando la espalda de la joven contra su pecho firme. Astrid cerró los ojos, dejando que el sonido del latido del corazón de Martín se convirtiera en su melodía favorita.
—¿Te gusta? —la voz de él era un susurro de terciopelo que le acarició el cuello, provocándole un escalofrío de placer.
Astrid se giró entre sus brazos, alzando la vista para encontrarse con esos ojos color whisky que la miraban con una devoción que la hacía sentir la mujer más especial del universo. Martín era el hombre que le leía poesía y le prometía un futuro brillante.
—Es hermoso, Martín. No puedo creer que me trajeras aquí, es un lugar especial —respondió ella, acariciando la mandíbula de él con las puntas de sus dedos.
—Quería que estuviéramos solos, Astrid. Solo tú y yo, celebrando que el mañana nos pertenece —él acunó su rostro con una ternura casi religiosa antes de unir sus labios en un beso suave.
Bajo el suave resplandor de las velas que se consumían lentamente, Astrid se entregó a él. No fue solo un acto físico; fue una entrega de alma. Era su primera vez, el regalo más preciado que podía ofrecerle al hombre que le había prometido el cielo. Mientras Martín le hacía el amor con una delicadeza que le robaba el aliento, Astrid grabó cada caricia y cada suspiro en su memoria.
—Te amo, Astrid. No lo olvides nunca, pase lo que pase —le susurró él al oído mientras el cansancio y la plenitud los vencían en medio de las sábanas de seda. Astrid se durmió creyendo que aquel era el primer día del resto de su vida.
La luz dorada del amanecer comenzó a filtrarse por los grandes ventanales, bañando la habitación con un brillo cálido que anunciaba el fin de su burbuja. Astrid sintió una presión dulce sobre su hombro, seguida de un rastro de besos suaves que subieron por su cuello hasta llegar a su mejilla.
—Despierta, mi ángel —murmuró Martín, su voz aún ronca por el sueño.
Ella sonrió sin abrir los ojos, aferrándose a la calidez de las mantas y al aroma de él que lo inundaba todo. Martín se inclinó sobre ella, repartiendo besos cortos y tiernos sobre sus párpados y la punta de su nariz, obligándola a despertar con una caricia.
—Cinco minutos más... —pidió ella en un susurro, enredando sus dedos en el cabello despeinado de él.
—Me encantaría quedarme aquí contigo para siempre, pero debemos regresar —dijo él, con un deje de pesar en la mirada—. Si llegamos demasiado tarde a la ciudad, empezarán las preguntas y las sospechas. No quiero que nadie nos moleste todavía. Quiero que este secreto sea solo nuestro un poco más.
Astrid se incorporó lentamente, cubriéndose con la sábana de seda. La realidad de la ciudad y de sus mundos opuestos comenzó a golpear su mente. Miró a Martín, que ya buscaba su ropa con esa elegancia natural que solo la cuna de oro podía dar, y una duda que había estado guardando en el fondo de su pecho finalmente escapó de sus labios.
—Martín... —él se detuvo y la miró con atención—. ¿De verdad no te importa? Lo de nuestras familias, quiero decir. Tú tienes este apellido, esta casa, un futuro planeado entre personas de tu nivel... y yo solo soy yo. No pertenezco a tu clase social.
Martín dejó lo que estaba haciendo y regresó a la cama. Tomó las manos de Astrid entre las suyas y la miró con una intensidad que casi le cortó la respiración.
—Escúchame bien, Astrid Valente. Lo que tengo no es lo que soy. Todo este lujo no significa nada si no tengo con quién compartir mi felicidad —él le acarició la mejilla con el pulgar, con una sinceridad que ella creyó ciegamente—. Amo que tú no veas al heredero de los Jones. Amo que me quieras por lo que soy cuando no hay cámaras ni negocios de por medio, y no por lo que tengo en mi cuenta bancaria. Mi clase social no me hará feliz, tú sí.
Él la besó con una pasión renovada, como si intentara sellar una promesa inquebrantable en medio de aquel bosque solitario. Astrid suspiró, sintiendo que sus miedos se disolvían ante sus palabras.
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Editado: 14.02.2026